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Teoría

Sesgo optimista en la proyección de ingresos fiscales

Visto en 14 apariciones de los programas.

Qué es

El sesgo optimista en la proyección de ingresos fiscales es la tendencia sistemática —no aleatoria— de los gobiernos a estimar por encima de lo que después recaudan. Lo importante es la palabra sistemática: cualquier proyección falla, pero un error honesto se reparte a ambos lados y en promedio se cancela. Aquí no: los errores se acumulan hacia arriba, año tras año, en la misma dirección. Eso ya no es ruido, es un sesgo, y como todo sesgo tiene una causa estructural.

La causa está en una asimetría contable del presupuesto. El gasto que se aprueba es una obligación jurídica exigible; el ingreso que lo financia es un pronóstico sobre el crecimiento del PIB, el empleo, los precios de exportación y la elasticidad de la recaudación tributaria. Las dos cifras van en el mismo documento y se presentan como si tuvieran la misma naturaleza, pero una compromete y la otra solo supone. Quien quiere gastar más y no quiere subir impuestos ni reconocer déficit tiene, entonces, una sola palanca disponible que no requiere convencer a nadie: mover al alza el supuesto de crecimiento. El presupuesto "cuadra" en el papel y el descalce aparece doce meses después, cuando ya se ejecutó el gasto y la brecha se cubre con deuda.

La literatura ubica esto dentro del sesgo deficitario de las democracias representativas, cuya formulación clásica es la de Buchanan y Wagner (1977): los beneficios del gasto se concentran en grupos identificables y hoy, mientras que su costo se difunde entre contribuyentes futuros que no votan en esta elección. Alesina y Perotti (1996) mostraron que la magnitud de ese sesgo depende menos de la ideología del gobierno que del diseño de las instituciones presupuestarias —quién puede proponer gasto, quién fija el techo, qué mayorías se requieren—. Sobre las proyecciones mismas, el trabajo de referencia es el de Frankel (2011), que documentó en 33 países que las agencias oficiales de presupuesto proyectan en promedio por encima del resultado efectivo, con un sesgo que crece en el horizonte de tres años y se agrava justamente en los países que tienen reglas fiscales numéricas sin controles independientes: si la regla exige cumplir una meta, y quien estima los ingresos es el mismo que debe cumplirla, la regla se cumple ajustando el pronóstico en lugar del gasto.

Conviene no atribuirlo todo a la mala fe. Kahneman y Lovallo (1993) describieron la falacia de la planificación: los equipos técnicos, mirando solo el caso que tienen entre manos y no la distribución histórica de casos parecidos, subestiman plazos y costos y sobreestiman resultados de buena fe. En el presupuesto público conviven las dos cosas —el incentivo político y el error cognitivo— y se refuerzan, porque el incentivo determina qué error se corrige rápido y cuál se deja correr.

Cómo lo explicó el programa

En Buenos Días Mercado del 3 de agosto de 2026, discutiendo la estimación de ingresos como el punto crítico de la ley de presupuestos, Willy Díaz lo redujo a una frase que es exactamente la asimetría descrita arriba: "Los gastos son ciertos y los ingresos son estimados".

El argumento del programa fue institucional, no moral. Si en el mismo documento una columna obliga y la otra supone, sobreestimar el ingreso no es una trampa que haya que descubrir: es la vía institucionalmente correcta para expandir el gasto sin declarar que se va a financiar con deuda. Todo se hace a la luz del día, con informes técnicos, y el resultado igual es más endeudamiento. De ahí el remedio que planteó el panel: una regla fiscal que impida que el gasto crezca más rápido que los ingresos bien estimados —es decir, una regla que ataque simultáneamente las dos mitades del problema, porque un tope de gasto amarrado a una proyección que el propio gobierno fabrica no restringe nada.

Relación con otros conceptos

Es el mecanismo concreto por el que opera el sesgo deficitario, y por eso está emparentado con el problema del fondo común: cada ministerio y cada bancada percibe el beneficio íntegro de su partida y solo una fracción del costo agregado, de modo que la suma de decisiones razonables da un total insostenible. Se conecta también con el ciclo político presupuestario, donde el optimismo se acentúa en años electorales, y con la inconsistencia temporal de la política económica: el gobierno promete disciplina futura porque el costo de incumplirla recae sobre su sucesor.

Del lado técnico, depende de la elasticidad de la recaudación respecto del PIB —el error del supuesto de crecimiento se amplifica al traducirse en pesos— y desemboca en la aritmética de sostenibilidad de la deuda, donde lo que decide todo es la relación entre la tasa de interés y el crecimiento nominal. La respuesta institucional estándar es el balance estructural o cíclicamente ajustado, que separa el ingreso permanente del transitorio, complementado con consejos fiscales independientes que se quedan con la proyección: el punto no es proyectar mejor, sino sacarle el lápiz de la mano a quien tiene el incentivo de mover el número. Chile es un caso de laboratorio, con su regla de balance estructural desde 2001, los comités externos de PIB tendencial y precio de referencia del cobre, y el Consejo Fiscal Autónomo creado en 2019.

Fuentes y lecturas

  • Frankel, J. (2011), Over-optimism in forecasts by official budget agencies and its implications, Oxford Review of Economic Policy, 27(4).
  • Buchanan, J. y Wagner, R. (1977), Democracy in Deficit: The Political Legacy of Lord Keynes, Academic Press.
  • Alesina, A. y Perotti, R. (1996), Budget Deficits and Budget Institutions, NBER Working Paper 5556.
  • Marcel, M., Tokman, M., Valdés, R. y Benavides, P. (2001), Balance estructural del Gobierno Central: metodología y estimaciones para Chile, 1987-2000, Estudios de Finanzas Públicas, DIPRES.
  • Blanchard, O. (2021), Macroeconomía, Pearson — capítulos de política fiscal y dinámica de la deuda.

Apariciones