Teoría
Empleo generado por unidad de inversión
Visto en 1 aparición de los programas.
Qué es
El empleo generado por unidad de inversión es un coeficiente simple: cuántos puestos de trabajo aparecen por cada monto invertido —un millón de dólares, mil millones de pesos— en un proyecto, un sector o el conjunto de la economía. Se calcula dividiendo el empleo asociado a una inversión por el monto de esa inversión, y se usa para comparar la "capacidad empleadora" de distintos destinos del gasto de capital.
Detrás de esa aritmética hay una decisión conceptual que suele pasar inadvertida. Un peso de inversión genera empleo por tres vías distintas, y confundirlas es la fuente habitual de cifras infladas:
- Empleo directo: los trabajadores contratados por el proyecto mismo (la cuadrilla que construye el puente, el equipo de la planta nueva).
- Empleo indirecto: los puestos en la cadena de proveedores que abastece al proyecto (cemento, transporte, servicios de ingeniería).
- Empleo inducido: el que se sostiene cuando los trabajadores de los dos grupos anteriores gastan sus sueldos.
La herramienta clásica para separarlos es la matriz insumo-producto de Wassily Leontief (1936, 1941), que registra cuánto compra cada sector a cada otro sector y permite rastrear un peso de demanda final a través de toda la red productiva. De ahí salen los llamados multiplicadores de empleo. Leontief recibió el Nobel en 1973 justamente por ese armazón, y sigue siendo el estándar de las cuentas nacionales para este tipo de cálculo.
La segunda distinción crítica es entre flujo y stock. El empleo asociado a la construcción de una obra es temporal: dura lo que dura la obra. El empleo asociado a la operación de un activo es permanente mientras el activo funcione. Un puerto emplea a miles durante tres años de construcción y a unos cientos de forma indefinida después; una tienda emplea a pocos durante su habilitación y a muchos todos los días que abra. Comparar el flujo de un sector con el stock de otro produce conclusiones que no significan nada, y es un error frecuente en las presentaciones de proyectos públicos.
La tercera es la intensidad de capital. La razón de fondo por la que el coeficiente varía tanto entre sectores no es la eficiencia ni la buena voluntad del inversionista: es la tecnología de producción. Un proyecto minero o una central eléctrica requieren enormes montos de capital por trabajador; el comercio, la gastronomía o los servicios personales requieren muy poco. La teoría estándar del crecimiento —desde Solow (1956)— modela precisamente esa relación capital-trabajo, y un manual como Blanchard, Macroeconomics, la presenta como el determinante primario de cuánto empleo acompaña a una inversión dada. El coeficiente, entonces, mide sobre todo en qué sector se invierte, no quién invierte.
Aquí conviene un cuidado extra. Que un sector genere más empleo por peso invertido no lo vuelve, por sí solo, un mejor destino de los recursos. Un coeficiente alto significa baja intensidad de capital, y la baja intensidad de capital suele venir acompañada de baja productividad por trabajador —y por lo tanto de salarios más bajos—. Maximizar empleo por peso invertido, llevado al extremo, es el argumento de cavar zanjas con cucharas. Lo relevante no es el número de puestos sino su calidad y su permanencia.
Y falta el punto que la contabilidad no ve: el costo de oportunidad de los fondos. Todo cálculo de empleo generado por inversión pública tiene sentido solo si se descuenta la inversión privada que esos mismos recursos habrían financiado, porque provienen de impuestos o de deuda. Este es el problema del crowding out, discutido en cualquier manual de macroeconomía (Mankiw, Principios de Economía). Como planteó Bastiat en su ensayo Ce qu'on voit et ce qu'on ne voit pas (1850), lo que se cuenta es lo visible —la obra, la cuadrilla, el letrero— y lo que no se cuenta es la alternativa que nunca ocurrió. Las evaluaciones serias del estímulo fiscal, como la de Ramey (2011) sobre el multiplicador del gasto público, se pelean exactamente por el tamaño de ese descuento.
Cómo lo explicó el programa
En el BDM del 11 de septiembre de 2026, el panel discutió el anuncio ministerial de un impulso a la inversión pública y lo puso contra el coeficiente de empleo. Willy Díaz resumió la asimetría en una frase: "el sector privado genera diez veces más empleo que el sector público".
El argumento del programa tuvo dos capas, y la segunda es la que más pesa. La primera es el coeficiente de flujo: por cada millón de dólares invertido, el sector privado genera diez veces más empleo que el público. La segunda es el stock: mirando el empleo acumulado, la inversión pública explica apenas cerca del 10% del que genera la privada. La conclusión que sacaron es de escala, no de virtud: incluso si el anuncio se ejecuta íntegro, la inversión pública es una palanca de empleo mucho menor de lo que la conversación política supone, porque parte de una base pequeña y compra pocos puestos por peso.
Vale la pena notar lo que la discusión no zanjó: cuánto de esa brecha viene de la composición sectorial —la inversión pública se concentra en infraestructura, que es intensiva en capital— y cuánto de una diferencia de eficiencia. Es la distinción entre dónde se invierte y quién invierte, y el coeficiente solo no la resuelve.
Relación con otros conceptos
El coeficiente es la cara empírica de la intensidad de capital y del concepto de productividad marginal del trabajo: cuanto más capital acompaña a cada trabajador, menos trabajadores compra cada peso y más produce cada uno. Se apoya técnicamente en los multiplicadores insumo-producto, y su lectura política queda incompleta sin el efecto desplazamiento (crowding out) y sin el debate del multiplicador fiscal. En la evaluación de proyectos, compite con la evaluación social de proyectos propiamente tal —valor presente neto y tasa social de descuento—, que pregunta por el valor creado y no por la nómina. Y se cruza con el empleo temporal versus permanente y con la distinción entre formalidad e informalidad, porque un coeficiente alto puede estar contando puestos precarios.
Fuentes y lecturas
- Leontief, W. (1941), The Structure of American Economy, 1919–1929, Harvard University Press.
- Blanchard, O. (2021), Macroeconomics, 8ª ed., Pearson.
- Mankiw, N. G. (2021), Principios de Economía, 9ª ed., Cengage Learning.
- Ramey, V. A. (2011), "Can Government Purchases Stimulate the Economy?", Journal of Economic Literature, 49(3), 673–685.
- Miller, R. E. y Blair, P. D. (2009), Input-Output Analysis: Foundations and Extensions, 2ª ed., Cambridge University Press.
- Bastiat, F. (1850), Ce qu'on voit et ce qu'on ne voit pas (trad. Lo que se ve y lo que no se ve).