Teoría
Rigidez a la baja de los precios
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Qué es
Se llama rigidez a la baja de los precios al hecho, ampliamente documentado, de que los precios nominales suben con más facilidad y velocidad de la que bajan. No es lo mismo que la rigidez de precios a secas —esa es simétrica y se explica por costos de ajuste— sino una asimetría direccional: el mismo shock de costos, aplicado en un sentido y después en el contrario, deja un residuo permanente hacia arriba.
Conviene separar dos capas. La primera es por qué los precios no se mueven todo el tiempo. Los modelos de costos de menú mostraron que fricciones minúsculas para reetiquetar pueden producir efectos macroeconómicos grandes, porque a la firma le cuesta poco no ajustar pero a la economía le cuesta mucho que nadie ajuste (Mankiw, 1985); en paralelo, Akerlof y Yellen (1985) probaron que basta un comportamiento "casi racional" para el mismo resultado. La segunda capa —la que interesa acá— es por qué esa inercia es más fuerte hacia abajo:
- Costos rígidos. El precio no puede caer bajo el costo, y el costo dominante en muchos rubros es la planilla. Keynes (1936) ya apoyaba su argumento en la resistencia a la baja del salario nominal; Bewley (1999), entrevistando empleadores en recesión, encontró que no bajan sueldos por daño a la moral y a la productividad, no por contratos. Si los costos no ceden, los precios tampoco.
- Percepción de justicia. Kahneman, Knetsch y Thaler (1986) mostraron que el público considera legítimo que una empresa suba precios cuando suben sus costos, pero no exige simétricamente la devolución cuando bajan. El vendedor enfrenta castigo por subir sin excusa y ninguna recompensa por bajar.
- Estructura de mercado y búsqueda. En mercados concentrados, bajar el precio invita a una guerra; y cuando el consumidor deja de buscar porque "todos están caros", el margen extra sobrevive un tiempo. Es el fenómeno que la literatura bautizó rockets and feathers: los precios suben como cohete y bajan como pluma. Está medido específicamente en combustibles (Borenstein, Cameron y Gilbert, 1997) y luego generalizado a más de doscientos productos por Peltzman (2000).
- Indexación y contratos. Arriendos, tarifas y contratos con cláusulas de reajuste solo tienen instrucciones para subir. En Chile la UF institucionaliza esa dirección única en buena parte de los precios de largo plazo.
Un matiz honesto: a nivel de producto individual la rigidez a la baja es menos absoluta de lo que dice el sentido común. Nakamura y Steinsson (2008), con microdatos del IPC estadounidense, encontraron que una fracción importante de los cambios de precio regulares son bajas. La asimetría se vuelve fuerte en los agregados —el índice, los servicios, los salarios— y en régimen de inflación baja, donde ajustar un precio relativo hacia abajo exige una caída nominal genuina, que es justo lo más difícil. De ahí el argumento de Tobin (1972) sobre la inflación moderada como "lubricante": permite que los precios relativos se acomoden sin que nadie tenga que bajar un número.
Cómo lo explicó el programa
En Buenos Días Mercado del 19 de agosto de 2026 (bdm-2026-08-19), a propósito del alza de combustibles, el panel desarmó primero la aritmética del ponderador: las bencinas pesan 3,38% de la canasta promedio —1,3% en el quintil más pobre y 4,11% en el más rico, porque el hogar de mayores ingresos gasta más combustible— y el diésel, el que mueve la carga del país, apenas 0,32%. Contra alimentos (18%), vivienda y servicios (13,5-14%) o transporte (16%), el "bencinazo" simplemente no alcanza para mover el índice, que hoy está dentro de la meta.
La advertencia de Willy Díaz —"Hay que tener harto cuidado cuando se analizan los combustibles en particular"— apunta a que el cálculo de ponderadores mide solo el efecto directo. El riesgo que el propio panel dejó anotado es el de segunda vuelta: el diésel entra como costo en la distribución de todo lo demás, y ese traspaso llega a las categorías que sí pesan. Ahí opera la rigidez: cuando el combustible retroceda, el flete no devuelve la baja, el almacén no reimprime la lista hacia abajo y el nuevo nivel queda instalado. El shock transitorio se convierte en un cambio permanente de nivel.
Hay una vuelta distributiva que el mismo dato insinúa. El peso directo es mayor en el quintil rico, pero la vía indirecta —diésel → transporte → alimentos— golpea la canasta del quintil pobre, donde los alimentos mandan. La incidencia directa y la indirecta apuntan en sentidos opuestos.
Relación con otros conceptos
La rigidez a la baja es el supuesto que hace pendiente la curva de Phillips y explica por qué una caída de demanda se manifiesta primero en cantidades —producto y empleo— antes que en precios; simétricamente, es lo que encarece cualquier desinflación. Se apoya en los costos de menú y en la rigidez nominal de salarios, y se amplifica con la indexación. Del lado del shock, se conecta con el traspaso de costos y con los efectos de segunda vuelta, que son el canal por el cual un precio de peso pequeño contamina a los de peso grande; por eso importa mirar la inflación subyacente además de la total. En combustibles, el MEPCO amortigua el alza, pero por construcción también amortigua la baja: suaviza en ambas direcciones, no corrige la asimetría de los precios derivados.
Fuentes y lecturas
- Kahneman, D., Knetsch, J. y Thaler, R. (1986), "Fairness as a Constraint on Profit Seeking: Entitlements in the Market", American Economic Review 76(4).
- Borenstein, S., Cameron, A. C. y Gilbert, R. (1997), "Do Gasoline Prices Respond Asymmetrically to Crude Oil Price Changes?", Quarterly Journal of Economics 112(1).
- Peltzman, S. (2000), "Prices Rise Faster than They Fall", Journal of Political Economy 108(3).
- Nakamura, E. y Steinsson, J. (2008), "Five Facts About Prices: A Reevaluation of Menu Cost Models", Quarterly Journal of Economics 123(4).
- Blanchard, O., Macroeconomía, Pearson (capítulos de oferta agregada y curva de Phillips).