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Teoría

Fragmentación del sistema de partidos y gobernabilidad

Visto en 1 aparición de los programas.

Qué es

Un sistema de partidos está fragmentado cuando el poder legislativo se reparte entre muchas fuerzas de tamaño parecido y ninguna se acerca a la mayoría. Contar los partidos inscritos exagera el fenómeno: la medida estándar es el número efectivo de partidos de Laakso y Taagepera (1979), N = 1 / Σ pᵢ², donde pᵢ es la cuota de escaños de cada partido. Dos partidos con 50% dan N = 2; diez partidos con 10% dan N = 10; un partido con 60% y ocho con 5% da apenas N ≈ 2,5. El índice pondera por tamaño, así que descuenta solo a los microscópicos.

De dónde sale la fragmentación es una de las preguntas mejor respondidas de la ciencia política. Duverger (1951) formuló la regla de que los sistemas de mayoría simple en distritos uninominales tienden al bipartidismo, mientras que la representación proporcional favorece el multipartidismo; Rae (1967) y luego Taagepera y Shugart (1989) precisaron que la variable operativa no es "proporcional o no", sino la magnitud de distrito —cuántos escaños se eligen en cada uno— junto con el umbral legal de entrada. Un distrito que elige ocho diputados hace viable a una lista con 10% de los votos; uno que elige uno, no.

Que la fragmentación sea un problema es una afirmación separada, y más discutible. Sartori (1976) sostuvo que el número por sí solo no explica nada: lo que vuelve ingobernable a un sistema es la combinación de muchos partidos con alta polarización ideológica y oposiciones antisistema, su "pluralismo polarizado". Lijphart (1999) fue más lejos y defendió que las democracias de consenso —multipartidistas, con coaliciones amplias— no rinden peor en crecimiento ni en inflación que las mayoritarias, y rinden mejor en representación. La versión fuerte del argumento contrario es institucional y aplica con particular dureza al caso chileno: en un régimen presidencial, un presidente sin mayoría no tiene el mecanismo de confianza parlamentaria para resolver el bloqueo, y el mandato fijo impide adelantar la salida. Linz (1990) lo llamó "los peligros del presidencialismo" y Mainwaring (1993) mostró que presidencialismo más multipartidismo extremo es una combinación estadísticamente frágil.

El canal económico es más concreto que la retórica de la "ingobernabilidad". Tres mecanismos están bien documentados. Primero, el problema del recurso común: Weingast, Shepsle y Johnsen (1981) mostraron que cuando el gasto focalizado beneficia a una fracción pero se financia con impuestos generales, cada una de las n fracciones internaliza todo el beneficio y 1/n del costo, con sesgo agregado al sobregasto que crece con n. Segundo, la guerra de desgaste de Alesina y Drazen (1991): frente a un desequilibrio fiscal que exige un ajuste, cada bloque espera que ceda otro; la espera es individualmente racional y colectivamente carísima, y explica por qué las estabilizaciones se posponen. Tercero, los jugadores con veto de Tsebelis (2002): mientras más actores deben concurrir y más distantes son sus preferencias, más rígido queda el statu quo. Esto corta para los dos lados —dificulta la reforma pendiente, pero también protege contra reversiones erráticas, y hay inversionistas que pagan por esa previsibilidad—. Roubini y Sachs (1989) encontraron que los gobiernos de coalición fragmentada acumularon déficits mayores tras los shocks de los setenta.

El financiamiento estatal de los partidos entra por el lado de la oferta: reduce el costo de mantener una estructura partidaria y, por tanto, de existir sin votos. Katz y Mair (1995) describieron cómo el subsidio público transforma a los partidos en agencias semiestatales, aunque su tesis apunta más a la cartelización de los grandes que a la proliferación de los chicos.

Cómo lo explicó el programa

En Buenas Tardes Mercado del 17 de agosto de 2026, en el tema "Fragmentación del sistema electoral y consolidación de partidos", Manuel Bengolea puso el diagnóstico en términos de industria: "tenemos el sistema electoral que premia las pymes políticas". Su argumento fue que 28 o 30 partidos de tres o cuatro militantes que aparecen y desaparecen, bien financiados con recursos del Estado, generan una fragmentación imposible de manejar que no le da estabilidad al país, a diferencia del bipartidismo estadounidense. La salida que propuso es consolidar —como en cualquier industria, sin llegar al monopolio— y volver a un binominal perfectible, reduciendo la Cámara de 155 a 120 diputados.

Vale la pena separar las dos piezas de esa receta, porque la teoría las trata muy distinto. Chile reemplazó el binominal por representación proporcional D'Hondt en distritos de 3 a 8 escaños mediante la Ley 20.840 (2015), vigente desde la elección de 2017, y la fragmentación de la Cámara subió marcadamente después. En ese sentido el diagnóstico de Bengolea identifica bien la causa institucional. Pero reducir el tamaño de la Cámara de 155 a 120 no es la palanca: lo que gobierna la fragmentación es la magnitud de distrito y el umbral legal, no cuántos escaños hay en total. Bajar el número sin tocar la magnitud reduce poco. Y el binominal tenía su propio costo: producía dos coaliciones no porque las hubiera consolidado, sino porque excluía a quien no entrara en ellas; la fragmentación existía igual, negociada dentro de las listas en vez de dentro de la sala.

Relación con otros conceptos

La fragmentación es un insumo de la incertidumbre de política económica, que actúa sobre la inversión por la vía de la irreversibilidad: ante un proyecto hundido, la opción de esperar tiene valor y sube cuando el marco regulatorio puede cambiar. Se conecta con la prima por riesgo soberano a través del sesgo al déficit y de la dificultad para sostener una regla fiscal o una meta de balance estructural. Y toca la teoría de los grupos de interés: partidos pequeños con veto son baratos de capturar por sectores concentrados, el problema clásico de la acción colectiva.

Fuentes y lecturas

  • Duverger, M. (1951), Los partidos políticos, Fondo de Cultura Económica (ed. en español, 1957).
  • Laakso, M. y Taagepera, R. (1979), "Effective Number of Parties: A Measure with Application to West Europe", Comparative Political Studies, 12(1).
  • Mainwaring, S. (1993), "Presidentialism, Multipartism, and Democracy: The Difficult Combination", Comparative Political Studies, 26(2).
  • Tsebelis, G. (2002), Veto Players: How Political Institutions Work, Princeton University Press.
  • Persson, T. y Tabellini, G. (2000), Political Economics: Explaining Economic Policy, MIT Press.

Apariciones