Teoría
Desajuste entre la formación y la demanda laboral
Visto en 5 apariciones de los programas.
Qué es
El desajuste entre la formación y la demanda laboral —mismatch, en la literatura— es la situación en que existen puestos vacantes y personas buscando trabajo al mismo tiempo, pero unos y otras no calzan: las capacidades que trae quien busca no son las que pide quien contrata, o están en la región, el sector o el nivel equivocado. Es una falla de emparejamiento, no de demanda agregada. La distinción importa porque el remedio es distinto: si faltan vacantes, la política macroeconómica sirve; si sobran vacantes que nadie puede llenar, no sirve de nada.
La herramienta clásica para verlo es la curva de Beveridge, la relación inversa entre la tasa de vacantes y la tasa de desempleo (Blanchard y Diamond, 1989). Cuando la economía se enfría, el punto se desliza a lo largo de la curva: caen las vacantes y sube el desempleo. Cuando lo que empeora es la capacidad de emparejar, la curva entera se desplaza hacia afuera: para cada nivel de vacantes se convive con más desempleo. Esa segunda situación es la firma estadística del desajuste, y es lo que separa el desempleo friccional —el tiempo normal que toma buscar— del desempleo estructural, que persiste aunque la economía crezca.
El andamiaje teórico lo aporta el modelo de búsqueda y emparejamiento de Diamond, Mortensen y Pissarides, sintetizado en Mortensen y Pissarides (1994) y en el manual de Pissarides (2000): contratar es costoso y toma tiempo porque el mercado laboral no es un remate donde todo se despeja al precio de equilibrio, sino un proceso de búsqueda bilateral con fricciones. Sobre esa base, Şahin, Song, Topa y Violante (2014) construyeron índices que cuantifican cuánto del desempleo observado se explica por desajuste sectorial o geográfico, y encontraron que puede dar cuenta de una fracción relevante —aunque no mayoritaria— del alza del desempleo en recesiones.
Del lado de la oferta, la teoría del capital humano (Becker, 1964; Schultz, 1961) trata la educación y la experiencia como inversiones con retorno. Pero Mincer (1974) ya mostraba que escolaridad y experiencia entran por separado en la ecuación de ingresos: son insumos complementarios, no sustitutos. Ahí aparece el problema de entrada. Si el empleador no observa la productividad del postulante, usa señales: el título cumplía ese rol en el modelo de Spence (1973), y la experiencia previa cumple el de proxy en la discriminación estadística de Phelps (1972) y Arrow (1973). Cuando la señal preferida pasa a ser la experiencia, el recién egresado queda en una trampa lógica: la única forma de adquirir el requisito es haber cumplido el requisito. Lindbeck y Snower (1988) formalizaron esa asimetría entre quienes ya están adentro y quienes quedan afuera.
El costo no es transitorio. La literatura sobre cicatrices laborales (Kahn, 2010; Oreopoulos, von Wachter y Heisz, 2012) muestra que quien se titula en un mal año arrastra menores salarios durante una década o más: la entrada tardía no se recupera después.
Cómo lo explicó el programa
El 18 de agosto de 2026, en Buenos Días Mercado, el tema fue lo que el programa llamó la paradoja de la minería: el sector perdió 7,4% de empleo agregado en doce meses y, en paralelo, el Consejo de Competencias Mineras proyecta 34.000 incorporaciones para la próxima década. El razonamiento del panel fue exactamente el de la curva de Beveridge desplazada: si hay demanda declarada y aun así no se contrata, el problema no es ausencia de demanda. Las explicaciones que se pusieron sobre la mesa fueron empresas que prefieren experiencia comprobada antes que apostar por un recién egresado, formación que no le sirve a esas empresas, y carreras sin campo laboral real.
Pepe Arias lo resumió en la forma circular del problema: "si yo no tengo experiencia y no me contratan por no tener experiencia, ¿cómo voy a tener experiencia?" — la trampa de entrada, enunciada sin necesidad de modelo.
En un segundo bloque del mismo episodio, el programa lo amplió más allá de Chile citando al Foro Económico Mundial: en los próximos diez años el 81% de los empleadores priorizaría la experiencia por sobre el título universitario, y el 41% planea reducir dotaciones por la entrada de la inteligencia artificial y la automatización de procesos. La lectura del panel fue que el cuello de botella es estructural y mundial, agravado por la IA, no una peculiaridad local. Y la urgencia la puso Arias en términos de irreversibilidad: "si no entran ahora al mercado, quedan afuera para siempre" — con la informalidad como destino por defecto, el peor de los mundos.
Relación con otros conceptos
El desajuste es la variedad de desempleo estructural que sobrevive al ciclo, y por eso conversa mal con las herramientas del desempleo cíclico. Se apoya en el capital humano por el lado de la oferta y en la señalización por el lado de la contratación, y encuentra su motor de largo plazo en el cambio técnico sesgado por habilidades —la carrera entre educación y tecnología de Goldin y Katz (2008)— y en el sesgo contra tareas rutinarias documentado por Autor, Levy y Murnane (2003), del que la inteligencia artificial generativa es el capítulo actual. Cuando la trampa de entrada se sostiene en el tiempo aparece la histéresis: el desempleo prolongado deteriora las mismas capacidades cuya ausencia lo causó. Y la informalidad laboral opera como válvula de escape con costo permanente, porque no acumula la experiencia formal que los empleadores exigen.
Fuentes y lecturas
- Becker, G. (1964), Human Capital: A Theoretical and Empirical Analysis, Columbia University Press.
- Pissarides, C. (2000), Equilibrium Unemployment Theory, 2ª ed., MIT Press.
- Blanchard, O. y Diamond, P. (1989), "The Beveridge Curve", Brookings Papers on Economic Activity, 1989(1).
- Şahin, A., Song, J., Topa, G. y Violante, G. (2014), "Mismatch Unemployment", American Economic Review, 104(11).
- Spence, M. (1973), "Job Market Signaling", Quarterly Journal of Economics, 87(3).
- Goldin, C. y Katz, L. (2008), The Race between Education and Technology, Harvard University Press.