Teoría
Aceptabilidad de la moneda como convención social
Visto en 1 aparición de los programas.
Qué es
Un billete de $5.000 cuesta unos pocos pesos imprimirlo. Todo lo demás —la diferencia entre ese costo y las cinco lucas que compra— no está en el papel: está en la expectativa de que un tercero lo va a recibir. Esa es la definición operativa de la aceptabilidad como convención social: el dinero fiduciario vale porque cada quien espera que los demás lo acepten, y esa expectativa, al ser compartida, se cumple sola.
La tradición para pensarlo arranca antes del dinero de papel. Jevons (1875) puso el problema en su forma canónica: el trueque exige una doble coincidencia de necesidades, que el que tiene lo que yo quiero quiera además lo que yo tengo. Menger (1892) mostró que de ese atolladero emerge espontáneamente un bien más "vendible" que el resto —no por decreto, sino porque cada uno lo acepta para revenderlo— y ese bien se vuelve dinero. Lo notable es que el argumento no necesita valor intrínseco: necesita que el bien sea el que los otros aceptan.
La formalización moderna es de Kiyotaki y Wright (1989, 1993), con modelos de búsqueda y emparejamiento donde aceptar o no aceptar un objeto es una decisión estratégica. Su resultado central es incómodo y es el corazón del concepto: existen equilibrios múltiples. Hay uno monetario, donde todos aceptan el papel porque esperan que todos lo acepten, y hay siempre otro, no monetario, donde nadie lo acepta porque nadie espera que lo acepten —y en ese equilibrio nadie se está comportando de forma irracional—. Los fundamentos no eligen cuál rige; lo eligen las expectativas. Es la estructura que Lewis (1969) llamó convención y que Schelling (1960) describió como punto focal: una regularidad arbitraria en su origen, autorreforzada en su funcionamiento, y sin nada por debajo que la sostenga salvo el hecho de que todos la siguen. Samuelson (1958), en su modelo de generaciones traslapadas, llegó al mismo lugar por otra vía: el dinero fiduciario tiene valor positivo solo si cada generación cree que la siguiente lo aceptará.
Pero la convención no flota en el vacío, y ahí viene el matiz que explica por qué unas monedas mueren en la frontera y otras no. Hacia adentro hay un ancla dura: el Estado nombra la unidad de cuenta, declara curso legal y —sobre todo— exige que los impuestos se paguen en ella. Es la línea de Knapp (1905), Lerner (1947) y Goodhart (1998): mientras exista un fisco que solo recibe pesos, existe una demanda de pesos que no depende de la opinión de nadie. Hacia afuera no hay fisco mundial ni curso legal internacional. El uso global de una moneda es convención pura, sostenida por efectos de red: se factura en dólares porque los demás facturan en dólares, se endeuda en dólares porque ahí está la liquidez, y se atesoran activos en dólares porque es donde hay deuda segura y profunda. Krugman (1984) describió esa circularidad; Matsuyama, Kiyotaki y Matsui (1993) la modelaron; Gopinath y Stein (2021) mostraron cómo comercio y financiamiento se refuerzan hasta volver dominante a una sola moneda. Eichengreen (2011) cuenta la historia concreta: el dólar no ganó por virtud, ganó porque a partir de 1944 quedó en el centro de la red.
La consecuencia práctica es una asimetría. Construir la convención toma décadas y tiene enorme inercia —la libra siguió siendo relevante mucho después de que el Reino Unido dejara de ser la mayor economía—, pero perderla puede ser abrupto, porque lo que se desploma no es una cantidad sino una creencia. Farhi y Maggiori (2018) modelan exactamente ese riesgo: el emisor dominante puede sufrir una corrida de confianza. Y en la dirección inversa, la sustitución de monedas tiene histéresis: cuando un país se dolariza de hecho por inflación alta, volver atrás cuesta mucho más que haber caído (Calvo y Végh, 1992), porque la convención nueva también se autorrefuerza.
Cómo lo explicó el programa
En Buenas Tardes Mercado del 16 de septiembre de 2026 ([btm-2026-09-16], tema "Qué sostiene al dólar como moneda de refugio"), el panel trató el dólar como refugio y terminó, sin nombrarla, en la teoría de arriba. El punto de partida fue histórico: durante 70 u 80 años —esto es, desde Bretton Woods— la reacción universal ante cualquier problema global fue la misma, cambiar la moneda propia por dólares. Y con una precisión que vale la pena subrayar: no se arranca físicamente a ninguna parte, se arranca del riesgo. La huida es contable, no geográfica.
Lo interesante es el contraste que usaron para medir el fenómeno: un billete de $5.000 chilenos fuera de Chile vale cero. El mismo papel, la misma tinta, el mismo emisor —y del otro lado de la frontera se acaba la red que lo sostiene. Es la demostración doméstica más limpia de que la aceptabilidad no vive en el objeto.
El cierre fue de Pepe Arias, y es el enunciado del equilibrio no monetario en lenguaje de taxi: "cuando ese señor te dice: yo no quiero recibir dólares porque no le creo a esa moneda, game over". El día en que un taxista en Turquía rechace dólares, dijo, se acabó el juego y ahí sí Estados Unidos estará en problemas. La elección del personaje no es anecdótica: el que decide no es un banquero central sino el aceptante marginal, anónimo, en una transacción chica. La convención se rompe por ahí, no por arriba.
Una precisión, porque es justo el punto donde la intuición popular se cruza: al aire se dijo que el dólar vale porque quien lo recibe "cree que ese papel tiene valor intrínseco". Técnicamente es al revés —el dólar no tiene valor intrínseco alguno— y el propio ejemplo del taxista lo prueba: lo que el receptor cree no es que el papel valga, sino que el siguiente lo va a recibir. La creencia es sobre terceros, no sobre el objeto. Esa distinción es lo que separa una convención robusta de una frágil, y es también lo que explica por qué el "game over" sería tan rápido.
Relación con otros conceptos
Es el cimiento del dinero fiduciario y del curso legal, y la puerta de entrada a las tres funciones clásicas —medio de cambio, unidad de cuenta y reserva de valor—, porque cada una descansa en la aceptabilidad y no al revés. Por la vía de los equilibrios múltiples conecta con la profecía autocumplida y con las corridas bancarias, que tienen la misma estructura lógica. Explica la dolarización y la sustitución de monedas, el estatus de moneda de refugio y el privilegio exorbitante del emisor dominante, junto con el dilema de Triffin que lo acompaña y la demanda mundial de activos seguros. En sentido contrario, la pérdida de aceptabilidad es lo que define la hiperinflación —donde el dinero deja de usarse antes de perder todo su poder de compra— y lo que está detrás del señoreaje, que solo existe mientras la convención dure. Y es el criterio con que conviene mirar a las criptomonedas y al dinero digital de banco central: la pregunta relevante nunca es cuánta tecnología tienen, sino quién está obligado o dispuesto a recibirlos.
Fuentes y lecturas
- Menger, C. (1892), "On the Origin of Money", The Economic Journal 2(6), 239-255.
- Kiyotaki, N. y Wright, R. (1989), "On Money as a Medium of Exchange", Journal of Political Economy 97(4), 927-954.
- Samuelson, P. A. (1958), "An Exact Consumption-Loan Model of Interest with or without the Social Contrivance of Money", Journal of Political Economy 66(6), 467-482.
- Eichengreen, B. (2011), Exorbitant Privilege: The Rise and Fall of the Dollar and the Future of the International Monetary System, Oxford University Press.
- Calvo, G. A. y Végh, C. A. (1992), "Currency Substitution in Developing Countries: An Introduction", Revista de Análisis Económico 7(1), 3-27.
- Mankiw, N. G., Macroeconomía, Worth Publishers (capítulo sobre el dinero y sus funciones, para el tratamiento de manual).