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Teoría

Capacidad ociosa como respuesta a la incertidumbre

Visto en 1 aparición de los programas.

Qué es

La capacidad ociosa es la porción de la capacidad instalada de una empresa —máquinas, galpones, líneas de producción, personal contratado— que no se está usando para producir. La lectura intuitiva es que se trata de un desperdicio: un activo que se pagó y no rinde. La lectura económica es más interesante: en un entorno incierto, mantener capacidad detenida puede ser la decisión óptima, no el residuo de una mala decisión.

El punto de partida es la distinción de manual entre cerrar y salir. En el corto plazo, una firma detiene la producción cuando el precio no cubre su costo variable medio, pero sigue existiendo; solo abandona la industria cuando, en el largo plazo, tampoco espera cubrir el costo total. La diferencia entre ambos umbrales la crean los costos hundidos: instalar la planta costó dinero que ya no se recupera vendiéndola, y volver a instalarla costaría de nuevo. Ese carácter irreversible del capital es lo que convierte la capacidad ociosa en una posición defendible.

Sobre esa base se construye la teoría moderna de la inversión bajo incertidumbre. Bernanke (1983) mostró que, cuando invertir es irreversible y llegará información nueva, esperar tiene valor propio: postergar permite decidir con más datos, y ese beneficio se pierde al comprometer el capital hoy. Dixit y Pindyck (1994) formalizaron la idea como una opción real —invertir es ejercer una opción de compra, y ejercerla temprano destruye su valor de espera—, lo que explica por qué las empresas exigen retornos muy superiores al costo de capital antes de mover recursos. Dixit (1989) llevó el argumento al margen extensivo: entrar y salir tienen umbrales distintos, separados por una banda de inacción donde a la firma no le conviene ni ampliarse ni liquidarse. Adentro de esa banda vive, precisamente, la capacidad ociosa.

Cuando la incertidumbre sube, la banda se ensancha. Bloom (2009) documentó que los shocks de incertidumbre producen una caída brusca de la inversión y la contratación —el comportamiento de "esperar y ver"— seguida de un rebote, sin que haga falta ningún deterioro de la demanda fundamental. Y cuando la fuente de la incertidumbre es la política pública —tributaria, regulatoria, o directamente el riesgo sobre los derechos de propiedad—, el efecto sobre la inversión privada es de primer orden: Rodrik (1991) mostró que basta una probabilidad modesta de reversión de las reglas para anular el efecto de una reforma que, en el papel, mejoraba los incentivos.

De ahí sale el resultado clave: frente a un riesgo que amenaza al activo mismo, la respuesta racional no es liquidar sino inmovilizar. Liquidar realiza la pérdida de los costos hundidos y cancela toda opción futura. Detener la operación conservando los fierros mantiene abiertas las dos opciones a la vez: reactivar si el riesgo se disipa, o soportar la pérdida si no. La capacidad ociosa es el precio de mantener esa opcionalidad, y también su reserva de valor.

Cómo lo explicó el programa

En Buenos Días Mercado del 21 de agosto de 2026, al discutir el efecto real del diseño económico del gobierno anterior sobre la inversión, el panel corrigió una intuición muy extendida: que el daño se mide por la salida de capitales. La observación fue que el capital líquido, en efecto, se protege saliendo, pero que ese no era el grueso del problema. Quien ya estaba invertido en una empresa —con activos fijos, imposibles de sacar del país— tenía otra alternativa frente al riesgo de expropiación: bajar la cortina y producir menos.

Willy Díaz lo resumió en la frase que da nombre al concepto: "los fierros estaban ahí, y cuando tú cierras la cortina es muy fácil reactivarla". El argumento es exactamente la asimetría de irreversibilidades del párrafo anterior: cerrar es reversible; ser expropiado no lo es. Bajo esa asimetría, la producción se convierte en la variable de ajuste y el stock de capital queda intacto pero apagado. El costo agregado no aparece como fuga en la balanza de pagos —donde solemos buscarlo— sino como actividad que no ocurrió, un pozo de capacidad instalada funcionando por debajo de su potencial mientras dura la incertidumbre.

Relación con otros conceptos

El concepto se apoya directamente en los costos hundidos y en la irreversibilidad de la inversión, y es la forma que toma la histéresis en el aparato productivo: shocks temporales dejan huellas que no se borran cuando el shock pasa, porque reactivar nunca es tan barato como no haber cerrado. Su instrumento de valoración son las opciones reales, en particular la opción de esperar y la opción de reactivar. En el mercado laboral tiene un gemelo, el atesoramiento de mano de obra: la empresa retiene trabajadores que hoy no necesita porque despedir y recontratar tiene costos de ajuste. Del lado macro conecta con la utilización de capacidad instalada y la brecha del producto —un país con mucha capacidad ociosa puede crecer sin presiones inflacionarias inmediatas—, con la incertidumbre de política económica como determinante de la formación bruta de capital fijo, y con la seguridad de los derechos de propiedad como precondición institucional de la inversión de largo plazo. Su contracara financiera es la fuga de capitales, que es la respuesta disponible solo para quien tiene el patrimonio en forma líquida.

Fuentes y lecturas

  • Bernanke, B. (1983), Irreversibility, Uncertainty, and Cyclical Investment, Quarterly Journal of Economics, 98(1).
  • Dixit, A. (1989), Entry and Exit Decisions under Uncertainty, Journal of Political Economy, 97(3).
  • Dixit, A. y Pindyck, R. (1994), Investment under Uncertainty, Princeton University Press.
  • Rodrik, D. (1991), Policy Uncertainty and Private Investment in Developing Countries, Journal of Development Economics, 36(2).
  • Brealey, R., Myers, S. y Allen, F., Principios de finanzas corporativas, McGraw-Hill (capítulos sobre opciones reales). Panorama general del método: https://en.wikipedia.org/wiki/Real_options_valuation

Apariciones