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Teoría

Rigidez estructural del mercado del trabajo

Visto en 1 aparición de los programas.

Qué es

Cuando un economista dice que un mercado del trabajo es rígido, no está diciendo que sea injusto ni que proteja demasiado a los trabajadores: está describiendo una propiedad mecánica. Un mercado rígido es aquel donde los precios (salarios) y las cantidades (empleo, horas, contratos) responden lento o no responden a los cambios en las condiciones económicas. Cuando llega un shock —una caída de la demanda, un alza del costo de la energía, una recesión—, el ajuste no ocurre por el salario sino por el despido; y cuando llega la recuperación, la contratación tarda en volver.

La distinción clave es entre rigidez coyuntural y estructural. La primera es transitoria: los contratos se renegocian una vez al año, los salarios nominales tardan en moverse, el ajuste llega con rezago. Esa es la rigidez que estudia la macroeconomía de corto plazo, con los salarios escalonados de Taylor (1980) y los contratos de Calvo (1983) como modelos canónicos. La segunda —la rigidez estructural— no depende del ciclo: es el conjunto de costos, trámites, obligaciones y contingencias que hacen permanentemente caro y lento crear un puesto de trabajo formal, independientemente de si la economía está creciendo o contrayéndose.

El aparato teórico estándar para pensarla es el modelo de búsqueda y emparejamiento de Diamond, Mortensen y Pissarides (Pissarides, 2000), que le valió a los tres el Nobel en 2010. La idea central es que contratar no es una transacción instantánea: la empresa publica una vacante, paga un costo de búsqueda mientras esa vacante está abierta, y el emparejamiento con un trabajador ocurre según una función de matching. En ese marco, el número de vacantes que una empresa decide abrir depende del valor presente esperado del puesto: los ingresos que generará menos todos los costos de mantenerlo y —esto es lo decisivo— menos el costo esperado de terminarlo. Suba usted el costo de despido, el costo del trámite, la incertidumbre sobre el resultado de un juicio laboral, y la empresa abre menos vacantes. No porque sea malvada, sino porque el puesto dejó de tener valor presente positivo.

Lazear (1990) mostró formalmente el punto más contraintuitivo del asunto: en un mundo de contratos perfectos, la indemnización por despido sería neutra, porque empresa y trabajador simplemente la compensarían con un salario inicial más bajo (el trabajador "compra" el seguro). La rigidez muerde precisamente cuando esa compensación no puede ocurrir —salario mínimo, negociación colectiva, contratos incompletos— y entonces el costo no se traslada al precio sino a la cantidad: menos empleo formal. La evidencia empírica que ordenó el debate fue Blanchard y Wolfers (2000): las instituciones laborales por sí solas no explican bien el desempleo europeo, pero su interacción con los shocks sí; economías con instituciones rígidas convierten un shock transitorio en desempleo persistente.

De ahí sale el concepto hermano: la histéresis (Blanchard y Summers, 1986). Un mercado rígido no solo amortigua mal el golpe, sino que deja cicatriz — el desempleado de largo plazo pierde capital humano y redes, deja de ser competencia efectiva para quienes están adentro, y la tasa de desempleo de equilibrio sube de manera permanente. La rigidez, en ese sentido, no es un costo estático sino un mecanismo que convierte episodios en estados.

Hay una segunda dimensión, menos discutida y más relevante para economías de ingreso medio: la rigidez como complejidad administrativa. No es solo cuánto cuesta despedir, sino cuántos permisos, registros, liquidaciones, fiscalizaciones y formatos requiere sostener un contrato formal. De Soto (1989) documentó que ese costo de trámite funciona como un arancel a la formalidad, y que la respuesta racional del empresario pequeño no es cerrar sino informalizarse. Para una pyme sin departamento de recursos humanos, el costo fijo regulatorio es proporcionalmente mucho mayor que para una gran empresa — lo que hace de la complejidad una barrera de entrada involuntaria.

Cómo lo explicó el programa

En el Buenos Días Mercado del 23 de septiembre de 2026, bajo el tema "El orden de la política laboral: simplificar antes de subsidiar", Juan José Lavín planteó el punto no como un diagnóstico sino como una cuestión de secuencia. El argumento: poner esfuerzos públicos —que salen de los recursos de todos los que pagan impuestos— sobre un mercado del trabajo que estructuralmente es demasiado complejo y caro es darse vuelta en la misma rotonda. Primero se simplifica el aparataje regulatorio y recién después se discute meterle plata por arriba. Su formulación fue directa: "primero simplifiquen todo el aparataje que hay y después meterle plata por arriba".

La intuición económica detrás de esa frase es precisa, aunque en el programa no se enuncie en jerga. Un subsidio a la contratación baja el costo del trabajo en el margen, pero si el problema es que abrir una vacante tiene un costo fijo alto —trámite, contingencia judicial, obligación de terminación—, el subsidio empuja contra una barrera que no se mueve. En el lenguaje del modelo de búsqueda: el subsidio altera el flujo de ingresos del puesto, pero deja intacto el costo esperado de destrucción del match. Si ese último es el que domina, el subsidio se disipa en empleos que se habrían creado igual (peso muerto), o en rotación entre programas, sin mover la creación neta. La metáfora de la rotonda es exacta: mucho movimiento, ninguna distancia recorrida.

Relación con otros conceptos

La rigidez estructural es el sustrato sobre el que operan varias piezas que el programa discute por separado. Con insiders y outsiders la relación es directa: la protección del empleo es lo que separa a unos de otros, y cuanto más rígido el mercado, más fuerte el poder de negociación de quien ya está adentro y más alta la muralla para quien está afuera. Con incidencia tributaria comparte la lógica de que quien paga formalmente un costo laboral no es necesariamente quien lo soporta: en un mercado flexible el costo se traslada al salario, en uno rígido se traslada al empleo. Con el subsidio al empleo la relación es de secuencia, que es justamente el punto de Lavín: el subsidio es un instrumento de demanda que supone que la oferta de puestos puede responder. Y con la informalidad la relación es de vasos comunicantes: la rigidez del sector formal es, medida desde afuera, el precio de entrada al sector formal.

Fuentes y lecturas

  • Pissarides, C. (2000), Equilibrium Unemployment Theory, 2ª ed., MIT Press. El tratamiento canónico del modelo de búsqueda y emparejamiento.
  • Blanchard, O. y Wolfers, J. (2000), "The Role of Shocks and Institutions in the Rise of European Unemployment: The Aggregate Evidence", The Economic Journal, 110(462), C1–C33.
  • Lazear, E. (1990), "Job Security Provisions and Employment", The Quarterly Journal of Economics, 105(3), 699–726.
  • Blanchard, O. y Summers, L. (1986), "Hysteresis and the European Unemployment Problem", NBER Macroeconomics Annual, vol. 1, 15–78.
  • De Soto, H. (1989), El otro sendero: la revolución informal, Editorial Sudamericana. El argumento del costo de trámite como arancel a la formalidad, escrito desde América Latina.
  • Blanchard, O. (2021), Macroeconomics, 8ª ed., Pearson. Capítulos 7 y 9 para el tratamiento de manual de salarios, desempleo natural e instituciones.

Apariciones