Teoría
Crecimiento e inversión como fuente de mejores salarios
Visto en 1 aparición de los programas.
Qué es
La idea es simple de enunciar y difícil de aceptar: el salario de un trabajador tiende a converger con lo que ese trabajador aporta al ingreso de la empresa, no con lo que necesita para vivir. En la teoría estándar de distribución, formulada por John Bates Clark (1899) y presente hoy en cualquier manual, una empresa contrata mientras el valor del producto marginal del trabajo supere el costo de contratar. Si un cargo aporta $800.000 mensuales de ingreso adicional, ese es el techo de lo que la empresa puede pagar por él sin destruir valor; pagar $1.200.000 no es generosidad, es una pérdida que se cubre despidiendo, subiendo precios o cerrando.
De ahí se desprende la pregunta relevante, que no es cuánto se reparte sino por qué el aporte de cada cargo es bajo. Y la respuesta que ofrece la teoría del crecimiento es la productividad. Un trabajador con más y mejor capital —maquinaria, software, infraestructura, procesos— produce más por hora que uno idéntico sin esas herramientas. Ese es el mecanismo del modelo de Solow (1956, 1957): la acumulación de capital por trabajador (capital deepening) eleva el producto por trabajador, y con él el salario real de equilibrio. Solow además mostró algo incómodo para el optimismo simple: la acumulación de capital sola tiene rendimientos decrecientes, y buena parte del crecimiento de largo plazo viene del residuo que hoy llamamos productividad total de factores —tecnología, organización, calidad institucional—. Mankiw, Romer y Weil (1992) refinaron el modelo agregando capital humano, con lo que educación y capacitación entran por la misma puerta.
La evidencia agregada apoya la asociación: a lo largo de décadas y entre países, los salarios reales crecen aproximadamente al ritmo de la productividad laboral. El matiz vino después. Stansbury y Summers (2018) mostraron que el vínculo productividad–salarios sigue siendo fuerte en Estados Unidos, pero que una parte creciente del pastel se va a compensaciones no salariales y a la participación del capital, de modo que la productividad es condición necesaria y no suficiente. Manning (2003) agregó la otra advertencia: en mercados laborales con poder de compra concentrado (monopsonio), el salario puede quedar por debajo del producto marginal, y ahí sí existe espacio para subirlo sin destruir empleo.
Eso lleva al segundo tramo del argumento: el salario por decreto. El manual predice que un piso salarial fijado por encima del equilibrio reduce la cantidad demandada de trabajo, y el efecto se concentra en los menos productivos —jóvenes sin experiencia, empresas pequeñas de márgenes finos—, que es justo a quienes la medida busca proteger. Card y Krueger (1994) rompieron el consenso al no encontrar pérdida de empleo tras un alza en Nueva Jersey; Neumark y Wascher (2008) sistematizaron la evidencia contraria. El estado actual del debate es más honesto que cualquiera de los dos bandos: alzas moderadas sobre salarios muy deprimidos pueden absorberse sin gran daño al empleo; alzas grandes respecto de la productividad mediana de una economía sí lo destruyen. Lo que ninguna de las dos escuelas sostiene es que un decreto pueda subir los salarios de forma generalizada y sostenida sin que el producto por trabajador suba primero.
Cerrando el círculo: si el salario refleja aporte, y el aporte depende de la productividad, y la productividad depende del stock de capital y de la tecnología, entonces inversión y crecimiento no son un rodeo hacia mejores sueldos: son la ruta. La inversión de hoy —formación bruta de capital fijo— es el salario de mañana.
Cómo lo explicó el programa
En el episodio del 26 de agosto de 2026 (bdm-2026-08-26), a propósito de la discusión sobre el aguinaldo convertido en derecho, el programa hizo justamente ese movimiento: dejó el titular y fue al fondo. El planteo fue que el aguinaldo nace de holguras financieras y de buena voluntad, y que al normalizarse como derecho pierde su función de reconocer la buena gestión, porque pasa a pagarse igual a quien trabaja bien y a quien trabaja mal.
Pero el diagnóstico de fondo fue otro: el aguinaldo no es poco, los salarios son bajos, y no por avaricia empresarial sino porque la economía no es lo suficientemente robusta. La formulación del programa sobre cómo se fija un sueldo es casi textualmente la del producto marginal: el salario no se determina por las necesidades del trabajador, sino por lo que ese cargo aporta a la generación de ingresos o utilidades. Y sobre el atajo del decreto, la conclusión fue que subirlo por ley solo cierra empresas y genera desempleo.
Pepe Arias lo resumió sin adornos: "la única forma que mejoren los salarios es que exista crecimiento económico e inversión".
Relación con otros conceptos
Este concepto es el puente entre la macro y el bolsillo. Hacia atrás se apoya en la productividad laboral y en la productividad total de factores, que son la medida de cuánto rinde una hora de trabajo; y en la formación bruta de capital fijo, que es el flujo que engrosa ese stock de herramientas. Hacia adelante conecta con el salario mínimo y con el desempleo —especialmente el juvenil y el informal, donde se concentra el costo de un piso mal calibrado— y con la informalidad laboral, que es la válvula de escape cuando el costo de contratar formalmente supera el aporte del cargo.
Lateralmente toca el capital humano (educación y capacitación suben el aporte del trabajador por otra vía que la maquinaria), el monopsonio (la excepción donde el salario puede estar bajo el aporte y hay espacio real de alza) y los salarios de eficiencia de Shapiro y Stiglitz (1984), donde pagar por sobre el mercado es rentable porque reduce la rotación y el descuido. También se cruza con la inversión y la tasa de política monetaria: el costo del financiamiento decide qué proyectos se hacen, y con ellos qué capital llega a manos de los trabajadores.
Fuentes y lecturas
- Solow, R. (1956), A Contribution to the Theory of Economic Growth, Quarterly Journal of Economics 70(1).
- Solow, R. (1957), Technical Change and the Aggregate Production Function, Review of Economics and Statistics 39(3).
- Mankiw, N. G., Romer, D. y Weil, D. (1992), A Contribution to the Empirics of Economic Growth, Quarterly Journal of Economics 107(2).
- Blanchard, O., Macroeconomía, Pearson (capítulos de mercado del trabajo y crecimiento).
- Neumark, D. y Wascher, W. (2008), Minimum Wages, MIT Press.
- Manning, A. (2003), Monopsony in Motion: Imperfect Competition in Labor Markets, Princeton University Press.