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Teoría

Confianza del consumidor

Visto en 17 apariciones de los programas.

Qué es

La confianza del consumidor es una medida del ánimo económico de los hogares: cuán bien evalúan su situación presente —el empleo, el ingreso, la capacidad de comprar— y qué esperan de los próximos meses, tanto para su bolsillo como para el país. No es un dato duro: no cuenta nada que haya ocurrido, sino que resume percepciones declaradas en una encuesta y las comprime en un índice.

La idea de medirla en serio es de George Katona, que en 1946 puso en marcha las encuestas del Survey Research Center de la Universidad de Michigan, origen del Index of Consumer Sentiment. Su apuesta teórica era explícita: el gasto de los hogares depende no solo de la capacidad de comprar —ingreso disponible, acceso a crédito— sino de la disposición a hacerlo, y esa disposición es una variable psicológica con vida propia, que puede medirse preguntando (Katona, 1951). Es la versión encuestable de una intuición mucho más antigua: los animal spirits de Keynes (1936), ese componente del gasto que no se deduce del cálculo frío.

La teoría del consumo le dio después un mecanismo respetable. Bajo la hipótesis del ingreso permanente (Friedman, 1957) y el modelo de ciclo de vida de Modigliani y Brumberg (1954), el hogar no gasta según lo que le entró este mes, sino según los recursos que espera tener a lo largo de su vida. Si el consumo depende de expectativas, entonces una encuesta que capture esas expectativas está midiendo —con ruido— exactamente la variable que manda. A eso se suma el ahorro precautorio: ante mayor incertidumbre, el hogar guarda más aunque su ingreso esperado no haya cambiado (Carroll, 1997). Por eso el miedo puede frenar el consumo sin que ningún número macro se haya movido todavía.

En la práctica el índice se construye como un balance —respuestas optimistas menos pesimistas, normalizado contra una base— y casi siempre se publica descompuesto en dos subíndices: situación actual y expectativas. La distinción no es cosmética. El componente de expectativas es el que se comporta como indicador líder; el de situación actual tiende a confirmar lo que las cifras de empleo y ventas ya mostraban. En Chile la referencia más seguida ha sido el IPEC, en escala de 0 a 100 con 50 como frontera neutral: bajo 50 predominan los pesimistas. Su contraparte para empresas es el IMCE, de ICARE y la Universidad Adolfo Ibáñez.

Queda la pregunta incómoda: ¿sirve para predecir? El debate tiene dos hipótesis. Una dice que la confianza es un espejo: refleja información que ya está en el desempleo, el ingreso y las bolsas, y por lo tanto no agrega nada propio. La otra dice que es una causa: el ánimo mueve el gasto por sí mismo. La evidencia apunta a un empate incómodo. Carroll, Fuhrer y Wilcox (1994) encontraron que el sentimiento sí anticipa el consumo, pero que su poder predictivo incremental —una vez controlado por las variables observables— es pequeño. Ludvigson (2004) llegó a una conclusión parecida y agregó el matiz útil: el índice se gana el sueldo sobre todo en los puntos de giro, cuando la economía cambia de dirección y las series duras aún no lo registran. La lectura práctica que se sigue de ahí: importa menos el nivel que la variación y la composición del cambio.

Cómo lo explicó el programa

En Buenos Días Mercado del 31 de julio de 2026, el panel comentó un repunte del índice en julio, pero puso el acento en lo que podía darlo vuelta. Un panelista lo resumió así: "hay dos preocupaciones latentes: uno es la inflación, que le pega fuerte a todo, y segundo la situación de guerra en Medio Oriente".

La lectura es un caso de manual de por qué conviene mirar el componente de expectativas y no el titular. Los dos riesgos que nombra el panel operan sobre canales distintos. La inflación golpea primero el poder de compra real y después la percepción, con un sesgo conocido: los hogares registran las alzas con más intensidad que las estabilizaciones, de modo que la inflación percibida suele correr por encima de la medida. La guerra en Medio Oriente, en cambio, llega a Chile como shock de oferta externo: el país importa prácticamente todo su crudo, y el combustible es el precio más visible de la economía —está escrito en un letrero y se paga cada semana—, así que mueve la percepción de inflación mucho más de lo que justifica su ponderación en la canasta del IPC. El MEPCO suaviza el traspaso, no lo elimina.

De ahí que el diagnóstico del programa —un repunte con dos amenazas latentes— sea preciso: es una mejora en la lectura de situación actual sostenida sobre expectativas que dependen de dos variables que el consumidor chileno no controla.

Relación con otros conceptos

La confianza del consumidor es inseparable de las expectativas de inflación: buena parte de lo que el índice registra como pesimismo es, en el fondo, una expectativa de precios. Se apoya teóricamente en la hipótesis del ingreso permanente y el ciclo de vida, que la convierten en algo más que una curiosidad psicológica, y en el ahorro precautorio, que explica cómo la incertidumbre sola contrae el gasto. Se distingue de la confianza empresarial, que anticipa inversión y contratación más que consumo, aunque ambas suelen moverse juntas y retroalimentarse. Aguas abajo alimenta la demanda interna y el consumo privado; aguas arriba conecta con los shocks de oferta —el precio del petróleo es el ejemplo canónico— y con el canal de expectativas de la política monetaria, que es precisamente el mecanismo por el cual un banco central intenta anclar el ánimo antes de que se vuelva profecía autocumplida.

Fuentes y lecturas

  • Katona, G. (1951), Psychological Analysis of Economic Behavior, McGraw-Hill.
  • Friedman, M. (1957), A Theory of the Consumption Function, Princeton University Press.
  • Carroll, C. D., Fuhrer, J. C. y Wilcox, D. W. (1994), "Does Consumer Sentiment Forecast Household Spending? If So, Why?", American Economic Review, 84(5).
  • Ludvigson, S. C. (2004), "Consumer Confidence and Consumer Spending", Journal of Economic Perspectives, 18(2).
  • Mankiw, N. G., Macroeconomía, Antoni Bosch (capítulo sobre consumo).

Apariciones