Teoría
Sesgos conductuales en la formación de expectativas
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Qué es
Los sesgos conductuales en la formación de expectativas son las desviaciones sistemáticas —no aleatorias— entre lo que la gente espera que ocurra y lo que un procesamiento óptimo de la información disponible predeciría. La palabra clave es sistemáticas: nadie exige que un empresario acierte, pero la teoría estándar sí supone que sus errores no siguen un patrón predecible.
Ese supuesto es la hipótesis de expectativas racionales, que formalizó Muth (1961) y que Lucas (1972) y Sargent y Wallace (1975) llevaron al centro de la macroeconomía: la expectativa subjetiva de los agentes coincide, en promedio, con la predicción del modelo verdadero de la economía. De ahí sale el lugar común de que el mercado "ya anticipó" el alza de tasas antes de que ocurra —si la decisión es previsible dada la información pública, el precio ya la contiene—. Y de ahí sale también la incomodidad que da el sistema: si las expectativas son racionales, preguntarle a la gente qué cree agrega poco, porque su respuesta ya está contenida en el modelo.
Antes de eso, el enfoque dominante eran las expectativas adaptativas (Cagan, 1956; Nerlove, 1958): se proyecta el pasado y se corrige por el propio error de pronóstico anterior. Es una regla simple y bastante realista, pero tiene un defecto conocido: en una economía con inflación acelerándose, comete errores en la misma dirección, período tras período. Nadie tropieza veinte veces con la misma piedra.
La crítica conductual se instala en el medio de esas dos posiciones. Su punto de partida es la racionalidad acotada de Simon (1955): la gente no optimiza sobre toda la información, sino que usa atajos. Tversky y Kahneman (1974) identificaron los tres que más importan acá. La disponibilidad: se estima la probabilidad de algo por la facilidad con que vienen ejemplos a la memoria, así que lo vivido personalmente y lo reciente pesa desproporcionadamente. El anclaje y ajuste: se parte de una cifra de referencia —la inflación del año pasado, el dólar de la semana pasada— y se corrige desde ahí, casi siempre de manera insuficiente. Y la representatividad, que lleva a extrapolar tendencias cortas como si fueran el régimen.
La evidencia empírica de las últimas dos décadas le dio bastante sustento. Malmendier y Nagel (2016) mostraron que las expectativas de inflación dependen de la inflación que a cada cohorte le tocó vivir: quien vivió los ochenta chilenos o la hiperinflación argentina espera sistemáticamente más inflación que un joven de treinta, con la misma información pública sobre la mesa. D'Acunto, Malmendier, Ospina y Weber (2021) fueron más finos todavía: lo que ancla la percepción no es la canasta del IPC, sino los precios de los bienes que uno compra seguido —el pan, la bencina—, y con un sesgo asimétrico hacia las alzas. Eso explica exactamente el razonamiento que el programa describió: mis costos subieron más que la inflación, luego seguirán subiendo. No es irracionalidad tonta; es una muestra sesgada procesada de manera razonable.
Coibion y Gorodnichenko (2015) cerraron el argumento por el lado de los datos agregados: los errores de pronóstico de las encuestas de expectativas son predecibles a partir de las revisiones previas, lo que rechaza la versión fuerte de expectativas racionales de información completa. La explicación no requiere suponer gente tonta: alcanza con atención limitada (Sims, 2003) o información pegajosa (Mankiw y Reis, 2002).
La consecuencia práctica es la que justifica el instrumento: si las expectativas fueran racionales, una encuesta sería redundante. Como no lo son —como cargan sesgos persistentes y medibles—, la encuesta tiene información propia sobre la conducta futura: los precios que se van a fijar, los salarios que se van a negociar, la inversión que se va a postergar.
Cómo lo explicó el programa
En Buenos Días Mercado del 7 de agosto de 2026, bajo el tema "Teoría de las expectativas: por qué vale la pena preguntarle a los empresarios qué creen", el panel hizo el recorrido completo en orden histórico: primero las expectativas adaptativas, que toman la información pasada y la corrigen por sus propios errores; después la crítica conductual, que suma sesgos y experiencia personal —mis costos subieron más que la inflación, luego seguirán subiendo—; y al final las expectativas racionales de Lucas y Sargent, de donde sale el lugar común de que el mercado ya anticipó el alza de tasas antes de que ocurra.
El cierre del argumento fue el que importa, y lo puso Pepe Arias: "la gente ya se adaptó a estas cosas, por lo tanto es muy interesante entender cuáles son las expectativas de los empresarios". La lógica es que las decisiones se toman sobre lo que se cree, no sobre el dato efectivo; entonces medir expectativas anticipa conducta. Vale la pena notar el giro: el panel no usó los sesgos para desacreditar la encuesta, sino justamente al revés. Un sesgo estable y conocido no es ruido que arruina la medición, es información sobre cómo va a reaccionar quien decide.
Relación con otros conceptos
El tema es inseparable del anclaje de las expectativas de inflación y de la credibilidad monetaria: si las creencias se forman extrapolando la experiencia reciente en vez de la meta anunciada, el ancla es más frágil de lo que sugiere el marco racional, y la razón de sacrificio para bajar la inflación sube. Por la vía de la curva de Phillips aumentada por expectativas, el sesgo se traslada a los precios efectivos: expectativa alta hoy es inflación mañana. En el frente financiero conecta con las finanzas conductuales y con la crítica a la hipótesis de mercados eficientes —la extrapolación de retornos pasados documentada por Greenwood y Shleifer (2014) es el mismo mecanismo operando en bolsa—. Y, del lado de la medición, es la justificación teórica de instrumentos como la Encuesta de Expectativas Económicas (EEE) y la Encuesta de Operadores Financieros (EOF) del Banco Central de Chile, o el IMCE de Icare y la Universidad Adolfo Ibáñez: indicadores blandos que anticipan la conducta dura.
Fuentes y lecturas
- Muth, J. (1961), "Rational Expectations and the Theory of Price Movements", Econometrica.
- Tversky, A. y Kahneman, D. (1974), "Judgment under Uncertainty: Heuristics and Biases", Science, 185(4157).
- Malmendier, U. y Nagel, S. (2016), "Learning from Inflation Experiences", The Quarterly Journal of Economics, 131(1).
- Coibion, O. y Gorodnichenko, Y. (2015), "Information Rigidity and the Expectations Formation Process: A Simple Framework and New Facts", American Economic Review, 105(8).
- Kahneman, D. (2011), Pensar rápido, pensar despacio, Debate (ed. original: Thinking, Fast and Slow, Farrar, Straus and Giroux).