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Teoría

Economía del conocimiento

Visto en 3 apariciones de los programas.

Qué es

La economía del conocimiento designa un régimen productivo en el que el factor decisivo del crecimiento y de la ventaja competitiva no es la dotación de recursos naturales, ni siquiera el stock de capital físico, sino la capacidad de generar, transmitir y aplicar conocimiento. El nombre viene de Machlup (1962), que fue el primero en medir sistemáticamente el peso del "sector del conocimiento" en el producto de una economía, y se popularizó a través de Drucker (1969), que acuñó la figura del knowledge worker como trabajador cuyo insumo principal es lo que sabe y no lo que carga.

La formalización económica llegó después, y su núcleo es una anomalía. En el modelo neoclásico estándar (Solow, 1956) el crecimiento de largo plazo depende del progreso técnico, pero éste queda fuera del modelo: es un residuo que cae del cielo. Romer (1990) endogenizó ese residuo mostrando que el conocimiento tiene dos propiedades que lo separan de cualquier otro insumo. Primero, es no rival: que una empresa use una fórmula no impide que otra la use simultáneamente, a diferencia de una tonelada de cobre o una hora-hombre. Segundo, es parcialmente excluible: mediante patentes, secreto industrial o simple ventaja de tiempo, quien lo genera puede capturar parte de su valor, aunque nunca todo.

De esas dos propiedades se sigue casi todo lo demás. La no rivalidad implica rendimientos crecientes a escala: si el conocimiento se puede replicar a costo marginal cercano a cero, duplicar los insumos rivales más que duplica el producto. Eso rompe la competencia perfecta —con rendimientos crecientes, el precio igual al costo marginal no cubre el costo fijo de descubrir— y por eso los modelos de crecimiento endógeno trabajan con competencia monopolística: el margen extra es el pago por haber inventado. Al mismo tiempo, la excluibilidad incompleta genera externalidades de conocimiento (spillovers): el inventor no captura todo el retorno social de su descubrimiento, de modo que el mercado, por sí solo, invierte menos en investigación de lo que sería socialmente óptimo. Arrow (1962) formuló esta subinversión con particular nitidez: el conocimiento es caro de producir y barato de copiar, y esa asimetría es justamente lo que lo hace valioso para la sociedad y difícil de financiar privadamente.

El correlato microeconómico es la teoría del capital humano (Schultz, 1961; Becker, 1964): la educación y el entrenamiento no son consumo sino inversión, con una tasa de retorno estimable, y Lucas (1988) la incorporó al crecimiento agregado mostrando que la acumulación de capital humano —con sus propias externalidades, porque trabajar rodeado de gente calificada eleva la productividad propia— puede sostener crecimiento indefinido sin apelar a un residuo exógeno.

Tres consecuencias prácticas conviene retener. La primera es que la escala del capital físico deja de gobernar la escala del producto: una firma de software puede servir a millones sin plantas proporcionalmente grandes, lo que explica la desconexión entre valor de mercado y activos tangibles. La segunda es que la capacidad de absorción importa tanto como la frontera: Cohen y Levinthal (1990) mostraron que una organización solo puede aprovechar conocimiento externo si ya invirtió en entenderlo, lo que convierte la formación previa en condición de entrada, no en lujo. La tercera es que el conocimiento tácito —el que no se escribe— sigue siendo localizado, y por eso las aglomeraciones geográficas persisten incluso cuando la información viaja gratis.

Cómo lo explicó el programa

En Buenas Tardes Mercado del 9 de septiembre de 2026, bajo el tema "En la nueva ola, el conocimiento sustituye a los recursos naturales", Pepe Arias planteó el punto en su forma más directa: "en esta marea que viene ahora no son los recursos naturales los que marcan la diferencia".

El argumento del programa fue empírico antes que teórico. Empresas tecnológicas y de inteligencia artificial con dotaciones de entre 50 y 5.000 personas producen valor comparable al de economías completas, y la razón es que su insumo es "puro cerebro": no requieren yacimientos, ni puertos, ni una escala industrial que tome décadas construir. Eso es exactamente la no rivalidad de Romer vista desde el balance de una empresa —el producto se replica sin consumir el insumo— y explica por qué la relación entre número de empleados y valor generado, que en la minería o la agricultura es relativamente estable, en estos sectores se desacopla.

La conclusión de política que sacó el panel es la que más interesa: si el insumo es formación, y la formación es replicable "en cualquier colegio de Chile si el dinero se pone donde corresponde", entonces la desventaja no es geológica ni geográfica, es de asignación. Esa lectura es coherente con la teoría —el capital humano es acumulable, a diferencia de un yacimiento— pero también hereda sus advertencias: el rendimiento de la inversión educativa depende de su calidad medida, no del gasto, y los efectos se materializan con rezagos largos. Vale la pena leer esa afirmación como una tesis sobre dónde está el cuello de botella, no como una promesa de simetría inmediata entre gastar y saber.

Relación con otros conceptos

La economía del conocimiento se apoya directamente en el capital humano, que es su insumo acumulable, y en el crecimiento endógeno, que es el marco que la formaliza. Se distingue de la maldición de los recursos naturales en el diagnóstico: aquella explica por qué la abundancia de recursos puede dañar el desarrollo (vía tipo de cambio real y captura de rentas), mientras que ésta explica por qué esos recursos simplemente dejan de ser el margen decisivo. La enfermedad holandesa conecta ambas, porque un auge exportador de commodities encarece precisamente los sectores intensivos en conocimiento. Del lado de las fallas de mercado, se vincula con las externalidades positivas y con los bienes públicos, ya que el conocimiento comparte la no rivalidad de éstos. Finalmente, la convergencia condicional y la capacidad de absorción explican por qué la difusión no es automática: la frontera tecnológica está disponible, pero apropiarla requiere haber invertido antes.

Fuentes y lecturas

  • Romer, P. (1990), Endogenous Technological Change, Journal of Political Economy, 98(5).
  • Arrow, K. (1962), Economic Welfare and the Allocation of Resources for Invention, en The Rate and Direction of Inventive Activity, NBER / Princeton University Press.
  • Becker, G. (1964), Human Capital: A Theoretical and Empirical Analysis, with Special Reference to Education, Columbia University Press.
  • Lucas, R. (1988), On the Mechanics of Economic Development, Journal of Monetary Economics, 22(1).
  • Cohen, W. y Levinthal, D. (1990), Absorptive Capacity: A New Perspective on Learning and Innovation, Administrative Science Quarterly, 35(1).
  • Jones, C. y Vollrath, D. (2013), Introduction to Economic Growth, 3ª ed., W. W. Norton — manual estándar, capítulos 4 y 5 para el tratamiento de ideas no rivales.

Apariciones