Teoría
Expectativas racionales
Visto en 12 apariciones de los programas.
Qué es
Una expectativa racional no es una expectativa acertada. Es una expectativa que no se equivoca de manera sistemática: usa toda la información disponible en el momento de formarla y el modelo correcto de cómo funciona la economía, de modo que el error que queda sea ruido impredecible y no un sesgo que se repite mes a mes en la misma dirección. La formulación original es de John Muth (1961), que la definió casi como una tautología incómoda: las expectativas, siendo predicciones informadas sobre hechos futuros, son esencialmente las mismas que las predicciones de la teoría económica relevante. Dicho de otro modo, si el modelo dice que un shock de demanda sube los precios, los agentes del modelo también lo saben.
El contraste natural es con las expectativas adaptativas, que fueron el estándar previo (Cagan, 1956; Friedman, 1968; Phelps, 1967). Ahí la expectativa de inflación se forma mirando hacia atrás y corrigiendo por el propio error: πᵉₜ = πᵉₜ₋₁ + λ(πₜ₋₁ − πᵉₜ₋₁). Es un mecanismo razonable y barato, pero tiene una falla estructural: cuando la inflación tiene tendencia, la expectativa queda crónicamente atrasada —subestima durante toda una escalada y sobreestima durante toda una desinflación—. Y un error predecible es dinero que alguien está dejando en la mesa. Ese es exactamente el hueco por donde entra la hipótesis racional: si el sesgo es previsible, conviene arbitrarlo, y al arbitrarlo desaparece.
Robert Lucas (1972) llevó la idea a la macroeconomía y con eso cambió las conclusiones de política. Si los agentes anticipan la regla del banco central, solo la parte no anticipada de la política monetaria mueve el producto; la parte anunciada se traduce en precios (Sargent y Wallace, 1975). De ahí también la llamada crítica de Lucas (1976): los coeficientes de un modelo econométrico estimado bajo un régimen de política ya traen incorporadas las expectativas formadas bajo ese régimen, así que dejan de valer justo cuando el régimen cambia —que es cuando uno los quería usar—. Y de ahí, más adelante, la obsesión moderna con la credibilidad y la consistencia temporal (Kydland y Prescott, 1977): un banco central creíble consigue desinflar con menos costo en empleo, porque las expectativas se mueven antes que los hechos.
Dos precisiones que suelen perderse. Racional no significa omnisciente: los agentes se equivocan, y bastante; lo que la hipótesis prohíbe es el error sistemático. Y racional no significa uniforme: distintos agentes tienen distinta información, y buena parte de la macro de las últimas dos décadas consiste en relajar el supuesto de información completa sin abandonar la racionalidad —información rígida o pegajosa (Mankiw y Reis, 2002), atención racional (Sims, 2003)—. La evidencia empírica sobre encuestas de expectativas apunta en esa dirección: los pronósticos se ajustan de forma lenta y predecible, lo que es incompatible con la versión más dura de la hipótesis pero perfectamente compatible con agentes racionales que procesan información con costo (Coibion y Gorodnichenko, 2015). La crítica conductual —heurísticas y sesgos documentados por Kahneman y Tversky (1974)— empuja por el otro flanco: la gente pondera en exceso su propia experiencia reciente y disponible.
Cómo lo explicó el programa
En Buenos Días Mercado del 7 de agosto de 2026 (bdm-2026-08-07), el tema apareció en un lugar poco habitual: no como discusión doctrinaria, sino como justificación de un instrumento. La pregunta de fondo era por qué vale la pena encuestar a los empresarios en vez de mirar solamente los datos duros.
El recorrido fue en tres tiempos. Primero las expectativas adaptativas: se toma la información pasada y se la corrige por los propios errores. Después la crítica conductual, que agrega sesgos y experiencia personal —el clásico "mis costos subieron más que la inflación, luego van a seguir subiendo"—, un razonamiento que no es tonto pero sí sistemáticamente sesgado por lo que a uno le tocó vivir. Y al final las expectativas racionales de Lucas y Sargent, de donde sale ese lugar común que se escucha todos los días en la mesa de operaciones: el mercado ya anticipó el alza de tasas antes de que ocurriera.
El cierre es el que importa, y es el que le da sentido a la encuesta: como las decisiones —contratar, invertir, remarcar, endeudarse— se toman sobre lo que se cree que va a pasar y no sobre el dato efectivo que todavía no existe, medir expectativas es anticipar conducta. En palabras de Pepe Arias: "la gente ya se adaptó a estas cosas, por lo tanto es muy interesante entender cuáles son las expectativas de los empresarios". Ahí está el puente práctico: en Chile eso se mide con la Encuesta de Expectativas Económicas y la Encuesta de Operadores Financieros del Banco Central, con el IMCE de ICARE y la Universidad Adolfo Ibáñez, y con la compensación inflacionaria implícita en los bonos en UF. Ninguna de esas mediciones es un dato del pasado; todas son insumos para leer el futuro cercano.
Relación con otros conceptos
Es la pieza que articula media macroeconomía moderna. Hacia atrás conecta con las expectativas adaptativas, que reemplaza sin borrar del todo, y con la curva de Phillips aumentada por expectativas: si las expectativas son racionales y la política es anticipada, la curva de corto plazo se vuelve mucho más vertical y desaparece el menú estable entre inflación y desempleo. Hacia el lado de la política monetaria explica la credibilidad del banco central, el anclaje de las expectativas de inflación —el objetivo declarado de todo esquema de metas— y la razón de sacrificio de una desinflación, que es baja cuando el compromiso se cree y alta cuando no. En finanzas es el supuesto de fondo de la hipótesis de mercados eficientes (Fama, 1970): si los precios ya incorporan la información conocida, ganarle al mercado con información pública es imposible por construcción. Y en econometría es el origen directo de la crítica de Lucas, que obligó a modelar parámetros estructurales en vez de correlaciones históricas.
Fuentes y lecturas
- Muth, J. F. (1961), Rational Expectations and the Theory of Price Movements, Econometrica 29(3), 315-335. El trabajo seminal; corto y sorprendentemente legible.
- Lucas, R. E. Jr. (1972), Expectations and the Neutrality of Money, Journal of Economic Theory 4(2), 103-124. El traslado de la idea a la macroeconomía.
- Sargent, T. J. (1986), Rational Expectations and Inflation, Harper & Row. Sargent explicando su propio programa de investigación en prosa, con los casos históricos de fin de hiperinflación.
- Coibion, O. y Gorodnichenko, Y. (2015), Information Rigidity and the Expectations Formation Process: A Simple Framework and New Facts, American Economic Review 105(8), 2644-2678. La evidencia moderna sobre encuestas de expectativas: por qué preguntar sirve, y qué se encuentra al hacerlo.
- Blanchard, O., Macroeconomía, Pearson. El tratamiento de manual, con los capítulos de expectativas y política monetaria. Panorama general en español: https://es.wikipedia.org/wiki/Expectativas_racionales.