Teoría
Formación de expectativas por el entorno cercano
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Qué es
La teoría macroeconómica estándar suele modelar las expectativas como si cada persona observara el mismo conjunto de estadísticas agregadas —desempleo nacional, IPC, crecimiento— y formara a partir de ellas una proyección del futuro. La formación de expectativas por el entorno cercano describe otra cosa, más cercana a lo que efectivamente ocurre: los hogares construyen su visión de la economía a partir de la muestra pequeña, sesgada y vívida que tienen a mano —el vecino, el compañero de colegio, el amigo que quedó sin pega—, y esa muestra pesa más en la decisión de gastar o ahorrar que cualquier cifra publicada.
El punto de partida es la crítica al supuesto de información completa. Bajo expectativas racionales (Muth, 1961), los agentes usan toda la información disponible y no cometen errores sistemáticos. Pero la información agregada es costosa de procesar y llega con rezago: de ahí las familias de modelos de rigidez informativa —información pegajosa (Mankiw y Reis, 2002) y atención racional (Sims, 2003)—, donde el agente actualiza sus creencias solo esporádicamente porque atender tiene un costo. Carroll (2003) dio el paso siguiente y modeló la difusión de expectativas como un proceso epidemiológico: las creencias de los hogares se contagian, con retraso y con pérdida, desde los pronosticadores profesionales hacia el resto vía medios y conversación. Si la información se transmite por contagio, entonces con quién uno habla determina qué cree.
La evidencia empírica es contundente en esa dirección. Malmendier y Nagel (2011, 2016) muestran que las experiencias macroeconómicas vividas —no las leídas— moldean de forma persistente la tolerancia al riesgo y las expectativas de inflación de una cohorte: quienes vivieron una recesión temprano en su vida adulta invierten menos en activos riesgosos décadas después. Kuchler y Zafar (2019) documentan directamente el mecanismo local: las personas que experimentan desempleo en su entorno —o caídas de precio en su vivienda— extrapolan esa experiencia individual a pronósticos sobre el agregado nacional, y lo hacen más intensamente mientras menos informadas están. Bailey, Cao, Kuchler y Stroebel (2018), usando datos de redes sociales, encuentran que la experiencia de precios de vivienda de los amigos geográficamente distantes de una persona altera sus propias decisiones de compra: no es la ciudad, es la red.
Detrás hay un sesgo cognitivo bien identificado: la heurística de disponibilidad (Tversky y Kahneman, 1973). Un evento que se puede recordar con facilidad —tres conocidos despedidos este mes— se juzga más probable de lo que la frecuencia objetiva justifica. Lo importante para el análisis económico es que esto no es irracionalidad pura. Frente a un shock laboral, la muestra local puede ser genuinamente informativa: los despidos se concentran por sector, por territorio y por red de contactos, de modo que el riesgo del vecino sí correlaciona con el propio. La inferencia es válida; lo que falla es la extrapolación al agregado.
La consecuencia macroeconómica opera por el canal del ahorro precautorio: cuando sube la varianza percibida del ingreso futuro, el hogar prudente recorta consumo y acumula un colchón (Leland, 1968; Carroll, 1997; Carroll, Dynan y Krane, 2003). Si muchos hogares hacen ese cálculo a la vez porque todos están mirando entornos deteriorados, la contracción de la demanda valida la expectativa que la originó. Es la lógica que Keynes (1936) llamó convención y paradoja del ahorro, y que Shiller (2019) reformuló como economía narrativa: el relato circula, se replica y se vuelve causa.
Cómo lo explicó el programa
En Buenas Tardes Mercado del 7 de agosto de 2026 (btm-2026-08-07), el tema fue precisamente la formación de expectativas a partir del entorno cercano. Bárbara Briceño lo planteó sin necesidad de estadísticas: "si tú ves que a todos tus vecinos, tus compañeros del colegio, los amigos, se están quedando sin trabajo".
El argumento del programa fue que las expectativas no requieren un shock objetivo propio. Basta observar el entorno para concluir —con toda validez— que uno puede ser el próximo, y desde ahí ajustar la conducta: cuidar el gasto y ahorrar por si acaso. La formulación es notable porque no trata el fenómeno como error de percepción sino como inferencia razonable, que es exactamente donde la literatura de expectativas experienciales ha terminado situándolo.
Relación con otros conceptos
Se apoya directamente en el ahorro precautorio, que es su canal de transmisión hacia el consumo agregado, y por esa vía en la paradoja del ahorro y en el multiplicador keynesiano. Se opone —o más bien matiza— a las expectativas racionales, y es pariente cercano de las expectativas adaptativas (Cagan, 1956), con la diferencia de que aquí lo que se extrapola no es la propia serie histórica sino la experiencia ajena observada. Conecta con la confianza del consumidor medida por encuestas (la tradición de Katona), con la profecía autocumplida y los animal spirits, y con la curva de Phillips aumentada por expectativas, donde el ancla de las expectativas de los hogares —no de los economistas— determina cuánto cuesta desinflar.
Fuentes y lecturas
- Muth, J. F. (1961), "Rational Expectations and the Theory of Price Movements", Econometrica 29(3), 315–335.
- Tversky, A. y Kahneman, D. (1973), "Availability: A Heuristic for Judging Frequency and Probability", Cognitive Psychology 5(2), 207–232.
- Carroll, C. D. (2003), "Macroeconomic Expectations of Households and Professional Forecasters", Quarterly Journal of Economics 118(1), 269–298.
- Malmendier, U. y Nagel, S. (2016), "Learning from Inflation Experiences", Quarterly Journal of Economics 131(1), 53–87.
- Kuchler, T. y Zafar, B. (2019), "Personal Experiences and Expectations about Aggregate Outcomes", Journal of Finance 74(5), 2491–2542.
- Blanchard, O. (2017), Macroeconomía, Pearson — capítulos de expectativas y consumo, para el tratamiento de manual.