Teoría
Impuesto a la automatización (impuesto a los robots)
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Qué es
Un impuesto a la automatización —popularizado como "impuesto a los robots"— es cualquier gravamen que encarece deliberadamente el capital que sustituye trabajo humano: un tributo sobre la máquina, sobre el flujo de servicios que presta, o —la versión menos vistosa y más realista— el simple retiro de los beneficios tributarios que hoy abaratan esa inversión.
La idea choca de frente con uno de los resultados más sólidos de la teoría de la hacienda pública: el teorema de eficiencia productiva de Diamond y Mirrlees (1971). Si el fisco dispone de un conjunto suficientemente rico de impuestos sobre bienes finales y rentas, el óptimo consiste en recaudar ahí y dejar la producción sin distorsionar. Gravar un insumo —un robot es un insumo— destruye valor sin ganancia distributiva: la torta se achica antes de repartirse. Bajo ese estándar, un impuesto a los robots es un error de diseño.
El argumento a favor nace justamente de romper los supuestos del teorema. Primero, la distribución: si la automatización desplaza salarios hacia rentas del capital más rápido de lo que el sistema tributario puede redistribuir, y el ingreso laboral se grava mientras el capital se deprecia aceleradamente, el propio código tributario está subsidiando el reemplazo. Acemoglu, Manera y Restrepo (2020) documentan exactamente eso para Estados Unidos y calculan que corregir el sesgo justificaría un gravamen del orden de uno a cuatro por ciento —una cifra que no tiene nada de heroica y que se parece más a nivelar la cancha que a frenar la tecnología.
Segundo, la transición. Guerreiro, Rebelo y Teles (2022) muestran que el impuesto puede ser óptimo mientras los trabajadores de tareas rutinarias no alcanzan a reconvertirse, y que debe converger a cero a medida que las nuevas generaciones eligen otras ocupaciones. Es un instrumento de amortiguación, no un régimen permanente. Costinot y Werning (2023) llegan a una conclusión emparentada por otra vía: la regulación óptima de la tecnología depende de cuánto mueve los salarios relativos, y en general es modesta.
El contraargumento empírico es el de Autor (2015): la automatización no elimina trabajo, elimina tareas, y complementa las tareas restantes lo suficiente como para que dos siglos de mecanización no hayan producido desempleo tecnológico permanente. El problema práctico se suma al teórico: definir "robot" en una ley es casi imposible. ¿Es un robot un brazo soldador, un software de facturación, un algoritmo de ruteo? Cualquier frontera legal invita a reclasificar el activo hasta quedar del lado barato.
En la práctica, casi nadie lo ha implementado. Corea del Sur recortó en 2017 el beneficio tributario a la inversión en automatización —titulado en la prensa como "el primer impuesto a los robots del mundo", aunque fue una poda de incentivos, no un tributo nuevo— y el Parlamento Europeo, ese mismo año, discutió la idea en su resolución sobre normas de derecho civil en robótica y terminó descartándola.
Cómo lo explicó el programa
En Buenas Tardes Mercado del 27 de agosto de 2026, el tema entró por su origen mediático: "sale una declaración de Bill Gates en donde dice que le pongan impuestos a los robots", contó Pepe Arias.
La lectura del panel fue más interesante que la discusión tributaria: la propuesta importa menos como política que como señal. Si alguien de ese lugar plantea gravar robots, es porque anticipa una cantidad de robots suficientemente grande como para que valga la pena diseñarles un impuesto. El anuncio revela una expectativa sobre la magnitud del reemplazo, no una recomendación de hacienda pública.
El panel puso enseguida el contrapeso: el antecedente del internet de las cosas, anunciado una generación atrás con el refrigerador que hacía solo el pedido al supermercado. La promesa era vívida, la adopción fue mucho más lenta y parcial. La moraleja implícita es de calibración: una señal sobre el futuro es información, pero el historial de esas señales sugiere descontarlas bastante.
Relación con otros conceptos
El impuesto a la automatización se apoya en el cambio técnico sesgado hacia las habilidades y en el enfoque de tareas, que explica por qué la tecnología puede subir la productividad agregada y hundir el salario de un grupo específico al mismo tiempo. Su justificación es de segundo mejor: solo tiene sentido si el impuesto a la renta y las transferencias no logran redistribuir lo suficiente, y desaparece cuando sí lo hacen.
Está emparentado con el tratamiento tributario de la depreciación —depreciación acelerada o instantánea abaratan el capital frente al trabajo, que además carga cotizaciones—; con la elasticidad de sustitución entre capital y trabajo, que determina si el robot compite con el trabajador o lo complementa; con la destrucción creativa schumpeteriana; y con la incidencia tributaria, porque quien firma el cheque rara vez es quien paga: un impuesto al robot puede terminar en precios al consumidor. Como alternativa de política suele contraponérsele el ingreso básico universal, que actúa sobre la distribución sin distorsionar la producción.
Fuentes y lecturas
- Diamond, P. y Mirrlees, J. (1971), Optimal Taxation and Public Production I: Production Efficiency, American Economic Review 61(1).
- Acemoglu, D., Manera, A. y Restrepo, P. (2020), Does the U.S. Tax Code Favor Automation?, Brookings Papers on Economic Activity.
- Guerreiro, J., Rebelo, S. y Teles, P. (2022), Should Robots Be Taxed?, Review of Economic Studies 89(1).
- Autor, D. (2015), Why Are There Still So Many Jobs? The History and Future of Workplace Automation, Journal of Economic Perspectives 29(3).
- Korinek, A. y Stiglitz, J. (2018), Artificial Intelligence and Its Implications for Income Distribution and Unemployment, en The Economics of Artificial Intelligence: An Agenda, University of Chicago Press / NBER.