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Teoría

Sesgos en las encuestas de opinión

Visto en 1 aparición de los programas.

Qué es

Una encuesta de opinión estima un parámetro de una población —qué fracción votará por alguien, qué fracción aprueba una política— a partir de una muestra. El sesgo es el componente sistemático de ese error: la parte que no se achica agrandando la muestra ni promediando encuestadoras, porque apunta siempre en la misma dirección. Es distinto de la varianza muestral, que es lo único que cubre el "margen de error ±3%" que se publica al pie de cada sondeo. Ese margen supone que la muestra fue efectivamente aleatoria; si no lo fue, el número es una cifra de precisión adosada a una medición inexacta, y esa confusión es probablemente el malentendido más caro del oficio.

El marco estándar para ordenar las fuentes de error es el total survey error del manual de referencia (Groves et al., 2009). Conviene separar cuatro familias.

Cobertura. El marco muestral no coincide con la población. El caso canónico es el Literary Digest de 1936, que con 2,4 millones de respuestas predijo la derrota de Roosevelt: su marco venía de registros de teléfonos y automóviles, sobrerrepresentando a los hogares acomodados en plena Depresión (Squire, 1988). Diez millones de respuestas habrían dado el mismo resultado equivocado. Fue también el episodio que consolidó la defensa formal del muestreo probabilístico frente a la selección intencionada (Neyman, 1934).

No respuesta. Hoy las tasas de respuesta telefónica son de un dígito, y lo que importa no es la tasa sino si quien contesta difiere sistemáticamente de quien no contesta en la variable medida (Groves, 2006). El problema es que la propensión a responder encuestas está correlacionada con entusiasmo político: Gelman, Goel, Rivers y Rothschild (2016) mostraron que buena parte de lo que se leía como "cambio de opinión" durante una campaña era en realidad cambio en quién estaba dispuesto a atender el teléfono esa semana.

Medición. La pregunta construye la respuesta. El orden de las alternativas, la mención de un número previo —el efecto ancla que documentaron Kahneman y Tversky (1974)— y la carga normativa de las palabras mueven resultados varios puntos (Tourangeau, Rips y Rasinski, 2000). A eso se suma la deseabilidad social: el encuestado responde lo que cree aceptable declarar, mecanismo que Noelle-Neumann (1984) llevó al extremo con la espiral del silencio.

Procesamiento. La ponderación y el "modelo de votante probable" son decisiones del encuestador, no datos. Dos casas con la misma muestra bruta publican cifras distintas según a quién decidan inflar.

La consecuencia económica es la que el promedio de encuestas no arregla: si los sesgos fueran independientes entre casas, promediarlas los cancelaría. No lo son —todas enfrentan la misma no respuesta diferencial y usan ponderaciones parecidas—, así que los errores se apilan. La autopsia de la elección estadounidense de 2016 (Kennedy et al., 2018) atribuyó el fallo principalmente a ponderación por educación y a decisiones tardías, no al azar. En Chile, las encuestas de 2021 no anticiparon el tercer lugar de Franco Parisi en primera vuelta.

Al final de la cadena hay un sesgo que no es del encuestador sino del lector: el sesgo de confirmación, la tendencia a buscar y sobreponderar evidencia que respalda lo que ya se cree (Nickerson, 1998). Quien encarga la encuesta, quien la titula y quien la comenta operan bajo ese filtro.

Cómo lo explicó el programa

En Buenas Tardes Mercado del 21 de septiembre de 2026, el tema fue exactamente esta tensión: encuestas sesgadas frente a dinero apostado. Manuel Bengolea planteó que las encuestas de la elección brasileña arrastran sesgos de confirmación y de anclaje, y contrapuso el mercado de apuestas: "nadie apuesta por el corazón, la gente usa su cabeza para apostar y apuesta plata". Con unos 153 millones de dólares comprometidos, la curva mostraba —según describió— una caída fuerte de Lula en las últimas dos o tres semanas y una subida equivalente de Bolsonaro, que ganaría cómodamente; el combustible que identificó fue el hartazgo con la corrupción.

El argumento tiene una raíz económica seria: el precio agrega información dispersa mejor que cualquier consulta centralizada (Hayek, 1945), y aquí agrega información de gente que paga por equivocarse. La evidencia empírica acompaña parcialmente —Wolfers y Zitzewitz (2004) y los resultados de los mercados electorales de Iowa muestran desempeño competitivo o superior al de las encuestas—, pero con dos advertencias que el contraste "encuesta emocional versus apuesta racional" tiende a borrar. Primero, los mercados tienen sus propios sesgos documentados: el favorite-longshot bias paga sistemáticamente de menos a los favoritos y de más a los improbables (Thaler y Ziemba, 1988), y en mercados delgados el precio es manipulable. Segundo, buena parte de la información que incorpora el precio son las encuestas mismas: el apostador no observa la intención de voto por un canal independiente, la lee de los sondeos y la corrige. Cuando las encuestas fallan por sesgo común, el mercado tiende a fallar con ellas. Y el volumen —esos 153 millones— mide liquidez, no calibración.

Relación con otros conceptos

Es un caso particular del sesgo de selección: la muestra observada no es una extracción neutral de la población. Su contrapunto natural son los mercados de predicción, que resuelven el problema de revelación con incentivos monetarios en vez de con muestreo, apoyados en la hipótesis de mercados eficientes y en el papel del precio como agregador de información. Del lado conductual conecta con el anclaje y el sesgo de confirmación, que operan tanto en el encuestado como en quien interpreta. Y aguas abajo alimenta al voto económico retrospectivo: las encuestas son el instrumento con que se mide cuánto castiga el electorado la inflación o el desempleo, de modo que un sesgo en el instrumento contamina la estimación de esa relación.

Fuentes y lecturas

  • Groves, R. M., Fowler, F. J., Couper, M. P., Lepkowski, J. M., Singer, E. y Tourangeau, R. (2009), Survey Methodology, 2ª edición, Wiley.
  • Groves, R. M. (2006), "Nonresponse Rates and Nonresponse Bias in Household Surveys", Public Opinion Quarterly, 70(5).
  • Tourangeau, R., Rips, L. J. y Rasinski, K. (2000), The Psychology of Survey Response, Cambridge University Press.
  • Kennedy, C., Blumenthal, M., Clement, S., Clinton, J. D., Durand, C., Franklin, C. et al. (2018), "An Evaluation of the 2016 Election Polls in the United States", Public Opinion Quarterly, 82(1).
  • Wolfers, J. y Zitzewitz, E. (2004), "Prediction Markets", Journal of Economic Perspectives, 18(2).

Apariciones