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Teoría

Intensidad de mano de obra de un sector

Visto en 1 aparición de los programas.

Qué es

La intensidad de mano de obra de un sector mide cuánto trabajo se requiere por unidad de producto (o por unidad de capital empleado). Un sector es intensivo en mano de obra cuando la participación del factor trabajo en su valor agregado —o el empleo generado por cada millón de pesos de producción— es alta en relación con el promedio de la economía. La construcción, el comercio minorista, la agricultura estacional, los servicios personales y el turismo suelen ubicarse en ese extremo; la minería, la generación eléctrica y la banca en el opuesto.

La noción tiene raíz en la teoría de la producción. Si se escribe la producción sectorial como una función de capital y trabajo, la intensidad relativa queda determinada por la elasticidad del producto respecto de cada factor y por los precios relativos que enfrenta la firma. En el marco Heckscher-Ohlin —formalizado por Samuelson y expuesto en su versión moderna por Feenstra (2015)— la intensidad factorial de cada sector es precisamente lo que determina el patrón de especialización de un país: una economía abundante en trabajo exporta bienes intensivos en trabajo. El corolario de Stolper y Samuelson (1941) agrega una advertencia política que suele olvidarse: cuando cambian los precios relativos de los bienes, el factor usado intensivamente en el sector que se expande gana en términos reales y el otro pierde. La intensidad factorial no es solo una característica técnica; es el canal por el que la política sectorial redistribuye ingresos.

Para la política de empleo, el concepto opera de otra manera. Si el objetivo es crear puestos de trabajo rápido y por peso gastado, conviene inyectar demanda donde el multiplicador de empleo sea más alto. Ese razonamiento es el que está detrás de la elección de la obra pública intensiva en mano de obra durante las recesiones, y tiene una genealogía larga: Keynes (1936) argumentó que el gasto público en épocas de capacidad ociosa se justifica por su efecto sobre el empleo agregado, y Moretti (2010) documentó empíricamente que un empleo adicional en el sector transable genera varios empleos locales adicionales en servicios no transables, con multiplicadores que varían fuertemente según el sector de origen.

Hay tres condiciones que hacen que la intensidad de mano de obra sirva como criterio de política y no solo como dato descriptivo. Primero, la velocidad: un sector intensivo en trabajo con bajos requisitos de capital fijo puede absorber personal en semanas, mientras que un proyecto intensivo en capital tarda años en llegar a su dotación plena. Segundo, la calificación requerida: el turismo, el comercio y la construcción absorben trabajadores de calificación media y baja, que son justamente los más golpeados en una recesión. Tercero, la reversibilidad del gasto: un estímulo canalizado por demanda hacia un sector productivo se apaga solo cuando la demanda privada vuelve, mientras que una transferencia monetaria crea un beneficiario permanente con capacidad de organizarse para defenderla (Olson, 1965).

Esa tercera condición es la que separa dos familias de instrumentos que a menudo se confunden. Un subsidio directo al ingreso sostiene el consumo pero no crea el puesto; un estímulo de demanda sectorial —promoción turística, adelanto de obras, reducción temporal de costos de contratación— crea el puesto pero depende de que el sector tenga capacidad ociosa que activar. Card, Kluve y Weber (2018), en su metaanálisis de más de 200 evaluaciones de políticas activas de mercado de trabajo, encuentran que los programas que operan del lado de la demanda y la formación tienen efectos que crecen en el mediano plazo, mientras que los subsidios de emergencia al empleo público tienden a tener efectos nulos o negativos una vez que terminan. La evidencia no dice que los subsidios sean inútiles; dice que su valor está en el sostén del consumo, no en la creación de empleo duradero.

Cómo lo explicó el programa

En el BDM del 15 de septiembre de 2026, discutiendo los riesgos de un plan de emergencia de empleo, Willy Díaz puso el criterio en términos crudos: "los subsidios en general no funcionan bien, son pan pa hoy, hambre para mañana". El argumento tenía dos patas. La primera es fiscal y de economía política: los subsidios "se van eternizando" y terminan abriendo un hoyo en el Tesoro —el mecanismo que describe la literatura de perpetuación de programas transitorios—. La segunda es la alternativa concreta: en vez de transferir ingreso, dar señales de activación en sectores intensivos en mano de obra, como el turismo, para no quedar "entrampados en el mismo problema cada cierto tiempo".

La elección del turismo como ejemplo no es casual y vale la pena explicitar por qué encaja: es un sector con alta razón empleo/producto, calificación de entrada baja, capital instalado que ya existe (hoteles, transporte, restaurantes operando bajo capacidad) y respuesta rápida a un empujón de demanda. Cumple las tres condiciones de arriba. La contracara —que el programa no desarrolla— es que el empleo que genera es estacional y de baja productividad, de modo que la comparación honesta con un subsidio no es "empleo versus transferencia", sino "empleo estacional con aprendizaje en el puesto versus ingreso estable sin puesto".

Relación con otros conceptos

La intensidad factorial es la variable que articula el modelo Heckscher-Ohlin y su corolario de Stolper-Samuelson, de modo que cualquier política que altere los precios relativos sectoriales tiene un efecto distributivo predecible sobre salarios y rentas del capital. Se conecta con el multiplicador fiscal, que es más alto cuando el gasto se dirige a sectores con alta propensión a contratar localmente y bajo contenido importado. Con la participación del trabajo en el ingreso, que es su agregación macroeconómica. Con la elasticidad de sustitución entre capital y trabajo, que determina cuánto puede un sector volverse menos intensivo en mano de obra cuando suben los costos laborales. Con la histéresis del desempleo, que es la razón por la que la velocidad de absorción importa: un trabajador que pasa dos años fuera pierde empleabilidad de forma persistente. Y con la perpetuación de programas transitorios, que es exactamente el riesgo que el programa levanta sobre los subsidios.

Fuentes y lecturas

  • Stolper, W. y Samuelson, P. (1941), Protection and Real Wages, The Review of Economic Studies, 9(1).
  • Keynes, J. M. (1936), The General Theory of Employment, Interest and Money, Macmillan.
  • Feenstra, R. (2015), Advanced International Trade: Theory and Evidence, 2ª ed., Princeton University Press.
  • Moretti, E. (2010), Local Multipliers, American Economic Review, 100(2).
  • Card, D., Kluve, J. y Weber, A. (2018), What Works? A Meta Analysis of Recent Active Labor Market Program Evaluations, Journal of the European Economic Association, 16(3).
  • Olson, M. (1965), The Logic of Collective Action, Harvard University Press.

Apariciones