Teoría
Productividad del trabajo
Visto en 8 apariciones de los programas.
Qué es
La productividad del trabajo mide cuánto valor produce una unidad de trabajo: producto por hora trabajada (Y/H) o por trabajador ocupado (Y/L). Es un cociente, no un juicio moral sobre el esfuerzo de nadie. Un país puede trabajar muchas horas y ser poco productivo —el caso de Chile en las comparaciones de la OCDE, donde la jornada promedio es larga y el producto por hora, bajo—, porque lo que está en el numerador depende del capital con que se trabaja, de la tecnología disponible, de la calificación de la fuerza laboral y de cuán bien están asignados los recursos entre empresas y sectores.
La contabilidad del crecimiento separa dos motores. El primero es la profundización de capital: más máquinas, software o infraestructura por trabajador. El segundo es la productividad total de factores (PTF), lo que queda cuando ya se descontó el aporte del capital y del trabajo. Ese residuo tiene nombre propio desde que Solow (1957) mostró que la mayor parte del crecimiento del producto por hora en Estados Unidos entre 1909 y 1949 no se explicaba por acumulación de capital, sino por cambio técnico: el famoso "residuo de Solow", que en rigor mide nuestra ignorancia tanto como el progreso tecnológico. El andamiaje teórico que lo sostiene es el modelo de crecimiento de Solow (1956).
Por qué importa tanto es un punto que Krugman (1994) dejó en una frase difícil de mejorar: la productividad no lo es todo, pero en el largo plazo es casi todo. La razón es aritmética. En el largo plazo los salarios reales no pueden crecer sostenidamente más rápido que el producto por hora —si lo hicieran, se comerían la participación del capital hasta hacerla desaparecer—, de modo que la productividad es el techo del nivel de vida. Un país puede repartir mejor lo que produce, pero no puede repartir lo que no produjo.
Hay una tercera consecuencia, menos intuitiva, que conecta la productividad con el tipo de cambio. Balassa (1964) y Samuelson (1964) mostraron, por separado y casi al mismo tiempo, que cuando la productividad de un país crece más rápido en los sectores transables que en los de su socio comercial, los salarios suben en toda la economía, arrastran los precios de los servicios no transables y el tipo de cambio real se aprecia. La implicancia práctica es que una moneda no se aprecia de forma sostenida por decreto ni por flujos financieros pasajeros: se aprecia cuando el país se vuelve relativamente más productivo que aquellos contra los que compara.
Conviene una advertencia de medición. Las cifras de productividad son sensibles a la composición sectorial y a efectos que nada tienen que ver con la gestión: en Chile, la caída de la ley del mineral obliga a mover más roca por la misma tonelada de cobre, y eso deprime la productividad medida de la minería aunque las faenas operen igual de bien. Por eso las comparaciones internacionales de niveles suelen ser menos confiables que las de tasas de variación, y por eso los organismos serios reportan varias medidas en paralelo en vez de una sola cifra.
Cómo lo explicó el programa
En el episodio del 13 de mayo de 2025 de Buenos Días Mercado, bajo el tema "La productividad como variable que explica bolsas y tipo de cambio", Manuel Correa usó una imagen concreta para ordenar una década de divergencia: si en 2018 un trabajador estadounidense y uno chileno hacían una sandalia cada uno, hoy "el americano hace 1,2 sandalias, el chileno hace 0,8 sandalias". La productividad estadounidense habría subido 16% desde 2018, la europea estaría estancada y la chilena habría caído en torno a 20%.
Lo interesante del argumento no es el dato, sino el uso que le dio: la productividad como variable que explica dos precios a la vez. Por el lado bursátil, sirve para entender por qué a los índices estadounidenses les ha ido tan bien y a los europeos tan mal —"el mercado no es tan leso", en su formulación—, porque el producto por hora termina apareciendo en los márgenes y en las utilidades que se descuentan. Por el lado cambiario, es la versión radial de Balassa-Samuelson: solo con una productividad creciendo más rápido que la de Estados Unidos se vería una apreciación sostenida del peso, y no la hay. El cierre fue político: mientras eso no ocurre, la clase política se endeuda y la cuenta la pagan los contribuyentes.
La magnitud exacta de esa caída chilena depende de qué medida se use —productividad laboral o PTF, con o sin ajuste por composición sectorial—, y las series oficiales muestran más bien estancamiento que un derrumbe de 20%. La dirección del diagnóstico, en cambio, no está en disputa.
Relación con otros conceptos
La productividad del trabajo es el puente entre casi todo lo demás. Con el crecimiento potencial la relación es de definición: el PIB potencial crece por más gente trabajando, más capital o más productividad, y cuando la demografía deja de aportar, la productividad queda sola. Con la inversión el vínculo es la profundización de capital, y con la PTF, el residuo que la inversión no explica. Con los salarios reales y el costo laboral unitario la relación es directa: un alza salarial que la productividad no acompaña se traduce en costos unitarios más altos y presiona márgenes o precios. Con el tipo de cambio real opera vía Balassa-Samuelson. Y con el déficit fiscal y la deuda pública la conexión es la que subrayó el programa: la productividad determina el tamaño de la base tributaria futura con que se paga la deuda de hoy.
Fuentes y lecturas
- Solow, R. (1957), "Technical Change and the Aggregate Production Function", Review of Economics and Statistics, 39(3).
- Solow, R. (1956), "A Contribution to the Theory of Economic Growth", Quarterly Journal of Economics, 70(1).
- Balassa, B. (1964), "The Purchasing-Power Parity Doctrine: A Reappraisal", Journal of Political Economy, 72(6).
- Blanchard, O. (2021), Macroeconomics, 8ª ed., Pearson (capítulos de crecimiento y contabilidad del crecimiento).
- Comisión Nacional de Evaluación y Productividad (CNEP), Informe Anual de Productividad, serie anual, Chile.