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Teoría

Agregados monetarios (M1 y M2)

Visto en 1 aparición de los programas.

Qué es

Un agregado monetario es una cuenta de cuánto dinero existe en una economía, ordenada por liquidez: qué tan rápido y sin pérdida de valor puede convertirse un activo en poder de compra inmediato. No hay una única respuesta a "cuánto dinero hay" porque el dinero no es una cosa, es una función —medio de pago, unidad de cuenta, depósito de valor— y distintos activos la cumplen en distinto grado. De ahí que los bancos centrales publiquen una escalera de definiciones concéntricas, cada una conteniendo a la anterior.

En la convención chilena, M1 es el dinero para transacciones: el circulante en poder del público (billetes y monedas fuera de las cajas de los bancos) más los depósitos a la vista —cuentas corrientes, depósitos a la vista distintos de cuenta corriente y ahorro a la vista—. Es lo que uno puede gastar hoy sin pedirle permiso a nadie. M2 agrega el ahorro de corto plazo: depósitos a plazo hasta un año, depósitos de ahorro a plazo, cuotas de fondos mutuos de renta fija de hasta un año y captaciones de cooperativas de ahorro y crédito. Es dinero que todavía no está gastándose pero que puede volver al gasto en semanas. Más afuera, M3 incorpora depósitos en moneda extranjera y otros instrumentos financieros de mayor plazo.

La razón por la que a alguien le importa esta contabilidad es la ecuación de intercambio, MV = PY, que Fisher (1911) formalizó y Friedman (1956) reconstruyó como una teoría de la demanda de dinero: si la velocidad de circulación V es estable, controlar M equivale a controlar el nivel de precios. Friedman y Schwartz (1963) llevaron esa tesis a la historia monetaria estadounidense y sostuvieron que las contracciones bruscas de los agregados explican las depresiones profundas —el argumento que, dicho sea de paso, guio la respuesta de la Fed en 2008.

Ese programa se rompió en la práctica por dos frentes. Primero, la velocidad no resultó estable: la innovación financiera —tarjetas, cajeros, cuentas remuneradas, billeteras digitales— cambia continuamente cuánto efectivo necesita la gente para el mismo volumen de transacciones. Baumol (1952) y Tobin (1956) ya habían modelado la demanda de dinero como un problema de inventario, donde el saldo óptimo cae cuando bajan los costos de convertir ahorro en medio de pago; la digitalización empujó ese costo prácticamente a cero. Segundo, opera lo que Goodhart (1975) advirtió: cuando una medida estadística se convierte en meta de política, deja de ser una buena medida, porque el sistema financiero reorganiza sus pasivos alrededor del agregado vigilado. Por eso los bancos centrales modernos —el de Chile desde el régimen pleno de metas de inflación con tipo de cambio flotante, en 1999— abandonaron los agregados como objetivo y usan la tasa de interés de política monetaria. M1 y M2 siguen publicándose y siguen siendo informativos, pero como termómetro, no como volante.

Hay un tercer motivo, más terrenal, para mirar el circulante: el señoreaje. Emitir dinero cuyo costo de producción es menor que su valor facial genera un ingreso para el emisor —Cagan (1956) lo estudió en su forma extrema, la hiperinflación—. Ese margen puede darse vuelta. Cuando el valor facial de una moneda cae por debajo de lo que cuesta acuñarla, el señoreaje se vuelve negativo y cada pieza emitida destruye recursos.

Cómo lo explicó el programa

En Buenas Tardes Mercado del 26 de agosto de 2026 (episodio btm-2026-08-26), a propósito de las monedas de 10 y 50 pesos, Manuel Bengolea puso el fenómeno en su origen conductual antes que contable: "la demanda por efectivo ha caído por dos razones bastante importantes, la primera de ellas es la creciente bancarización de los chilenos", a lo que sumó el pago electrónico.

Lo interesante es que la conversación describe, sin nombrarla, una recomposición interna de M1: no es que haya menos dinero para transacciones, es que el componente circulante pierde peso frente a los depósitos a la vista, porque el sustituto electrónico cumple la misma función a menor costo. El agregado puede estar creciendo mientras las monedas desaparecen. Y de ahí sale el argumento fiscal que remató el tema: si acuñar una moneda de 10 o 50 pesos cuesta más que su valor facial, emitirla destruye valor en lugar de generarlo. Chile ya recorrió ese camino con las piezas de 1 y 5 pesos, retiradas de circulación tras la ley que autorizó el redondeo de los montos en efectivo.

Relación con otros conceptos

Los agregados son el resultado, no la palanca: la base monetaria es lo que el banco central controla directamente, y el paso de base a M1 y M2 ocurre por el multiplicador bancario, es decir por la creación de dinero que hacen los bancos comerciales al prestar. Su relación con los precios pasa por la velocidad de circulación y por la demanda de dinero, que responde a la tasa de interés: cuando la tasa de política monetaria sube, el costo de oportunidad de tener saldos líquidos aumenta y M1 tiende a migrar hacia los plazos que componen M2. El señoreaje y el impuesto inflación explican la economía del emisor; la bancarización y los medios de pago electrónicos explican por qué el circulante encoge sin que la economía se monetice menos.

Fuentes y lecturas

  • Fisher, I. (1911), The Purchasing Power of Money, Macmillan.
  • Friedman, M. y Schwartz, A. J. (1963), A Monetary History of the United States, 1867–1960, Princeton University Press.
  • Baumol, W. J. (1952), "The Transactions Demand for Cash: An Inventory Theoretic Approach", Quarterly Journal of Economics.
  • Goodhart, C. A. E. (1975), "Problems of Monetary Management: The U.K. Experience", Papers in Monetary Economics, Reserve Bank of Australia.
  • Mishkin, F. S., The Economics of Money, Banking and Financial Markets, Pearson (capítulos sobre medición del dinero y demanda de dinero).
  • Rogoff, K. (2016), The Curse of Cash, Princeton University Press.

Apariciones