Teoría
Redondeo de precios por ausencia de denominaciones pequeñas
Visto en 1 aparición de los programas.
Qué es
El dinero cumple funciones distintas y no tiene por qué cumplirlas con la misma granularidad. Como unidad de cuenta, el peso permite escribir cualquier precio; como medio de pago, el efectivo es un conjunto finito de piezas. Cuando la pieza más chica en circulación vale más que el incremento mínimo de la escala de precios, aparece una brecha entre el precio exhibido y el monto que se liquida efectivamente. Esa brecha se cierra por convención, y esa convención es el redondeo.
El problema es viejo y tiene nombre propio en la literatura: el gran problema del cambio chico. Sargent y Velde (2002) muestran que durante siglos Europa convivió con escasez crónica de moneda menuda, porque una pieza fraccionaria solo funciona si su valor facial se sostiene por convertibilidad creíble y no por su contenido metálico —si el metal vale más que el facial, la moneda se funde; si vale mucho menos y el emisor no la respalda, se deprecia—. Cipolla (1956) ya había documentado ese ciclo en el Mediterráneo. Hoy el mecanismo es otro pero el resultado se parece: la inflación erosiona el poder adquisitivo de las denominaciones bajas hasta que acuñarlas cuesta más que su valor facial —señoreaje negativo—, y el emisor las retira. En Chile la moneda de $1 salió de circulación y el marco legal fijó, para los pagos en efectivo, el redondeo al múltiplo de diez más cercano. Las de $10 y $50 están en la misma pendiente.
Lo que suele perderse en el debate es que el valor de una denominación no es su poder adquisitivo aislado, sino su papel dentro del juego completo de piezas. Una estructura de denominaciones es una tecnología para representar montos arbitrarios con pocas unidades: la moneda de $10 casi no compra nada por sí sola, pero es la que permite liquidar exactamente un precio que no termina en cero. Sacarla obliga a una de dos cosas: engrosar la grilla de precios (que todo termine en 0 o en 00) o aceptar que el monto pagado difiera del facturado.
De ahí la pregunta que importa, que es de incidencia, no de intención: ¿quién paga el redondeo? Whaples (2007), sobre unas 200 mil transacciones en tiendas de conveniencia, encontró que el redondeo al total de una compra es prácticamente neutral: las veces que sube y las que baja se compensan, porque el último dígito del total de una canasta se distribuye casi uniformemente. Tres cosas rompen esa neutralidad. Primero, redondear por unidad en vez de por total, que multiplica el sesgo por la cantidad de ítems. Segundo, una regla asimétrica —en el redondeo "al más cercano", el caso del empate es exactamente el que define el sesgo—. Y tercero, la más importante: los precios no son exógenos. El vendedor elige la terminación, y las terminaciones observadas en el comercio están lejos de ser uniformes (el clásico 9 final, los "puntos de precio"). Quien controla el dígito que decide la dirección del redondeo controla la dirección del redondeo.
Hay además un efecto de segundo orden: una grilla más gruesa es una rigidez nominal. Si el cambio de precio más chico posible pasa de $1 a $10 o a $100, los ajustes finos de precios relativos simplemente no ocurren; se acumulan hasta un salto mayor y menos frecuente. En productos de bajo valor unitario, el redondeo puede ser un porcentaje nada trivial del precio.
Cómo lo explicó el programa
En btm-2026-08-26 (26 de agosto de 2026), en el tema "El argumento del vuelto a favor de las monedas chicas", la discusión venía por el lado obvio —las monedas de $10 y $50 ya casi no compran nada— y un oyente aportó el contraargumento que da vuelta el eje: lo que obliga a mantenerlas no es su poder adquisitivo, sino el vuelto. En sus palabras, "si el multiplicador del precio termina en un número primo finalmente necesito monedas de 10 y de 50 para pagar ese precio".
La formulación es informal —lo que decide no es la primalidad del número, sino si el precio es divisible por las denominaciones que sobreviven—, pero el fondo es exactamente el argumento de la estructura de denominaciones: mientras la grilla de precios sea más fina que la grilla de monedas, el pago exacto es imposible y alguien absorbe la diferencia. Y el oyente agrega la parte empírica: que el redondeo, hoy, favorece sistemáticamente a quien recibe el pago. Esa segunda mitad es una afirmación verificable, no una opinión, y la evidencia disponible dice que depende de la regla y de quién fija las terminaciones de los precios: neutral cuando se redondea el total con dígitos finales bien repartidos, sesgada cuando el vendedor puede elegir la terminación.
Relación con otros conceptos
El retiro de las denominaciones bajas es un subproducto del señoreaje y del impuesto inflación: la inflación acumulada es la que vuelve antieconómica la acuñación. La grilla gruesa que deja atrás conecta con los costos de menú y la rigidez nominal de precios, y con los precios psicológicos (terminaciones en 9), que son justamente los que determinan el sentido del redondeo. Como el redondeo aplica solo al efectivo, introduce además una cuña entre pagar con efectivo y con medios electrónicos —una fricción pequeña pero real en la elección de medio de pago, con implicancias de inclusión financiera para quienes solo operan en efectivo—. Y toda la discusión sobre quién termina pagándolo es un caso de manual de incidencia: la carga la determina quién fija el precio, no quién entrega la moneda.
Fuentes y lecturas
- Cipolla, C. M. (1956), Money, Prices and Civilization in the Mediterranean World, Princeton University Press.
- Sargent, T. J. y Velde, F. R. (2002), The Big Problem of Small Change, Princeton University Press.
- Whaples, R. (2007), "Time to Eliminate the Penny from the U.S. Coinage System: New Evidence", Eastern Economic Journal, 33(1).
- Rogoff, K. (2016), The Curse of Cash, Princeton University Press.
- Mankiw, N. G. (2017), Principios de Economía, 7ª ed., Cengage Learning — capítulos sobre dinero, inflación y costos de menú.