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Teoría

Medición del empleo y definición estadística de ocupado

Visto en 2 apariciones de los programas.

Qué es

Cuando un noticiario dice "el desempleo llegó a 8,9%", está reportando el resultado de una convención estadística, no de una observación directa. Esa convención se fijó internacionalmente en la 13.ª Conferencia Internacional de Estadísticos del Trabajo (OIT, 1982) y se actualizó en la 19.ª (OIT, 2013), y su pieza central es un umbral que sorprende a casi todo el mundo: basta con haber trabajado una hora en la semana de referencia, a cambio de pago o beneficio, para ser contado como ocupado.

La arquitectura completa es una partición en cascada de la población. Primero se separa a la población en edad de trabajar (en Chile, 15 años y más). Dentro de ella, se distingue a la fuerza de trabajo del resto. Y dentro de la fuerza de trabajo, a los ocupados de los desocupados. Ser desocupado exige cumplir tres condiciones simultáneas —no tener empleo, haber buscado activamente uno en un período reciente y estar disponible para tomarlo—, y esa triple exigencia es la que hace que la tasa de desocupación sea un indicador más frágil de lo que su precisión decimal sugiere: quien deja de buscar porque se convenció de que no hay nada sale de la fuerza de trabajo y, con ello, baja la tasa de desempleo. La tasa se calcula sobre la fuerza de trabajo, no sobre la población, de modo que el denominador se mueve por razones que no tienen nada que ver con la creación de empleo.

El criterio de la hora no es un descuido. Se eligió deliberadamente para que la clasificación fuera exhaustiva y replicable entre países con estructuras productivas muy distintas: cualquier umbral más alto obliga al encuestador a juzgar cuánto trabajo es "suficiente", y esa es exactamente la clase de juicio que una estadística internacional no puede permitirse. El costo de esa decisión es conocido y está documentado: la variable ocupado/desocupado registra el estatus laboral, no su calidad. Como señala la exposición estándar del mercado del trabajo (Blanchard, 2017), la tasa de desempleo mide entradas y salidas de un estado binario, y todo lo que ocurre dentro del estado "ocupado" —horas, ingreso, estabilidad, protección social— queda fuera de ella por construcción.

La 19.ª CIET intentó cerrar ese hueco sin romper la serie histórica. Reservó la palabra "empleo" para el trabajo remunerado, reconoció otras cuatro formas de trabajo que antes se mezclaban (producción para uso propio, trabajo voluntario, prácticas no remuneradas y otras), y creó una escala de subutilización de la fuerza de trabajo de cuatro niveles: la desocupación tradicional, más los subocupados por insuficiencia de horas, más la fuerza de trabajo potencial —quienes buscan pero no están disponibles, o están disponibles pero ya no buscan—. El INE publica esos indicadores para Chile, y la brecha entre el primero y el último suele ser de varios puntos porcentuales.

La informalidad es una capa distinta y posterior. Se estandarizó en dos etapas: la 15.ª CIET (1993) definió el sector informal por las características de la unidad productiva, y las directrices de 2003 desplazaron el foco al empleo informal, definido por las características del puesto —esencialmente, si la relación laboral está o no cubierta por la protección social contributiva (Hussmanns, 2004)—. Ese giro importa: permite contar como informal al asalariado sin contrato de una empresa perfectamente formal. Sobre por qué existe hay dos lecturas que conviven en la literatura: la informalidad como exclusión de un mercado formal caro e inaccesible, y como salida voluntaria de trabajadores que calculan que la protección que compran con sus cotizaciones vale menos que lo que cuesta (Perry et al., 2007). La segunda lectura, en su versión más incómoda, sostiene que la propia política social no contributiva subsidia la informalidad al ofrecer gratis una parte de lo que el sistema formal cobra (Levy, 2008).

Cómo lo explicó el programa

En Buenas Tardes Mercado del 31-08-2026, bajo el tema "La informalidad como precariedad compuesta", el panel usó justamente el filo del criterio estadístico para desarmar la tranquilidad de la cifra. El argumento fue que el 27% de informalidad no es una cifra de empleo, sino la superficie de un problema con tres capas: lagunas previsionales del 40-45% de los períodos, ausencia de seguro de salud privado con la carga consiguiente sobre el sistema público, y capacidad de ahorro cortada de raíz. La formulación que resume la brecha entre el dato y el fenómeno es directa: la estadística cuenta como ocupado al que vende jugo en una esquina, pero ese trabajador no puede enfermarse y será una carga fiscal futura.

Pepe Arias puso el número sobre la mesa: "la tasa de no pago que hay de cotizaciones laborales en la gente que está hoy día en el sistema es cercana al 40%". La observación es más filosa de lo que parece, porque no habla de los excluidos del sistema, sino de los que están dentro de él y aun así no cotizan. Es decir: ni siquiera la formalidad medida garantiza la densidad de cotizaciones que el sistema de pensiones supone al proyectar tasas de reemplazo.

Relación con otros conceptos

La definición de ocupado es la puerta de entrada a casi todo el andamiaje del mercado laboral. Alimenta la tasa de desempleo y, a través de ella, la tasa de desempleo de equilibrio (NAIRU) que los bancos centrales usan para leer presiones de costos. Se conecta con el IMACEC y la productividad laboral, que dividen producto por ocupados y por tanto heredan cualquier defecto de ese denominador. La brecha entre estatus y calidad del empleo enlaza con la subutilización de la fuerza de trabajo y con la densidad de cotizaciones, que es la variable que traduce trayectorias laborales fragmentadas en pensiones bajas. Y por el lado fiscal, conecta con el pilar solidario y con la noción de pasivo contingente: cada año de informalidad es gasto público futuro que hoy no aparece en ninguna partida.

Fuentes y lecturas

  • OIT (2013), Resolución sobre las estadísticas del trabajo, la ocupación y la subutilización de la fuerza de trabajo, 19.ª Conferencia Internacional de Estadísticos del Trabajo, Ginebra.
  • Hussmanns, R. (2004), Measuring the informal economy: From employment in the informal sector to informal employment, ILO Working Paper No. 53, Oficina Internacional del Trabajo.
  • Perry, G., Maloney, W., Arias, O., Fajnzylber, P., Mason, A. y Saavedra-Chanduvi, J. (2007), Informality: Exit and Exclusion, Banco Mundial.
  • Levy, S. (2008), Good Intentions, Bad Outcomes: Social Policy, Informality, and Economic Growth in Mexico, Brookings Institution Press.
  • Blanchard, O. (2017), Macroeconomics, 7.ª ed., Pearson — capítulo sobre el mercado del trabajo.
  • Instituto Nacional de Estadísticas (Chile), Manual conceptual y metodológico de la Encuesta Nacional de Empleo.

Apariciones