Teoría
Gobierno dividido y parálisis legislativa
Visto en 1 aparición de los programas.
Qué es
Hay gobierno dividido cuando el poder ejecutivo y al menos una de las cámaras del Congreso quedan en manos de partidos o coaliciones distintas. El fenómeno es propio de los sistemas presidenciales, donde el presidente y los legisladores se eligen por separado y ninguno depende de la confianza del otro para seguir en el cargo. En un régimen parlamentario, en cambio, el gobierno nace de la mayoría del parlamento, y si la pierde normalmente cae.
La parálisis legislativa (gridlock, en la literatura en inglés) es la consecuencia que se le suele atribuir: si el presidente no controla el Congreso, sus proyectos se traban, y si el Congreso aprueba algo contrario a sus preferencias, él lo veta. El resultado es que el statu quo legal tiende a mantenerse.
La evidencia es menos tajante de lo que sugiere la intuición. Mayhew (1991) revisó la legislación importante aprobada en Estados Unidos entre 1946 y 1990 y no encontró que los períodos de gobierno dividido produjeran bastante menos leyes relevantes que los de gobierno unificado. Binder (1999) respondió que había que medir la producción contra la agenda (lo que se intentó y no salió) y no solo contar lo aprobado. Con esa medida, el gobierno dividido sí aumenta la parálisis, aunque la polarización entre partidos y las diferencias entre las dos cámaras pesan tanto o más.
Dos marcos teóricos ordenan la discusión:
- Actores con veto. Tsebelis (2002) plantea que la estabilidad de las políticas, es decir, la dificultad de cambiar el statu quo, crece con el número de actores cuyo acuerdo hace falta y con la distancia ideológica entre ellos. El gobierno dividido suma un actor con veto que tiene preferencias distintas, y eso achica el conjunto de cambios que todos pueden aceptar.
- Política pivotal. Krehbiel (1998) sostiene que lo que decide si una ley pasa son los legisladores pivotales: el que define si se supera un veto presidencial o, en el Senado estadounidense, el que permite cortar un filibuster. Desde esa mirada, la parálisis puede darse incluso con gobierno unificado, porque las supermayorías exigidas ya amplían la zona en que nada se mueve.
Hay además una explicación de por qué los votantes producen gobiernos divididos. Alesina y Rosenthal (1995) proponen que el electorado moderado equilibra: como el presidente empuja la política hacia su lado, parte de los votantes refuerza al partido contrario en el Congreso para moderar el resultado. Su modelo predice el ciclo de medio término, en que el partido del presidente tiende a perder escaños en la elección intermedia. Es una regularidad muy marcada en Estados Unidos.
Desde el punto de vista económico, la consecuencia es ambivalente. Un gobierno dividido hace menos probables los cambios bruscos de impuestos, regulación o gasto, y con eso reduce la incertidumbre sobre las reglas del juego. Pero también dificulta las respuestas rápidas cuando hacen falta: estímulos ante una recesión, ajustes fiscales o elevar el techo de deuda en Estados Unidos, donde el gobierno dividido ha producido episodios de cierre del gobierno federal y de riesgo de impago técnico.
Cómo lo explicó el programa
En Buenas Tardes Mercado del 2 de octubre de 2026 ([btm-2026-10-02]), al analizar las consecuencias de una eventual derrota republicana en las elecciones de medio término en Estados Unidos, el programa partió de lo que mostraban los mercados de predicción: los republicanos perderían las dos cámaras. Para los inversionistas, el diagnóstico fue que no habría grandes consecuencias y que incluso podría ser positivo. Como dijo Ahmed Riesgo, "puede ser positivo porque puede bajar el nivel de incertidumbre que sale del gobierno federal".
El argumento coincide con la idea de actores con veto: si el Congreso no está alineado con el presidente, se le hace más difícil a la Casa Blanca cambiar de golpe aranceles, impuestos o regulaciones, y el entorno de políticas se vuelve más predecible. El costo, según el programa, lo pagaría Trump en lo político: dos años de investigaciones desde un Congreso controlado por la oposición. Eso es un uso clásico del gobierno dividido, en que la cámara opositora ejerce su función de fiscalización más que la de legislar.
También calza con el ciclo de medio término de Alesina y Rosenthal (1995): que el partido del presidente pierda terreno en la elección intermedia es justamente lo que su modelo de equilibrio predice.
Relación con otros conceptos
La relación más directa es con la incertidumbre de política económica. Baker, Bloom y Davis (2016) construyeron un índice basado en la prensa que mide cuánta incertidumbre hay sobre las decisiones fiscales, regulatorias y monetarias, y muestran que sus alzas se asocian a menor inversión y empleo en las empresas más expuestas al gasto público. Si el gobierno dividido reduce la posibilidad de cambios abruptos, debería bajar ese tipo de incertidumbre. La excepción son las negociaciones al borde del precipicio, como las del techo de deuda, que la disparan.
Se conecta también con la credibilidad y consistencia temporal de la política económica: reglas difíciles de cambiar son más creíbles, aunque menos flexibles. Lo mismo vale, en sentido inverso, para la política fiscal discrecional: en un gobierno dividido, los estabilizadores automáticos cargan con más del trabajo anticíclico porque los estímulos aprobados por ley se demoran o no llegan. Por último, el concepto entra en la prima por riesgo que exigen los inversionistas: los mercados descuentan no solo el nivel esperado de las políticas sino también su varianza.
Fuentes y lecturas
- Mayhew, D. (1991), Divided We Govern: Party Control, Lawmaking, and Investigations, 1946–1990, Yale University Press.
- Binder, S. (1999), "The Dynamics of Legislative Gridlock, 1947–96", American Political Science Review, 93(3).
- Alesina, A. y Rosenthal, H. (1995), Partisan Politics, Divided Government, and the Economy, Cambridge University Press.
- Tsebelis, G. (2002), Veto Players: How Political Institutions Work, Princeton University Press.
- Baker, S., Bloom, N. y Davis, S. (2016), "Measuring Economic Policy Uncertainty", Quarterly Journal of Economics, 131(4).