Teoría
Demanda derivada de trabajo
Visto en 2 apariciones de los programas.
Qué es
Nadie contrata trabajo por el gusto de tener gente adentro. Una empresa contrata porque necesita producir algo que alguien más va a comprar. De ahí el nombre: la demanda de trabajo es derivada de la demanda del bien o servicio final. Fue Alfred Marshall (1890) quien fijó el concepto —lo desarrolla al tratar los factores de producción en el Libro V de sus Principles of Economics— y la formalización marginalista la aportó John Bates Clark (1899): la empresa contrata hasta el punto en que el valor del producto marginal del trabajo iguala al salario, es decir hasta que w = p · PMgL. Esa igualdad es la curva de demanda de trabajo. No es una metáfora: es literalmente la productividad marginal valorada a precio de mercado.
De ahí salen dos consecuencias que suelen confundirse.
La primera es que la demanda de trabajo se mueve con la actividad. Si sube la demanda del producto, sube p, sube el valor del producto marginal y la curva entera se desplaza a la derecha: la empresa contrata más al mismo salario. Si la actividad cae, la curva se corre a la izquierda y el empleo cede aunque nadie haya tocado el salario. Esta es la intuición que Arthur Okun (1962) midió como regularidad macro: la brecha entre producto efectivo y potencial explica sistemáticamente la brecha de desempleo. El empleo es un derivado del producto, no una variable que se pueda gobernar por separado.
La segunda es que un cambio en el salario que no viene acompañado de un cambio en la productividad ni en el precio del producto no desplaza la curva: hace que la empresa se mueva a lo largo de ella. Cuánto se mueve depende de la elasticidad de la demanda de trabajo, y Marshall enunció —y Hicks (1932) corrigió y formalizó— cuatro reglas que la determinan: la demanda de trabajo es más elástica mientras más elástica sea la demanda del producto final, mientras más fácil sea sustituir trabajo por otros factores, mientras más elástica sea la oferta de esos otros factores, y mientras mayor sea la participación del trabajo en el costo total. Esta última es la célebre "importancia de ser poco importante", que Hicks demostró que se sostiene solo cuando la elasticidad de la demanda del producto supera a la de sustitución. La evidencia empírica acumulada por Daniel Hamermesh (1993) sitúa la elasticidad propia de la demanda de trabajo a producto constante en torno a −0,3, y bastante mayor en el largo plazo, cuando la empresa puede reorganizar su tecnología.
Sobre el salario mínimo, la teoría de la demanda derivada dice algo preciso y algo que no dice. Dice que un salario fijado por autoridad por sobre el de equilibrio encarece el factor dentro del costo unitario de producción sin haber modificado la productividad que lo justifica, y que ese mayor costo se traslada a precios, a márgenes o a menor contratación según las cuatro reglas anteriores. Y dice que el efecto se reparte asimétricamente: quien conserva el empleo captura la mejora; quien no lo tiene enfrenta un precio de entrada más alto. Esa asimetría es el núcleo de la teoría insider-outsider de Lindbeck y Snower (1988), donde el trabajador dentro de la empresa y el desempleado no compiten en el mismo mercado.
Lo que la teoría no zanja es la magnitud empírica. El trabajo de Card y Krueger (1994) sobre la comida rápida en Nueva Jersey no encontró el efecto negativo esperado, y desde entonces la lectura de monopsonio —donde el empleador tiene poder de fijación de salarios y un mínimo moderado puede aumentar el empleo (Manning, 2003)— convive con la evidencia que reúnen Neumark y Wascher (2008) en sentido contrario. La discusión honesta hoy no es si el mecanismo de la demanda derivada existe, sino en qué rango de salarios mínimos domina y para qué tipo de trabajador.
Cómo lo explicó el programa
En el Buenos Días Mercado del 23 de septiembre de 2026, el panel usó exactamente este concepto para separar dos cosas que el debate público suele mezclar: mejorar la remuneración y generar empleo. El argumento fue que la única forma de activar el mercado del trabajo es aumentando la actividad económica, precisamente porque la demanda de trabajo se deriva de la producción; y que subir el salario mínimo opera sobre otro margen. Willy Díaz lo resumió así: "el salario mínimo solo le resuelve el problema a los que tienen empleo y deja fuera a todos los que no tienen".
El segundo tramo del razonamiento fue el del costo: al tratarse de un alza administrativa y no de una validada por el mercado, el mayor salario entra directamente en el costo de producir cualquier bien o servicio, con el efecto esperable sobre la actividad. La conclusión del programa —que el salario mínimo no es una política de mejoramiento del empleo— es una aplicación literal de la demanda derivada, y conviene leerla junto al matiz empírico del apartado anterior: el mecanismo es el descrito, la magnitud es materia de medición.
Relación con otros conceptos
La demanda derivada es la bisagra entre la microeconomía de la empresa y el diagnóstico macro del empleo. Hacia abajo se apoya en la productividad marginal y en la elasticidad de sustitución entre factores, que deciden con qué facilidad el capital reemplaza al trabajo cuando este se encarece. Hacia arriba conecta con la Ley de Okun y con el costo laboral unitario, que es el mismo cociente mirado desde el lado del precio. Explica por qué un subsidio al empleo intenta operar bajando el costo de contratar en vez de ordenar contratar, y por qué su efecto real solo se conoce con evaluación de impacto y no por el conteo de programas creados. Finalmente, el debate sobre su relevancia empírica pasa por el monopsonio en el mercado laboral y por la informalidad, que es la salida por la que se escapa el ajuste cuando el empleo formal se encarece.
Fuentes y lecturas
- Marshall, A. (1890), Principles of Economics, Macmillan (Libro V, sobre la demanda de factores).
- Hicks, J. R. (1932), The Theory of Wages, Macmillan.
- Hamermesh, D. S. (1993), Labor Demand, Princeton University Press.
- Card, D. y Krueger, A. B. (1994), "Minimum Wages and Employment: A Case Study of the Fast-Food Industry in New Jersey and Pennsylvania", American Economic Review, 84(4).
- Neumark, D. y Wascher, W. (2008), Minimum Wages, MIT Press.
- Manning, A. (2003), Monopsony in Motion: Imperfect Competition in Labor Markets, Princeton University Press.