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Teoría

Inflación de costos

Visto en 8 apariciones de los programas.

Qué es

La inflación de costos —cost-push— es el alza sostenida del nivel general de precios que nace del lado de la oferta: sube lo que cuesta producir —remuneraciones, energía, insumos importados, tarifas reguladas, impuestos— y las empresas trasladan ese encarecimiento al precio de venta. Es la contraparte de la inflación de demanda (demand-pull), en que la presión viene del gasto agregado corriendo por sobre la capacidad productiva de la economía.

El andamiaje formal más simple es la fijación de precios por margen sobre costos. Si la empresa cobra un precio igual a (1 + margen) × costo laboral unitario, donde el costo laboral unitario es el pago por hora dividido por la producción por hora, entonces el precio hereda la variación del salario menos la de la productividad. De ahí sale la advertencia central del tema: lo que presiona los precios no es el salario, es el costo laboral unitario. Un alza de remuneraciones acompañada de un alza equivalente de productividad no tiene por qué mover nada; una que no lo esté, sí. La macroeconomía contemporánea hizo de esa variable el motor de la curva de Phillips: Sbordone (2002) mostró empíricamente que el costo laboral unitario predice la inflación mejor que las medidas de brecha de producto, y Galí (2008) la incorporó como el costo marginal real que empuja los precios en el modelo neokeynesiano estándar.

Conviene medir el traspaso con aritmética antes que con adjetivos. Si el trabajo pesa un tercio del costo total y el costo laboral por hora sube 10% sin cambio de productividad ni de margen, el precio sube alrededor de 3,3%: el peso del insumo en la estructura de costos es el que fija el techo del traspaso. Y ese cálculo entrega un salto de una vez en el nivel de precios, no una tasa de inflación permanente. La distinción es la que ordena toda la discusión, y ya en su momento fue el filo de la crítica de Machlup (1960) a la noción misma de inflación de costos: un encarecimiento de un insumo cambia precios relativos, mientras que una inflación sostenida exige que algo valide el alza período tras período. Friedman (1968) puso ese algo en la política monetaria: sin acomodación —sin que el banco central provea el dinero que sostiene el nuevo nivel de precios—, el shock de costos termina comprimiendo márgenes y actividad antes que instalando inflación permanente.

El segundo canal de validación son las expectativas y la indexación. Cuando los trabajadores reajustan salarios por la inflación pasada y las empresas repactan precios por el salario, el shock inicial se retroalimenta: es la espiral de precios y salarios que formalizó Blanchard (1986). En una economía tan indexada como la chilena —con la UF cruzando arriendos, créditos y contratos, y reajustes que miran el IPC de doce meses— ese canal está institucionalizado, y por eso el mismo shock produce más persistencia acá que en economías sin indexación.

Para el banco central, un shock de costos es incómodo por una razón precisa: mueve inflación y actividad en direcciones opuestas. En un shock de demanda, controlar la inflación y estabilizar el producto son la misma tarea; en uno de oferta esa "coincidencia divina" se rompe y aparece un dilema real (Blanchard y Galí, 2007). La receta de manual —tolerar el efecto de primera vuelta y resistir los de segunda— solo funciona si las expectativas están ancladas; si no lo están, la única salida es una contracción que se paga en empleo y crecimiento.

La evidencia empírica sobre salario mínimo apunta en la dirección del traspaso. Aaronson (2001) documentó alzas de precios en restaurantes de comida rápida en los meses siguientes a cada aumento, y Harasztosi y Lindner (2019), analizando una subida grande y bien identificada en Hungría, encontraron que el grueso del costo lo pagaron los consumidores vía precios y no los trabajadores vía despidos.

Cómo lo explicó el programa

En Buenos Días Mercado del 10 de septiembre de 2026 (bdm-2026-09-10), bajo el tema "El costo laboral pesa un tercio del precio final y subió estructuralmente", Willy Díaz llevó el mecanismo al caso chileno con una frase que resume el traspaso: "se hace mucho más caro contratar gente, ese mayor costo se traspasa a precio".

El argumento del programa tuvo tres piezas. Primero, un orden de magnitud: el costo laboral pesa cerca de 35% del costo final de un producto, y ese peso corre parejo desde el kiosco de la esquina hasta la empresa grande, lo que hace del canal algo transversal y no un problema de un sector. Segundo, la naturaleza del alza: el mayor salario mínimo y la rebaja gradual de la jornada legal de 45 a 40 horas (Ley 21.561, de 2023) subieron el costo de contratar de forma estructural y no coyuntural —una jornada más corta con la misma remuneración mensual encarece la hora trabajada de manera permanente, salvo que la productividad por hora suba a la par—. Tercero, la consecuencia de política: ese costo llega al precio y le endurece al Banco Central la pelea contra la inflación.

Esa última pieza es exactamente el dilema del párrafo anterior. Un encarecimiento estructural del trabajo no se combate con tasa: la tasa puede impedir que el shock se propague a las expectativas, pero no puede revertir el costo que lo originó. Lo que sí decide si el episodio queda en un ajuste de precios relativos o se convierte en inflación persistente es si la productividad acompaña y si las expectativas se mantienen ancladas en la meta.

Relación con otros conceptos

La inflación de costos es la mitad de una dicotomía cuya otra mitad es la inflación de demanda, y la distinción solo tiene sentido dentro de la curva de Phillips, donde entra como el término de shock de oferta que desplaza la relación entre desempleo e inflación. Su variable operativa es el costo laboral unitario, es decir, el cruce entre salarios y productividad laboral, y su mecanismo de transmisión es el traspaso a precios (pass-through), acotado por el peso del insumo en el costo y por el margen sobre costos que la empresa está dispuesta a comprimir.

Que el impulso inicial se convierta en inflación sostenida depende de tres cosas: de la política monetaria que lo acomode o lo resista, de las expectativas de inflación y su anclaje, y de la indexación de contratos que alimenta la espiral de precios y salarios. Cuando el shock viene del tipo de cambio o de una materia prima, el fenómeno se llama traspaso cambiario o shock de términos de intercambio; cuando la contracción necesaria para frenarlo se paga en actividad, el costo se mide como tasa de sacrificio, y el caso extremo en que inflación alta y economía estancada conviven es la estanflación.

Fuentes y lecturas

  • Blanchard, O. (2017), Macroeconomía, 7.ª ed., Pearson (capítulos sobre inflación, curva de Phillips y shocks de oferta).
  • Mankiw, N. G. (2014), Macroeconomía, 8.ª ed., Antoni Bosch.
  • Machlup, F. (1960), "Another View of Cost-Push and Demand-Pull Inflation", The Review of Economics and Statistics, 42(2).
  • Blanchard, O. y Galí, J. (2007), "Real Wage Rigidities and the New Keynesian Model", Journal of Money, Credit and Banking, 39(s1).
  • Harasztosi, P. y Lindner, A. (2019), "Who Pays for the Minimum Wage?", American Economic Review, 109(8).

Apariciones