Teoría
Endeudamiento para financiar gasto corriente
Visto en 12 apariciones de los programas.
Qué es
Toda deuda es un traslado de poder de compra desde el futuro hacia el presente, y se devuelve con intereses. Por eso la pregunta relevante casi nunca es cuánta deuda hay, sino qué compró: la fuente de repago es el flujo que ese gasto genera. De ahí la distinción contable que aquí se vuelve económica. El gasto de capital deja un activo que rinde servicios durante años —una planta, una red, un edificio—. El gasto corriente se consume en el mismo período en que se paga: sueldos, arriendos, insumos, la luz, el agua, el gas.
Endeudarse para lo primero tiene una justificación teórica limpia. Musgrave (1959) la formuló como principio de pay-as-you-use: si un activo va a beneficiar a varias generaciones de usuarios, es más equitativo que lo paguen a lo largo de su vida útil que cargarlo entero al contribuyente del año en que se construye. Esa idea es la que después se popularizó como regla de oro de las finanzas públicas —déficit solo por el monto de la inversión— y tiene un gemelo exacto en finanzas corporativas: el principio de calce, que Brealey, Myers y Allen presentan como norma básica de estructura financiera, según el cual los activos de larga maduración se financian con pasivos largos y la deuda se sirve con el flujo operacional de lo que se financió.
Endeudarse para gasto corriente rompe las dos cosas a la vez. La deuda sobrevive al bien que financió: al año siguiente el activo no existe, pero la cuota sí, y hay que pagarla con el mismo flujo que ya resultó insuficiente el año anterior. Si el déficit operacional es recurrente —no un bache de caja, sino la diferencia estructural entre ingresos y costos—, el crédito no cierra la brecha: la traslada hacia adelante y le agrega intereses. Cada período empieza con el mismo hoyo más el servicio de la deuda acumulada.
Formalmente, el problema es de restricción presupuestaria intertemporal. Endeudarse es viable mientras el valor presente de los superávits futuros alcance para pagar el stock de deuda; si el resultado operacional es negativo y no hay un cambio de nivel a la vista, ese valor presente es negativo y la trayectoria no converge. Domar (1944), analizando la dinámica de la deuda pública, dejó instalada la intuición que sigue vigente: lo que estabiliza la razón deuda/ingreso no es la voluntad de pagar sino la relación entre la tasa de interés y el crecimiento del ingreso que sirve la deuda. Sin crecimiento del ingreso, cualquier tasa positiva hace divergir el cociente.
Minsky (1986) le puso nombre a los escalones de ese deterioro al clasificar las unidades económicas en tres: la cobertura (hedge), cuyo flujo paga capital e intereses; la especulativa, que solo cubre intereses y refinancia el capital; y la Ponzi, que tiene que endeudarse incluso para pagar los intereses. Financiar gasto corriente con crédito es, en esa taxonomía, la maquinaria que empuja a una unidad desde el segundo escalón al tercero. Y hay un rasgo adicional que conviene explicitar: el dinero es fungible. Un aporte de capital rotulado "para infraestructura" libera recursos propios que terminan cubriendo el déficit operacional, de modo que la etiqueta del aporte no determina su uso económico real.
Cuando el que capitaliza una y otra vez es el Estado, el fenómeno tiene su propia literatura. Kornai (1986) lo llamó restricción presupuestaria blanda: si la organización anticipa que las pérdidas serán cubiertas, el déficit deja de ser una señal que obliga a ajustar y pasa a ser un supuesto de operación. Caballero, Hoshi y Kashyap (2008), estudiando el caso japonés, mostraron el costo agregado de sostener así a empresas insolventes —las "zombis"—: no es solo la plata perdida, sino la distorsión que introducen mientras siguen operando.
Cómo lo explicó el programa
En Buenos Días Mercado del 13 de mayo de 2025 (bdm-2025-05-13), bajo el tema "Capitalizaciones sucesivas y deuda tomada para gasto corriente", el panel hizo la cuenta larga de una empresa capitalizada varias veces: US$47 millones en 2018 para infraestructura, US$18 millones para la señal cultural —cerca de US$70 millones en pocos años— más un fondo propuesto de US$30 millones en 2023, y aun así faltan otros $12.000 millones por cubrir. Contra eso, los números del negocio: pérdidas por $15.000 millones y una deuda de $67.000 millones descontados los activos. La conclusión del programa fue frontal: esa deuda no se va a pagar nunca.
Pepe Arias lo aterrizó con la analogía doméstica: "estas deudas para gasto corriente… no sé cómo pagar mi deuda, voy a ir al banco" —ir a pedir plata prestada para la luz, el agua y el gas.
La imagen es más precisa de lo que parece. Un crédito hipotecario cambia arriendo por dividendo y deja una casa; un crédito para pagar la cuenta de la luz no deja nada, y al mes siguiente llegan la cuenta nueva y la cuota. Si el problema de origen es que el ingreso no alcanza, el crédito no lo resuelve: lo posterga y lo encarece. Lo que el panel describió, además, no es una crisis de liquidez sino de solvencia: con pérdidas operacionales y patrimonio negativo, el flujo que debería servir la deuda no existe, y las capitalizaciones sucesivas no son inversión sino cobertura del déficit del ejercicio —restricción presupuestaria blanda en estado puro.
Relación con otros conceptos
Se apoya directamente en la distinción entre iliquidez e insolvencia: la primera es un problema de calce que el crédito efectivamente resuelve; la segunda, uno de valor presente que el crédito agrava. Es la contracara de la regla de oro fiscal y del balance estructural, y explica por qué las empresas estatales deficitarias figuran como pasivo contingente del fisco. Del lado de los incentivos conecta con la restricción presupuestaria blanda, el riesgo moral y las empresas zombis; del lado financiero, con el calce de plazos, el capital de trabajo, el costo del servicio de la deuda y el supuesto de empresa en marcha que sostiene la valoración de sus activos. En escala macro, el mismo mecanismo aparece cuando un déficit primario persistente se financia con emisión de deuda y termina presionando a la política monetaria: dominancia fiscal.
Fuentes y lecturas
- Musgrave, R. (1959), The Theory of Public Finance: A Study in Public Economy, McGraw-Hill.
- Domar, E. (1944), "The 'Burden of the Debt' and the National Income", American Economic Review 34(4).
- Kornai, J. (1986), "The Soft Budget Constraint", Kyklos 39(1).
- Minsky, H. (1986), Stabilizing an Unstable Economy, Yale University Press.
- Brealey, R., Myers, S. y Allen, F., Principios de finanzas corporativas, McGraw-Hill (capítulos sobre política de endeudamiento y financiamiento de corto plazo).