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Teoría

Inflación de servicios como proxy de la presión salarial

Visto en 1 aparición de los programas.

Qué es

Cuando el Banco Central mira el IPC para decidir la tasa de interés, no todos los precios le dicen lo mismo. Un alza del petróleo o una helada que arruina la cosecha de tomates mueven el índice general, pero son golpes externos que se revierten solos: nadie cambia su política monetaria por el clima. De ahí nace la idea de inflación subyacente (core inflation) —excluir alimentos y energía para quedarse con la tendencia— formalizada por Eckstein (1981) y sistematizada después por Bryan y Cecchetti (1994), que la definieron como el componente persistente y de largo plazo del proceso inflacionario.

El problema es que ese corte clásico sigue siendo demasiado ancho. Dentro de la inflación subyacente conviven dos mundos muy distintos: los bienes transables —ropa, electrónica, autos— cuyos precios los fija en buena parte el mercado internacional y el tipo de cambio; y los servicios —un corte de pelo, un almuerzo en un restorán, la consulta al dentista, la reparación del auto— que se producen y se consumen aquí, y cuyo insumo dominante es el trabajo de alguien que vive en el mismo país. En un servicio intensivo en mano de obra, el salario puede ser 60% o 70% del costo. De ahí el atajo analítico: si los servicios se están encareciendo, probablemente los sueldos están subiendo más rápido que la productividad.

Ese vínculo tiene raíces teóricas reconocibles. La enfermedad de los costos de Baumol (Baumol y Bowen, 1966) explica por qué los servicios tienden a encarecerse en términos relativos: la productividad crece mucho más lento en actividades donde el trabajo humano es el producto (un cuarteto de cuerdas necesita los mismos cuatro músicos que en 1826), pero los salarios de ese sector igual siguen a los del resto de la economía, porque compiten por los mismos trabajadores. Si los sueldos suben con la productividad agregada y la productividad del servicio no sube, el precio del servicio tiene que subir. Y la curva de Phillips en su versión con expectativas (Phelps, 1967; Friedman, 1968) entrega el mecanismo macro: un mercado laboral estrecho presiona los salarios nominales, y esos salarios se trasladan a precios en aquellas canastas donde el trabajo pesa más.

El refinamiento más reciente es el llamado super core o supercore, que es exactamente lo que describió el programa: inflación excluyendo alimentos, excluyendo energía, quedándose con servicios, y además sacando el componente de vivienda. La razón de ese último recorte es técnica pero decisiva. El arriendo imputado —lo que costaría arrendar la casa que uno habita— entra al IPC con enorme ponderación y se mueve con muchísimo rezago: refleja contratos firmados hace meses, no las condiciones de hoy. Incluirlo enturbia la lectura del presente. Lo que queda después de los tres cortes es una canasta pequeña pero muy limpia de trabajo local: precisamente la variable que un banco central quiere vigilar cuando se pregunta si la inflación ya está anclada o si todavía tiene combustible propio. Esta medida ganó notoriedad cuando Jerome Powell la usó públicamente en 2022 para explicar por qué la Reserva Federal seguía preocupada pese a que la inflación general cedía.

La lógica completa, entonces, es: mercado laboral estrecho → salarios nominales al alza → costos al alza en sectores intensivos en trabajo → precios de servicios al alza → inflación persistente. El super core intenta leer ese encadenamiento en su eslabón más visible.

Conviene decir también qué no es. Es un proxy, no una medición de salarios. Los precios de servicios también responden a márgenes, a demanda embalsada, a cambios regulatorios (un alza del salario mínimo, una reducción de jornada) y a costos no laborales. Y hay una crítica metodológica seria a toda la familia de medidas por exclusión: Bryan y Cecchetti mostraron que sacar siempre los mismos ítems puede ser peor que sacar los que resultaron extremos en ese mes, y propusieron medidas robustas —la mediana ponderada, las medias truncadas— que hoy conviven con el core tradicional. Mientras más se recorta la canasta, más limpia se ve la señal y más ruidosa se vuelve: con pocos ítems, un solo precio raro mueve el indicador entero.

Cómo lo explicó el programa

En Buenas Tardes Mercado del 11 de septiembre de 2026, al comentar el dato de inflación, Manuel Bengolea propuso mirar más allá del titular y bajar hasta la medida más depurada. Su formulación fue literalmente el encadenamiento de exclusiones: "sin alimentos, sin energía, servicio, y sin el tema inmobiliario, que es un proxy de los salarios".

El punto del análisis no era técnico por gusto. Bengolea usó el super core para sostener que la presión inflacionaria subyacente sigue un poco elevada, aun cuando la cifra general se vea más contenida. Es el movimiento clásico de quien lee datos para anticipar decisiones del Banco Central: el IPC de portada puede estar bajando por razones que no tienen que ver con el estado de la economía —un dólar más barato, un combustible que cedió—, mientras el componente que sí refleja presiones internas todavía no cede. La conclusión operativa, implícita, es que el margen para recortar tasas es menor de lo que sugiere el titular.

Relación con otros conceptos

Este indicador es una especialización de la inflación subyacente, que a su vez es una respuesta práctica al problema de separar señal de ruido en el IPC. Su fundamento teórico descansa en la enfermedad de los costos de Baumol y en la distinción entre bienes transables y no transables, que también explica por qué el traspaso del tipo de cambio a precios es fuerte en bienes y débil en servicios. Del lado macro conecta con la curva de Phillips y con el concepto de estrechez del mercado laboral, y con las expectativas de inflación: el temor de fondo es una espiral precios-salarios, en que cada grupo indexa sus demandas al pasado reciente. En Chile, la indexación a la UF hace ese canal más mecánico que en otras economías. Finalmente, se relaciona con la regla de Taylor y con el concepto de productividad laboral, porque lo que presiona los precios no es el salario nominal sino el costo laboral unitario: un sueldo que sube 6% con productividad subiendo 6% no es inflacionario.

Fuentes y lecturas

  • Baumol, W. J. y Bowen, W. G. (1966), Performing Arts: The Economic Dilemma, Twentieth Century Fund.
  • Bryan, M. F. y Cecchetti, S. G. (1994), "Measuring Core Inflation", en N. G. Mankiw (ed.), Monetary Policy, University of Chicago Press / NBER.
  • Blanchard, O. (2017), Macroeconomía, 7ª ed., Pearson — capítulos sobre curva de Phillips y el vínculo salarios-precios.
  • Mishkin, F. S. (2014), Moneda, banca y mercados financieros, 10ª ed., Pearson — tratamiento de objetivos de inflación y medidas subyacentes.
  • Banco Central de Chile, Informe de Política Monetaria (IPoM), publicación trimestral — presenta y discute las medidas subyacentes del IPC chileno (IPC sin volátiles y sus desagregaciones de bienes y servicios).

Apariciones