Teoría
Inflación y comportamiento electoral
Visto en 1 aparición de los programas.
Qué es
La hipótesis del voto económico sostiene que una parte sustantiva de la decisión electoral no responde a programas ni a identidades ideológicas, sino a una evaluación retrospectiva del desempeño material del gobierno de turno. Su formulación moderna arranca con Kramer (1971), que encontró correlación entre la variación del ingreso real y el voto al partido del presidente en Estados Unidos entre 1896 y 1964, y se ordena teóricamente con Fiorina (1981): el votante no necesita entender política macroeconómica para votar racionalmente; le basta con un indicador barato de su propio bienestar y una regla simple de premio o castigo. La revisión de Lewis-Beck y Stegmaier (2000) confirma que el hallazgo se repite en decenas de democracias, con una regularidad rara para las ciencias sociales.
Dentro de ese marco, la inflación ocupa un lugar especial por tres razones.
Primera: es el indicador más legible que existe. El desempleo se conoce por una estadística publicada con rezago y, salvo que golpee al hogar, se experimenta de oídas. El crecimiento es una abstracción. Los precios, en cambio, se observan varias veces al día, sin intermediación de ningún organismo. El votante no necesita creerle al instituto de estadísticas para saber que el pan subió.
Segunda: se percibe como pérdida, no como transferencia. Shiller (1997) documentó mediante encuestas que la mayoría de las personas no describe la inflación como un fenómeno nominal, sino como un deterioro del nivel de vida y hasta como un problema moral. El sesgo clave es de atribución: los aumentos de precios se adjudican a fuerzas externas o al gobierno, mientras que los aumentos del salario nominal —que son el otro lado de la misma inflación— se atribuyen al mérito propio. El resultado es que el costo subjetivo de un episodio inflacionario es mayor que su costo medido en poder adquisitivo.
Tercera: el salario real efectivamente cae durante la aceleración. Esto no es solo percepción. Con contratos escalonados (Taylor, 1980) e indexación que mira el IPC pasado —el caso chileno, donde los reajustes se pactan contra la inflación ya ocurrida—, el salario nominal se ajusta después del shock, no antes. En la fase de aceleración el salario real baja mecánicamente y se recupera recién cuando la inflación cede. La asimetría remata el asunto: la desinflación devuelve la tasa a la meta, no el nivel de precios, de modo que el malestar sobrevive varios trimestres a la normalización estadística.
A esto se suman dos hallazgos incómodos de la literatura. Los votantes son miopes: pesan desproporcionadamente los meses previos a la elección antes que el período completo (Healy y Lenz, 2014), lo que hace del calendario una variable política en sí misma y explica la tentación del ciclo político-económico descrito por Nordhaus (1975). Y son malos atribuyendo: Achen y Bartels (2016) muestran que se castiga al gobierno por shocks que no controla. Un alza del petróleo de origen geopolítico, importada por una economía pequeña y abierta, no se descuenta del juicio sobre la autoridad local. El "índice de malestar" que popularizó Arthur Okun en los años setenta —inflación más desempleo— capturaba precisamente esa lectura sin matices.
Cómo lo explicó el programa
En Buenas Tardes Mercado del 21 de septiembre de 2026, bajo el tema "La inflación como determinante del voto", el panel encadenó el argumento completo: las tensiones geopolíticas encarecieron combustibles y energía, ese encarecimiento se trasladó al IPC, y el IPC erosionó la aprobación presidencial. La conclusión que sacaron es fuerte: el IPC define elecciones. Lo ilustraron con dos casos, uno externo y uno propio: el costo de la vida como eje de la elección estadounidense entre Harris y Trump, y el plebiscito chileno del 4 de septiembre de 2022 —celebrado con una inflación anual cercana al 14%, la más alta en casi tres décadas— convertido, en su lectura, en un veredicto sobre el gobierno de turno antes que sobre el texto constitucional sometido a votación.
El mecanismo que ofreció Manuel Bengolea para sostener esa causalidad es exactamente el de la indexación rezagada: "porque los salarios siempre corren detrás de la inflación, no delante de la inflación". Es la versión de radio del argumento de los contratos escalonados, y es lo que separa esta tesis de una mera correlación: si el salario se ajustara simultáneamente, la inflación sería un cambio de unidad de cuenta y no habría por qué castigar a nadie en las urnas.
Conviene registrar también el límite. Atribuir un resultado electoral a una sola variable es sobredeterminar el fenómeno; el plebiscito de 2022 tuvo contenido constitucional propio y dinámicas de campaña que ninguna serie de precios captura. La literatura sostiene que la inflación mueve el voto en el margen, y en elecciones estrechas ese margen basta: no que lo explique entero.
Relación con otros conceptos
Este concepto se apoya directamente en la indexación salarial y en la rigidez nominal de salarios, que son las que producen la caída transitoria del salario real; sin ellas, la inflación no tendría víctima identificable. Se conecta con el shock de oferta y con los términos de intercambio, que explican por qué un país puede importar inflación sin haber cometido ningún error de política. Aguas arriba está la política monetaria y el problema de la credibilidad de la autoridad monetaria: cuanto más ancladas las expectativas de inflación, menor el costo en actividad de volver a la meta y menor la factura política. Aguas abajo está el ciclo político-económico, es decir, el incentivo del gobernante a estimular antes de la elección, y la independencia del banco central como respuesta institucional a ese incentivo. Finalmente, se cruza con la brecha entre los indicadores macro y la percepción ciudadana: el mismo sesgo de atribución que hace impopular la inflación hace que los promedios agregados no convenzan a nadie que esté mirando su propia boleta.
Fuentes y lecturas
- Kramer, G. H. (1971), "Short-Term Fluctuations in U.S. Voting Behavior, 1896–1964", American Political Science Review 65(1).
- Fiorina, M. P. (1981), Retrospective Voting in American National Elections, Yale University Press.
- Shiller, R. J. (1997), "Why Do People Dislike Inflation?", en C. Romer y D. Romer (eds.), Reducing Inflation: Motivation and Strategy, University of Chicago Press / NBER.
- Lewis-Beck, M. S. y Stegmaier, M. (2000), "Economic Determinants of Electoral Outcomes", Annual Review of Political Science 3.
- Achen, C. H. y Bartels, L. M. (2016), Democracy for Realists: Why Elections Do Not Produce Responsive Government, Princeton University Press.