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Teoría

Persistencia de las expectativas

Visto en 1 aparición de los programas.

Qué es

La persistencia de las expectativas es la observación de que lo que hogares y empresas creen sobre el futuro económico cambia con lentitud: una vez que se instala un ánimo —optimismo o pesimismo— tiende a sobrevivir al hecho que lo provocó, y sigue empujando decisiones de gasto, contratación e inversión mucho después de que el shock original quedó atrás.

La formalización más antigua es la de las expectativas adaptativas: el agente proyecta el futuro corrigiendo su error pasado en una fracción, de modo que la expectativa de hoy es un promedio ponderado de toda la historia observada. La formulación estándar viene de Cagan (1956) en su estudio de las hiperinflaciones y de Nerlove (1958); Friedman (1957) la usó para separar ingreso permanente de ingreso transitorio. La consecuencia mecánica de esa regla es justamente la persistencia: si el coeficiente de ajuste es bajo, hacen falta muchos meses de datos buenos para desarmar una creencia mala.

Muth (1961) atacó ese supuesto con las expectativas racionales: si el agente conoce el modelo, no comete errores sistemáticos, y sus expectativas deberían saltar de inmediato ante información nueva. La evidencia empírica, sin embargo, no muestra ese salto. La reconciliación moderna es la rigidez informativa: los agentes son racionales pero actualizan de manera infrecuente, porque prestar atención cuesta. Mankiw y Reis (2002) lo modelaron como información pegajosa —solo una fracción de la población actualiza su set de información en cada período— y Coibion y Gorodnichenko (2015) mostraron, sobre encuestas de expectativas, que el error de pronóstico promedio es predecible a partir de la revisión promedio, exactamente el patrón que predice la actualización lenta. Es decir: la persistencia no requiere agentes tontos, basta con agentes ocupados.

De ahí se desprenden dos consecuencias que importan para la política económica. La primera es que las expectativas son causa y no solo síntoma: si las empresas creen que viene un año malo, postergan inversión y contratación, y ese aplazamiento hace efectivamente peor el año. Es la intuición de los animal spirits de Keynes (1936), retomada por Akerlof y Shiller (2009). La segunda es el costo de desandar: en la curva de Phillips aumentada por expectativas de Friedman (1968) y Phelps (1967), una expectativa de inflación alta y persistente obliga a pagar un sacrificio en actividad para bajarla, salvo que la autoridad tenga credibilidad suficiente para reanclarla rápido, como documentó Sargent (1982) para los cuatro grandes finales de hiperinflación.

Por eso las expectativas se miden con encuestas y no se infieren de los precios solamente. La tradición arranca con Katona (1951), que fundó la encuesta de consumidores de Michigan bajo la premisa de que el ánimo es un dato económico por derecho propio. En Chile los equivalentes son el IPEC (percepción de los consumidores), el IMCE (confianza empresarial, ICARE–UAI) y la Encuesta de Expectativas Económicas del Banco Central. Carroll, Fuhrer y Wilcox (1994) mostraron que el sentimiento del consumidor sí anticipa el gasto de los hogares, aunque buena parte de esa capacidad predictiva se pierde cuando se controla por variables que el analista ya observa: la encuesta adelanta información, no la crea.

Cómo lo explicó el programa

El 2 de mayo de 2025, en Buenos Días Mercado, el panel discutió el deterioro simultáneo de las expectativas de consumidores y empresarios. El argumento del programa fue que las encuestas de expectativas son el indicador más sensible de lo que viene —se mueven antes que los datos duros— y que en ese momento venían golpeadas por tres frentes que no eran independientes entre sí: el escenario arancelario externo, el retroceso tributario del gobierno justificado precisamente en ese escenario externo, y el arrastre que el proceso constitucional de 2022 seguía dejando sobre el ánimo de invertir.

La lectura clave, y la que da nombre a este concepto, es que ese deterioro no se corrige por inercia. Como lo puso Willy Díaz en ese episodio: "es muy difícil que las expectativas mejoren por sí y ante sí, eso no pasa". Traducido a la teoría de arriba: no hay reversión automática a la media; hace falta un hecho nuevo y creíble —un cambio de reglas, un resultado electoral, una señal de política sostenida— que obligue a los agentes a actualizar su set de información. Sin ese gatillante, la expectativa mala se autoconfirma por la vía del gasto que no se hace.

Relación con otros conceptos

La persistencia de las expectativas es el mecanismo que conecta la incertidumbre de política económica con el ciclo real: la incertidumbre es el shock, la expectativa persistente es el canal de transmisión. Es prima hermana de la histéresis, donde el daño transitorio se vuelve permanente porque cambia el stock (de capital, de empleo, de capacidades) mientras dura el episodio. Explica por qué el anclaje de las expectativas de inflación es el activo más valioso de un banco central: desanclar es barato y rápido, reanclar es caro y lento. Y es la contracara del acelerador de la inversión: la decisión de invertir depende de la demanda esperada, no de la observada, así que una expectativa deprimida frena la formación de capital aunque los datos corrientes no se hayan movido todavía.

Fuentes y lecturas

  • Keynes, J. M. (1936), The General Theory of Employment, Interest and Money, Macmillan.
  • Muth, J. F. (1961), "Rational Expectations and the Theory of Price Movements", Econometrica 29(3).
  • Carroll, C. D., Fuhrer, J. C. y Wilcox, D. W. (1994), "Does Consumer Sentiment Forecast Household Spending? If So, Why?", American Economic Review 84(5).
  • Mankiw, N. G. y Reis, R. (2002), "Sticky Information versus Sticky Prices", Quarterly Journal of Economics 117(4).
  • Coibion, O. y Gorodnichenko, Y. (2015), "Information Rigidity and the Expectations Formation Process", American Economic Review 105(8).
  • Blanchard, O. (2017), Macroeconomía, Pearson (capítulos sobre expectativas y curva de Phillips).

Apariciones