Teoría
Costo de la corrupción sobre el crecimiento económico
Visto en 1 aparición de los programas.
Qué es
La corrupción —el uso de un cargo público para obtener un beneficio privado— aparece en la contabilidad del crecimiento como un impuesto que nadie recauda y como una distorsión que nadie contabiliza. La pregunta económica no es moral sino cuantitativa: ¿cuánto producto deja de generarse en un país donde los permisos, los contratos y las concesiones se asignan por soborno en vez de por precio o mérito?
El trabajo seminal del campo es de Mauro (1995), que cruzó índices de corrupción con crecimiento en un panel de países y encontró una relación negativa robusta, operando principalmente por el canal de la inversión: donde el soborno es alto, la inversión privada como porcentaje del PIB cae, y con ella la acumulación de capital. Ese es el mecanismo más directo y el más fácil de ver en un modelo de crecimiento estándar: menos capital por trabajador, menos producto por trabajador.
Pero el canal más interesante es otro, y lo formalizaron Shleifer y Vishny (1993). Su argumento es que la corrupción es más costosa que un impuesto del mismo monto, por dos razones. Primero, por su secreto: un soborno no puede escriturarse ni hacerse cumplir en tribunales, así que el empresario debe desviar recursos hacia sectores donde el pago sea ocultable —obras públicas grandes y opacas antes que educación o mantenimiento— y ese sesgo en la composición del gasto lo documentaron después Tanzi y Davoodi (1997). Segundo, por la estructura del cobro: cuando muchos funcionarios pueden bloquear el mismo proyecto de forma independiente, cada uno fija su tajada ignorando el efecto sobre los demás, y el soborno total termina por encima del que cobraría un único extractor monopólico. La corrupción descentralizada y desordenada es peor para el crecimiento que la centralizada, aunque ambas sean igualmente reprobables.
A eso se suma la asignación del talento. Murphy, Shleifer y Vishny (1991) mostraron que las economías donde las rentas de la captura del Estado superan a las de la producción atraen a sus personas más capaces hacia actividades que redistribuyen en vez de crear: el rent-seeking descrito por Krueger (1974). Un país puede tener capital, recursos y gente preparada, y aun así estancarse si sus mejores cuadros están ocupados peleando por la torta en lugar de agrandarla.
Existe una tradición contraria, y conviene conocerla porque reaparece cada vez que un país corrupto crece rápido: la hipótesis del "engrase" de Leff (1964) y Huntington (1968), según la cual en burocracias ineficientes el soborno permite saltarse trámites y acelera la inversión. La evidencia posterior la ha tratado mal. Kaufmann y Wei (1999) mostraron que las firmas que más sobornan no reportan menos tiempo perdido en trámites sino más, porque el funcionario tiene incentivo a crear la traba que después cobra por levantar; Méon y Sekkat (2005) encontraron que el efecto "engrase" no aparece salvo, con suerte, en países de instituciones ya muy débiles. El consenso actual es que la corrupción echa arena, no aceite.
Por último, la literatura institucional —North (1990), Acemoglu, Johnson y Robinson (2001)— ubica la corrupción como síntoma de algo más hondo: instituciones extractivas, derechos de propiedad inseguros, reglas que dependen de a quién conoces. En esa lectura la corrupción no es la enfermedad sino la fiebre, y el estancamiento prolongado —décadas, no años— es lo que uno esperaría ver.
Cómo lo explicó el programa
En el BTM del 17 de septiembre de 2026, la conversación sobre Brasil y el giro electoral llevó a Manuel Bengolea a plantear el costo en la forma más cruda posible: la de un test de consistencia. Un país que exporta petróleo, cobre, hierro y tierras raras, con precios internacionales que en el período se duplicaron o triplicaron, debería haber trasladado esa bonanza a su ingreso por habitante. No lo hizo.
"Los precios son duplicados, triplicados, ¿cómo siguen teniendo el mismo ingreso per cápita? Porque la corrupción." — Manuel Bengolea
El argumento del panel fue que el ingreso per cápita brasileño lleva unos veinte años estancado pese a ese viento de cola, y que la magnitud del desvío —cifrada en el programa en unos US$35 mil millones anuales— explica buena parte de la brecha entre la renta que el país genera y la que llega a sus habitantes. Sobre lo político, la lectura fue que el vuelco de las encuestas a favor de Bolsonaro frente a Lula responde más al hartazgo con la corrupción que a la imitación del programa de Bukele, y se inscribe en un giro global hacia la derecha.
La pieza teórica que el programa está usando, aunque no la nombre, es la del test de renta: cuando el precio del recurso sube y el ingreso no, la diferencia se está quedando en algún lado del camino.
Relación con otros conceptos
El caso brasileño es una variante de la maldición de los recursos naturales: la abundancia de rentas fáciles de capturar financia y hace rentable la corrupción, en vez de financiar inversión. El contraejemplo es la reinversión de la renta de recursos naturales —la regla de Hartwick— que exige transformar renta agotable en capital reproducible, algo que solo ocurre si las instituciones lo hacen cumplir. Aguas arriba están el rent-seeking y la captura del Estado; aguas abajo, la asignación del talento y la calidad institucional como determinante del crecimiento de largo plazo. En la contabilidad, la corrupción entra como deterioro de la productividad total de los factores: el producto que falta no se explica ni por menos capital ni por menos trabajo, sino por lo mal que se combinan.
Fuentes y lecturas
- Mauro, P. (1995), Corruption and Growth, Quarterly Journal of Economics 110(3), 681–712.
- Shleifer, A. y Vishny, R. (1993), Corruption, Quarterly Journal of Economics 108(3), 599–617.
- Murphy, K., Shleifer, A. y Vishny, R. (1991), The Allocation of Talent: Implications for Growth, Quarterly Journal of Economics 106(2), 503–530.
- Rose-Ackerman, S. y Palifka, B. (2016), Corruption and Government: Causes, Consequences, and Reform, 2.ª ed., Cambridge University Press.
- Méon, P.-G. y Sekkat, K. (2005), Does Corruption Grease or Sand the Wheels of Growth?, Public Choice 122(1-2), 69–97.
- Acemoglu, D. y Robinson, J. (2012), Por qué fracasan los países, Deusto (ed. en español).