Teoría
Percepción frente a datos objetivos en la conducta económica
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Qué es
Hay tres capas que conviene no confundir: los datos (el IPC que publica el INE, el desempleo, el Imacec), la percepción que la gente tiene del estado de la economía, y la conducta efectiva —gastar, ahorrar, endeudarse, contratar, invertir—. El supuesto cómodo es que la segunda capa es un reflejo fiel de la primera y que la tercera se deduce de ambas. En la práctica, la percepción se desacopla de los datos con frecuencia, y la conducta sigue a la percepción.
La formulación clásica de esta idea viene de George Katona (1951), el psicólogo que fundó las Encuestas de Consumidores de la Universidad de Michigan y que separó dos cosas que la teoría trataba como una: la capacidad de comprar (ingreso, crédito disponible, patrimonio) y la disposición a comprar. La segunda no se deriva de la primera. Dos hogares con el mismo ingreso y la misma deuda se comportan distinto si uno cree que va a perder el empleo y el otro no. Antes que él, Keynes (1936) había puesto el mismo problema en el centro de la inversión: frente a un futuro que no es probabilizable, las decisiones se toman sobre convenciones y estados de ánimo —los animal spirits—, no sobre un cálculo actuarial que nadie puede hacer.
Por qué la percepción se aparta de los datos tiene una respuesta bastante bien establecida. Tversky y Kahneman (1974) mostraron que la gente juzga la frecuencia de un fenómeno por la facilidad con que le vienen ejemplos a la cabeza —la heurística de disponibilidad—, y lo que está disponible depende de la cobertura mediática y de la conversación, no de la estadística. A eso se suma la asimetría entre pérdidas y ganancias que documentaron los mismos autores (1979): las malas noticias pesan más que las buenas del mismo tamaño. Y hay una tercera explicación que no requiere irracionalidad alguna: informarse cuesta tiempo y atención, así que la gente se guía por indicadores baratos y visibles —el precio de la bencina, el del pan, el titular del noticiario— en lugar de la serie desestacionalizada. Es lo que Sims (2003) formalizó como atención racional.
Lo importante es que la percepción no es solo un termómetro: es causal. Si un número suficiente de personas cree que viene una recesión, posterga la compra del auto, el empresario congela la contratación y el banco endurece el crédito; la recesión aparece, y la creencia queda validada. Merton (1948) llamó a esto profecía autocumplida, y la macroeconomía la reencontró como fallas de coordinación (Cooper y John, 1988): hay equilibrios buenos y malos, y lo que selecciona uno u otro es lo que cada uno espera que hagan los demás. El canal más directo es el ahorro precautorio (Leland, 1968; Kimball, 1990): basta con que suba la incertidumbre percibida, con el ingreso intacto, para que el ahorro suba y el consumo caiga.
Conviene, eso sí, no sobrevender el mecanismo. El poder predictivo de los índices de confianza sobre el gasto futuro existe pero es acotado, y buena parte de él se explica porque la confianza recoge información genuina sobre el futuro y no puro estado de ánimo (Barsky y Sims, 2012; Ludvigson, 2004). Bachmann, Berg y Sims (2015) encontraron incluso que mayores expectativas de inflación no se traducen en más disposición a gastar, contra lo que predice el manual. La percepción mueve la conducta; no la determina de manera mecánica.
En Chile esa capa intermedia se mide: el IPEC de percepción de los hogares, el IMCE de confianza empresarial de Icare y la Universidad Adolfo Ibáñez, y la Encuesta de Expectativas Económicas del Banco Central. Son indicadores "blandos" que se leen junto a los duros, no en vez de ellos.
Cómo lo explicó el programa
En Buenas Tardes Mercado del 7 de agosto de 2026 (btm-2026-08-07), Bárbara Briceño llegó al punto por una analogía fuera de la economía: la percepción de seguridad. Independiente de cuánto se parezca a lo que efectivamente ocurre, esa percepción cambia lo que la gente hace —no sale de noche, no va a ciertos lugares—. Su formulación fue directa: "independiente de la relación que tengan o no con las cosas que pasan realmente, la gente actúa en forma distinta". Y el traslado al terreno económico es inmediato: el gasto y las decisiones se condicionan a lo que se espera que ocurra, no a los datos que se publican.
La analogía es buena por una razón que va más allá de lo retórico: en seguridad la brecha está medida. La ENUSC del INE muestra sistemáticamente que la proporción de personas que cree que la delincuencia aumentó en el país es muy superior a la victimización efectiva, y también superior a lo que esas mismas personas perciben en su propio barrio. Es el caso de manual de una percepción que se sostiene por encima del dato sin dejar de tener consecuencias reales. Para quien vende, contrata o presta, la pregunta útil no es si la gente está bien informada, sino qué va a hacer con lo que cree.
Relación con otros conceptos
Este concepto es la base del anclaje de expectativas de inflación: un banco central con credibilidad logra que la percepción se ancle al objetivo y con eso ahorra tasa. Se cruza con el ahorro precautorio, con la confianza empresarial como antesala de la inversión, y con la propagación del ciclo económico. En su versión extrema aparece en las corridas bancarias, donde el equilibrio malo se autovalida (Diamond y Dybvig, 1983). Del lado de la transmisión de las creencias conecta con las narrativas económicas de Shiller y con la distinción práctica, en cualquier informe de coyuntura, entre indicadores duros y blandos.
Fuentes y lecturas
- Katona, G. (1951), Psychological Analysis of Economic Behavior, McGraw-Hill.
- Tversky, A. y Kahneman, D. (1974), "Judgment under Uncertainty: Heuristics and Biases", Science, 185(4157).
- Akerlof, G. y Shiller, R. (2009), Animal Spirits, Princeton University Press.
- Ludvigson, S. (2004), "Consumer Confidence and Consumer Spending", Journal of Economic Perspectives, 18(2).
- Blanchard, O. (2021), Macroeconomía, 8ª ed., Pearson (capítulos sobre expectativas).