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Teoría

Efectos de segunda y tercera vuelta de un shock de costos

Visto en 1 aparición de los programas.

Qué es

Cuando sube bruscamente el precio de un insumo importado —petróleo, fertilizantes, fletes—, el efecto sobre los precios internos no ocurre de una sola vez. Conviene distinguir tres momentos, y la distinción no es escolástica: de cuál de ellos estemos hablando depende si el banco central debe quedarse quieto o subir la tasa.

La primera vuelta es el impacto mecánico y directo. El crudo sube, sube la bencina en la estación de servicio, sube el transporte, sube el costo de producir casi cualquier cosa. En el índice de precios eso aparece de inmediato, concentrado en las divisiones de transporte y energía. Es un cambio de precios relativos: la energía se encareció respecto de todo lo demás. Un shock de este tipo es, en la jerga del manual, un shock de oferta adverso: desplaza la curva de oferta agregada hacia arriba y produce la combinación incómoda de más inflación con menos producto —la estanflación que Blanchard describe como el dilema clásico del shock petrolero.

La segunda vuelta empieza cuando esa alza inicial se propaga a precios y salarios que no tienen nada que ver con el petróleo. El almacenero sube el precio del pan porque le subió el flete; la peluquería sube la hora porque le subió la cuenta de la luz; el sindicato pide un reajuste porque el IPC del año fue alto. Lo que se propaga ya no es el precio del crudo, sino la inflación. El mecanismo que lo hace posible tiene dos piezas: la indexación —contratos, arriendos, salarios atados al IPC pasado, algo especialmente potente en Chile, donde la UF hace explícito lo que en otros países es implícito— y las expectativas. Si los agentes creen que la inflación quedará alta, la incorporan en sus decisiones de precio hoy, y la creencia se vuelve verdadera. La curva de Phillips aumentada por expectativas de Friedman (1968) y Phelps (1967) es exactamente esta idea: la inflación de hoy depende de la inflación esperada, y no hay un menú estable entre inflación y desempleo que la política pueda explotar.

La tercera vuelta es la vuelta siguiente del mismo carrusel: los precios que subieron en la segunda ronda vuelven a alimentar el IPC, ese IPC vuelve a reajustar contratos y expectativas, y el proceso se realimenta. Cuántas vueltas tenga el ciclo —si se apaga solo o se convierte en una espiral precios-salarios— depende de cuán ancladas estén las expectativas. Con un banco central creíble, la primera vuelta es un alza de precios de una sola vez y las vueltas siguientes se atenúan hasta desaparecer. Sin credibilidad, el shock de costos se transforma en inflación persistente.

Hay un segundo canal que suele quedar fuera de la discusión y que importa tanto como el de precios: para un país importador de petróleo, el alza del crudo es también un shock negativo de demanda agregada. Lo que el país paga de más por el mismo barril es ingreso que sale de la economía hacia los exportadores; el hogar que gasta más en bencina tiene menos para gastar en todo lo demás. El shock, entonces, empuja los precios hacia arriba y la actividad hacia abajo al mismo tiempo. Ese es el dilema: la regla de Taylor (Taylor, 1993) le pide al banco central subir la tasa por la inflación y bajarla por la brecha de producto, y los dos términos apuntan en direcciones contrarias.

La recomendación estándar —y el consenso al que llegó la literatura tras los shocks de los setenta— es acomodar la primera vuelta y resistir la segunda. Acomodar significa dejar pasar el cambio de precios relativos sin apretar, porque intentar compensarlo exige una recesión que no soluciona nada: el precio relativo de la energía va a subir igual, por la vía de hacer caer todos los demás. Resistir la segunda significa actuar apenas la propagación aparece, antes de que las expectativas se desanclen. La dificultad práctica es que la línea entre una y otra solo se distingue con claridad después, y para entonces actuar es caro.

Cómo lo explicó el programa

En Buenas Tardes Mercado del 17 de septiembre de 2026, discutiendo la última decisión de la Reserva Federal y la lectura del gobernador Warsh —que, según Bengolea, sostiene que solo se eliminó una dosis de estímulo y que los niveles actuales de tasa no frenan la economía—, Manuel Bengolea señaló lo que a su juicio esa lectura deja fuera: "Es que el efecto negativo en la demanda agregada del shock del petróleo. Y eso va a tener un efecto negativo."

El argumento tiene las dos mitades del concepto. Por un lado, el canal de demanda: el crudo caro no es solo una fuerza inflacionaria, es un impuesto sobre el consumo de una economía importadora, y por esa vía frena la actividad. Por otro, el reloj de las vueltas: Bengolea puso un plazo explícito —si el crudo se mantiene seis meses más en estos niveles, vendrán los efectos de segunda y tercera vuelta, con los agentes trasladando el mayor costo a los precios de los servicios. La mención de los servicios no es un detalle. Es justamente donde se reconoce la propagación: mientras el alza queda contenida en bencina y transporte, es primera vuelta; cuando aparece en el precio del corte de pelo, del almuerzo o del arriendo, ya es otra cosa.

Relación con otros conceptos

Este concepto es la aplicación dinámica del shock de oferta: describe qué pasa después del impacto inicial. Su motor son las expectativas de inflación y el anclaje que las sostiene, y su expresión más aguda es la espiral precios-salarios. Se conecta directamente con la indexación, que en Chile opera por la UF y los reajustes atados al IPC, y con la distinción entre inflación subyacente (que excluye energía y alimentos precisamente para ver si la propagación ocurrió) e inflación total. Del lado de la política, ordena el problema que enfrenta la regla de Taylor cuando inflación y brecha de producto piden cosas opuestas, y explica por qué la credibilidad del banco central es un activo económico y no un adorno institucional. Finalmente, obliga a separar los efectos superpuestos en los precios: distinguir cuánto del IPC es energía importada y cuánto es propagación interna es la pregunta operativa que decide la tasa.

Fuentes y lecturas

  • Milton Friedman (1968), The Role of Monetary Policy, American Economic Review 58(1). El discurso presidencial que introduce la tasa natural de desempleo y la curva de Phillips aumentada por expectativas.
  • Edmund S. Phelps (1967), Phillips Curves, Expectations of Inflation and Optimal Unemployment over Time, Economica 34(135).
  • Olivier Blanchard (2021), Macroeconomics, 8ª edición, Pearson. El capítulo sobre shocks de oferta y el episodio petrolero es el tratamiento estándar del tema.
  • John B. Taylor (1993), Discretion versus Policy Rules in Practice, Carnegie-Rochester Conference Series on Public Policy 39. El origen de la regla que formaliza el dilema entre inflación y brecha de producto.
  • Olivier Blanchard y Jordi Galí (2007), The Macroeconomic Effects of Oil Shocks: Why are the 2000s so Different from the 1970s?, NBER Working Paper 13368. Compara los shocks petroleros y argumenta que el anclaje de expectativas y la menor rigidez salarial explican por qué las vueltas posteriores fueron mucho más débiles en la década de 2000.
  • N. Gregory Mankiw (2019), Macroeconomics, 10ª edición, Worth Publishers. Manual estándar; el tratamiento de shocks de oferta y del dilema de política monetaria es el más accesible de esta lista.

Apariciones