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Teoría

Corrida bancaria

Visto en 1 aparición de los programas.

Qué es

Una corrida bancaria es el retiro masivo y simultáneo de depósitos motivado por el temor de que el banco no pueda devolverlos. Su origen no es un defecto del banco sino su función: bajo reserva fraccionaria, un banco hace transformación de plazos y de liquidez, financia activos ilíquidos y de largo plazo —créditos comerciales, hipotecas, bonos que piensa mantener a vencimiento— con pasivos exigibles a la vista. Ningún banco solvente tiene caja para pagarles a todos sus depositantes el mismo día. Esa es precisamente la razón por la que existe.

El tratamiento canónico es el de Diamond y Dybvig (1983). Su modelo muestra que el contrato de depósito tiene dos equilibrios. En el bueno, solo retiran quienes efectivamente necesitan liquidez y el banco cumple su rol de aseguramiento. En el malo, todos retiran porque esperan que todos retiren. La pieza que hace posible el segundo es la restricción de servicio secuencial: se paga por orden de llegada hasta que la caja se agota, de modo que si un depositante cree que los demás van a correr, su mejor respuesta es correr primero. La corrida es entonces una profecía autocumplida —individualmente racional y colectivamente destructiva— que puede ocurrir sin que los fundamentos del banco hayan cambiado en nada. De ahí salen los dos remedios clásicos del propio modelo: suspender la convertibilidad o asegurar los depósitos.

Hay un contrapunto que conviene tener presente. Calomiris y Gorton (1991), revisando los pánicos históricos, mostraron que estos no aparecen al azar sino después de malas noticias verificables —quiebras, caídas de precios de activos—: el problema es de información asimétrica, los depositantes no logran distinguir el banco sano del enfermo y corren contra todos. Las dos lecturas hoy se combinan: la mala noticia enciende, la coordinación propaga.

La distinción operativa es entre iliquidez e insolvencia. Un banco ilíquido tiene activos que valen más que sus pasivos pero no puede convertirlos a tiempo; uno insolvente ya perdió el patrimonio. Sobre esa diferencia se construyó la regla del prestamista de última instancia que formuló Bagehot (1873) en Lombard Street: prestar sin límite, contra buen colateral, a tasa de penalización. El libro se publicó, dato no menor acá, el mismo año de la crisis que discutió el programa.

Que una corrida importe más allá del banco afectado lo estableció la evidencia de la Gran Depresión. Friedman y Schwartz (1963) mostraron cómo las corridas de 1930-33 contrajeron la oferta monetaria: el público subió su razón de efectivo a depósitos, los bancos subieron su razón de reservas a depósitos y el multiplicador se derrumbó. Bernanke (1983) agregó el canal no monetario: al quebrar los bancos se destruyeron relaciones crediticias y la información acumulada sobre los deudores, lo que encareció la intermediación y prolongó la caída del producto.

La forma cambió, el mecanismo no. Gorton y Metrick (2012) documentaron que la crisis de 2007-08 fue una corrida sobre el financiamiento mayorista —alza de haircuts en el mercado repo, que equivale a un retiro—, no sobre las cajas de las sucursales. Y en marzo de 2023 Silicon Valley Bank cayó por depósitos no asegurados muy concentrados sumados a pérdidas no realizadas en su cartera de bonos por el alza de tasas: los retiros se ordenaron desde el teléfono y llegaron a unos US$42.000 millones en un solo día. La velocidad es nueva; la lógica es la de 1983.

Contra eso se levantó la arquitectura vigente: seguro de depósitos, prestamista de última instancia, y requisitos de liquidez de Basilea III (LCR y NSFR). El costo es el riesgo moral —el depositante asegurado deja de vigilar y el banco puede tomar más riesgo—, y por eso el seguro nunca viene solo, sino con capital regulatorio y supervisión. En Chile, la garantía estatal de depósitos cubre desde la reforma de 2019 la totalidad de los depósitos a la vista y una fracción acotada de los depósitos a plazo de personas naturales, con topes expresados en UF.

Cómo lo explicó el programa

En Buenos Días Mercado del 20 de mayo de 2024, reconstruyendo "La crisis internacional de 1873 y su transmisión a Sudamérica", Juan José Lavín ubicó el detonante: "se produjo una suerte de corrida bancaria en la bolsa de Viena, muy singular en Europa". El relato siguió con la quiebra de un banco en Estados Unidos, un ciclo recesivo de unos cinco años hasta 1878, y su llegada a América Latina por el canal comercial: ralentizó las exportaciones de la región hacia Europa, que eran de gran cuantía, y estrechó las finanzas de los tres países que terminarían en guerra. Chile lo sobrellevó mejor —según el programa— por tener una república más ordenada, finanzas ordenadas y tratados comerciales con Inglaterra, Bélgica y buena parte de Europa.

El "una suerte de" está bien puesto. Lo de Viena en mayo de 1873 fue un crac bursátil; la corrida propiamente tal vino después, sobre los bancos vieneses expuestos al crédito de bolsa, y en septiembre en Nueva York con la caída de la casa Jay Cooke & Co. La distinción importa porque los canales difieren: un crac destruye patrimonio, una corrida destruye liquidez y crédito.

Y la observación del programa sobre la transmisión es exactamente el argumento de Bernanke (1983) trasladado a la periferia. Lo que cruzó el Atlántico no fue el pánico —ningún depositante sudamericano tenía plata en Viena— sino la contracción del crédito y de la demanda de los compradores europeos. El episodio chileno lo confirma: cayeron el trigo y la plata, la restricción externa apretó, y en julio de 1878 el gobierno decretó la inconvertibilidad del papel moneda, meses antes de que empezara la Guerra del Pacífico.

Relación con otros conceptos

La corrida es la contracara de la reserva fraccionaria y de la transformación de plazos, y solo se administra si se sabe separar el riesgo de liquidez del riesgo de solvencia —la condición que hace operable la regla de Bagehot—. Sus dos antídotos, el prestamista de última instancia y el seguro de depósitos, arrastran su propio problema, el riesgo moral, que a su vez justifica el capital regulatorio y la supervisión. Cuando el pánico salta de un banco a otro entramos en contagio y riesgo sistémico; cuando arrastra a la economía real, en canal de crédito y, en el límite, en la deflación por deuda de Fisher (1933). El ingrediente que faltaba en el caso de SVB es el descalce de plazos con riesgo de tasa. Por último, la estructura de equilibrios múltiples emparenta la corrida bancaria con la corrida cambiaria de las crisis de segunda generación (Obstfeld, 1996) y con la corrida sobre deuda soberana: mismo mecanismo, distinto pasivo.

Fuentes y lecturas

  • Bagehot, W. (1873), Lombard Street: A Description of the Money Market, Henry S. King & Co.
  • Diamond, D. y Dybvig, P. (1983), Bank Runs, Deposit Insurance, and Liquidity, Journal of Political Economy 91(3). https://doi.org/10.1086/261155
  • Friedman, M. y Schwartz, A. (1963), A Monetary History of the United States, 1867–1960, Princeton University Press.
  • Gorton, G. (2010), Slapped by the Invisible Hand: The Panic of 2007, Oxford University Press.
  • Mishkin, F. (2019), The Economics of Money, Banking and Financial Markets, Pearson.

Apariciones