Teoría
Pragmatismo versus dogmatismo en la política económica
Visto en 1 aparición de los programas.
Qué es
Pragmatismo y dogmatismo nombran dos maneras de decidir política económica. El dogmático fija un cuerpo de doctrina —un paquete institucional, una escuela, un programa— y evalúa cada medida por su consistencia con ese cuerpo. El pragmático evalúa cada medida por sus consecuencias observables y está dispuesto a usar instrumentos de familias doctrinarias distintas, o incluso opuestas, si el resultado lo justifica. La formulación popular de esa postura es la que Deng Xiaoping hizo famosa a inicios de los sesenta: da lo mismo el color del gato mientras cace ratones.
La tentación es leer la dicotomía como una virtud contra un vicio. La teoría económica moderna dice algo más incómodo: buena parte de lo que parece dogmatismo es, en realidad, una tecnología de compromiso, y renunciar a ella tiene costo. El argumento seminal es el de Kydland y Prescott (1977): cuando el público forma expectativas mirando lo que la autoridad hará después, el plan óptimo de hoy deja de ser óptimo mañana, y una autoridad que puede reoptimizar libremente termina en un equilibrio peor que si estuviera atada. Barro y Gordon (1983) mostraron el caso concreto: la discreción monetaria pura produce un sesgo inflacionario sin ganancia de empleo, porque los agentes anticipan el incentivo del banco central. La discusión es vieja —Simons (1936) ya la planteó como «reglas contra autoridades»— pero el punto sobrevive: el pragmatismo sin ancla no es neutral, empeora el resultado.
El aparato institucional de las últimas tres décadas es un intento de quedarse con lo mejor de los dos. Taylor (1993) propuso una regla de tasa de política suficientemente simple para ser verificable y suficientemente sensible al ciclo para no ser absurda. Bernanke y Mishkin (1997) bautizaron el régimen de metas de inflación como discreción restringida: el objetivo es rígido y público, los instrumentos y los plazos son flexibles y se justifican caso a caso. La rigidez compra credibilidad; la flexibilidad compra capacidad de reaccionar a un shock de oferta que ninguna regla previó.
Del lado del desarrollo, la crítica al dogmatismo es distinta y más profunda. Rodrik (2007) sostiene que los principios económicos de primer orden —derechos de propiedad, incentivos alineados, moneda estable, disciplina fiscal— admiten muchas formas institucionales, y que el error del recetario de reformas de los noventa no fue defender esos principios sino confundirlos con un paquete específico de medidas. De ahí su propuesta de diagnóstico: identificar cuál es la restricción que efectivamente está mordiendo en un país, en vez de aplicar la lista completa. Es pragmatismo en el método, no relativismo en los fines. La versión política de la misma idea es anterior: Lindblom (1959) describió la decisión pública real como comparaciones sucesivas y limitadas —«salir del paso»— y Popper (1957) defendió la ingeniería social fragmentaria justamente porque permite detectar el error a tiempo.
Queda una pregunta que la teoría no responde sola: ¿cuándo el pragmatismo es aprendizaje y cuándo es oportunismo electoral? Nordhaus (1975) formalizó el ciclo político-económico: el gobernante tiene incentivo a estimular la economía antes de la elección aunque sepa que el costo llega después. Y Fiorina (1981) documentó que el votante juzga de manera retrospectiva, sobre el resultado percibido más que sobre el programa. Un gobierno que cambia de instrumento porque el dato lo obligó y uno que lo cambia porque hay elección en noviembre se ven idénticos desde afuera. Esa ambigüedad es la razón por la que las anclas —metas de inflación, reglas fiscales, autonomía del banco central— siguen existiendo aunque nadie crea que capturan toda la complejidad.
Cómo lo explicó el programa
En Buenas Tardes Mercado del 22 de septiembre de 2026 (btm-2026-09-22), la mesa discutió el tema bajo el título «Pragmatismo, inflación y suerte electoral del gobernante», y lo hizo con la frase del gato encima de la mesa: el pragmatismo manda sobre el dogma, da lo mismo el color del gato mientras cace ratones.
El caso que estaban discutiendo no era abstracto. Manuel Bengolea lo planteó como una regularidad: «la inflación y lo que genera la inflación, en este caso el precio del petróleo, atentan contra el oficialismo o contra el gobernante vigente». El razonamiento encadenaba las dos mitades del concepto. Primero la empírica —el votante castiga la inflación al bolsillo, y el precio de la bencina es su manifestación más visible y de lectura más inmediata—. Después la pragmática: si Trump consiguiera llevar el WTI por debajo de US$80, podría dar vuelta la elección del Senado, aun con la Cámara ya perdida. Lo que la mesa estaba describiendo es exactamente el mecanismo de Fiorina y Nordhaus operando junto: un gobernante dispuesto a subordinar la coherencia doctrinaria de su política energética al objetivo de abaratar el combustible antes de la votación.
Conviene notar que el programa usó el pragmatismo en sentido descriptivo, no como elogio. La frase del gato explica por qué un gobierno hace lo que hace; no dice que el gato vaya a cazar el ratón.
Relación con otros conceptos
El eje que organiza todo esto es la inconsistencia temporal de la política económica, y su contracara práctica es la credibilidad de la autoridad monetaria: quien puede cambiar de rumbo cuando quiera obtiene peores resultados que quien no puede, porque el público lo anticipa. De ahí salen las metas de inflación como régimen y las reglas fiscales como su equivalente en el presupuesto.
Por el lado político, conecta con el ciclo político-económico y con el voto retrospectivo: ambos explican por qué la conveniencia electoral empuja hacia la discreción justo cuando el compromiso valdría más. El caso que discutió la mesa pasa además por el traspaso del precio del petróleo a la inflación y por la distinción entre shock de oferta y presión de demanda, que es precisamente la situación donde una regla mecánica funciona peor y el juicio caso a caso funciona mejor.
Finalmente, la crítica de Rodrik enlaza con el diagnóstico de crecimiento y con la discusión sobre la calidad de las instituciones: los mismos principios admiten arreglos institucionales muy distintos según cuál sea la restricción que efectivamente limita a una economía.
Fuentes y lecturas
- Kydland, F. y Prescott, E. (1977), Rules Rather than Discretion: The Inconsistency of Optimal Plans, Journal of Political Economy 85(3).
- Barro, R. y Gordon, D. (1983), Rules, Discretion and Reputation in a Model of Monetary Policy, Journal of Monetary Economics 12(1).
- Bernanke, B. y Mishkin, F. (1997), Inflation Targeting: A New Framework for Monetary Policy?, Journal of Economic Perspectives 11(2).
- Rodrik, D. (2007), One Economics, Many Recipes: Globalization, Institutions, and Economic Growth, Princeton University Press.
- Ffrench-Davis, R. (2003), Entre el neoliberalismo y el crecimiento con equidad: tres décadas de política económica en Chile, J. C. Sáez Editor.