Teoría
Gasto público como variable exógena en los modelos macroeconómicos
Visto en 2 apariciones de los programas.
Qué es
En la contabilidad nacional, la demanda agregada de una economía cerrada se descompone en consumo, inversión y gasto de gobierno: la identidad Y = C + I + G que abre cualquier manual de macroeconomía. Lo que distingue a G de sus compañeros no es su tamaño ni su composición, sino su estatus lógico dentro del modelo: mientras C e I se escriben como funciones de otras variables del sistema —el consumo depende del ingreso disponible y de la tasa de interés, la inversión de la tasa de interés y de las expectativas de demanda—, el gasto público se anota como un parámetro que el modelo recibe desde afuera. Es la definición misma de variable exógena: su valor se determina fuera del sistema de ecuaciones y el sistema no lo explica, solo reacciona a él.
Esta convención es tan antigua como la macroeconomía moderna. Keynes (1936) construyó su argumento sobre la idea de que existe un componente de la demanda que no responde al ingreso y que por eso puede usarse para moverlo; Hicks (1937) formalizó esa intuición en el aparato IS-LM, donde G entra como desplazador de la curva IS y no como una de sus incógnitas. Los manuales estándar mantienen la práctica sin disimulo: Blanchard (2021) y Mankiw (2022) escriben explícitamente G = Ḡ y T = T̄, señalando con la barra que se trata de valores dados. La justificación pedagógica es honesta: el gasto y los impuestos son instrumentos de política, decididos por un gobierno y un parlamento, y el modelo quiere estudiar sus efectos, no su origen.
De ahí se sigue el resultado más conocido de esa tradición: el multiplicador. Si G no depende del producto pero el producto depende de G, un aumento del gasto se propaga por rondas sucesivas de consumo inducido y el efecto final excede al impulso inicial. El signo y el tamaño del multiplicador dependen del régimen —de si la política monetaria acomoda o compensa, de si la economía es abierta o cerrada, de si hay holgura o pleno empleo— pero la mecánica descansa siempre en el mismo supuesto: que hay una pieza de la demanda que se mueve por razones ajenas al modelo.
El precio de esa comodidad es conocido y está documentado desde hace medio siglo. Si el gasto público en realidad reacciona al ciclo —porque un gobierno gasta más cuando la economía se enfría, o porque los estabilizadores automáticos operan sin decisión discrecional— entonces tratarlo como exógeno introduce simultaneidad: la correlación entre G e Y deja de identificar el efecto del gasto sobre el producto. Sims (1980) hizo de esa crítica un programa metodológico, cuestionando las "restricciones increíbles" con que los modelos estructurales declaraban exógena una variable u otra; y Lucas (1976) había señalado antes el problema gemelo del lado de los parámetros: los coeficientes estimados no son invariantes al régimen de política. Buena parte de la econometría fiscal posterior —Blanchard y Perotti (2002), Ramey (2011)— consiste precisamente en buscar variación del gasto que sea genuinamente exógena: rezagos institucionales en la ejecución presupuestaria, episodios militares, anuncios de prensa anteriores al gasto efectivo.
Conviene distinguir dos sentidos de "exógeno" que suelen confundirse. Uno es estadístico: la variable no está correlacionada con el término de error, y por eso el modelo puede estimarse sin sesgo. El otro es descriptivo: la variable se determina por un proceso que el modelo no representa. El gasto público puede fallar el primer test —cuando responde al ciclo— y cumplir el segundo en un sentido más profundo e incómodo: su determinante último es un proceso político (coaliciones, elecciones, presión social, negociación presupuestaria) del cual ningún modelo macroeconómico estándar contiene una sola ecuación. La escuela de la elección pública intentó llenar ese vacío —Buchanan y Wagner (1977) argumentaron que el déficit tiene una lógica electoral propia— pero esa literatura vive en un modelo distinto, no dentro del IS-LM ni dentro de un DSGE de política monetaria.
Cómo lo explicó el programa
En Buenos Días Mercado del 10 de septiembre de 2026, el panel llevó esta distinción metodológica a un problema chileno concreto. El argumento fue que, de todos los componentes de la demanda interna, el gasto fiscal es el único que se estudia como un dato: no responde a las variables macroeconómicas que el modelo sí observa —tasa de interés, ingreso, expectativas— sino a variables políticas que el modelo, sencillamente, no mide. Y la consecuencia práctica que se subrayó no es teórica: la expansión sostenida del gasto en los últimos años es lo que ha impedido al Banco Central relajar la tasa de interés, porque un impulso de demanda que el instituto emisor no controla lo obliga a compensar desde el lado monetario.
Willy Díaz lo resumió en una frase que apunta al corazón del asunto: "El gasto fiscal es sensible a variables políticas que no están medidas en estos modelos económicos".
La observación tiene filo porque invierte el orden habitual de la queja. Lo usual es lamentar que el gasto público sea imprevisible; lo que se planteó al aire es que su carácter de dato exógeno no es una falla de medición sino una propiedad estructural: está fuera del modelo porque su causa está fuera de la economía. Para un banco central que fija tasa mirando la brecha de producto, eso significa operar con una de las piezas de la demanda agregada moviéndose por razones que su propio marco analítico no puede anticipar.
Relación con otros conceptos
El gasto público exógeno es la puerta de entrada al multiplicador fiscal, cuyo tamaño es la pregunta empírica más disputada de la macroeconomía aplicada, y a la política fiscal contracíclica, que solo tiene sentido si el gasto puede moverse en contra del ciclo en lugar de seguirlo. Su tensión con la política monetaria se expresa en la literatura sobre coordinación o conflicto entre autoridad fiscal y monetaria, donde un impulso fiscal expansivo obliga a una tasa de política más alta que la que se habría necesitado sin él. La discusión sobre si el gasto de hoy se paga con impuestos de mañana lleva a la equivalencia ricardiana, y la de si el gasto público desplaza inversión privada al crowding out. Del lado institucional, las reglas fiscales y el balance estructural —la regla chilena desde 2001— existen justamente para endogeneizar parcialmente el gasto, atándolo a una fórmula en vez de a la coyuntura política. Y los estabilizadores automáticos son el recordatorio de que una parte del gasto nunca fue discrecional en primer lugar.
Fuentes y lecturas
- Keynes, J. M. (1936), The General Theory of Employment, Interest and Money, Macmillan.
- Hicks, J. R. (1937), "Mr. Keynes and the 'Classics': A Suggested Interpretation", Econometrica 5(2), 147–159.
- Lucas, R. E. (1976), "Econometric Policy Evaluation: A Critique", Carnegie-Rochester Conference Series on Public Policy 1, 19–46.
- Blanchard, O. y Perotti, R. (2002), "An Empirical Characterization of the Dynamic Effects of Changes in Government Spending and Taxes on Output", Quarterly Journal of Economics 117(4), 1329–1368.
- Ramey, V. A. (2011), "Can Government Purchases Stimulate the Economy?", Journal of Economic Literature 49(3), 673–685.
- Blanchard, O. (2021), Macroeconomics, 8ª ed., Pearson.