MercadistasMercadistasEntrar con GoogleApoyar el sitioApoyar

Teoría

Ciclo político electoral

Visto en 52 apariciones de los programas.

Qué es

El ciclo político electoral es la regularidad, modelada formalmente desde los años setenta, por la cual la política económica de un gobierno deja de responder solo al estado de la economía y empieza a responder también al calendario de elecciones. En su forma más simple: mientras la votación se acerca, el gobernante de turno tiene incentivos para estimular la actividad, adelantar gasto visible y postergar ajustes impopulares; el ajuste llega después de la elección.

La formulación seminal es de William Nordhaus (1975), que combinó tres supuestos: existe una curva de Phillips explotable en el corto plazo, el votante juzga de manera retrospectiva y con memoria corta, y el gobernante quiere ser reelecto. De ahí sale una trayectoria predecible —expansión pre-electoral, contracción post-electoral— que no es un error de diagnóstico sino un óptimo desde el punto de vista del que toma la decisión. Douglas Hibbs (1977) agregó la dimensión partidista: no todos los gobiernos quieren lo mismo, porque sus bases electorales no pesan igual el desempleo y la inflación.

La crítica obvia llegó con las expectativas racionales: si el votante anticipa la maniobra, la maniobra no debería funcionar. La respuesta —y la versión que hoy se enseña— es de Kenneth Rogoff y Anne Sibert (1988) y Rogoff (1990): con información asimétrica sobre la competencia del gobernante, el ciclo sobrevive, pero se muda de lugar. Ya no aparece tanto en el producto y la inflación como en el presupuesto: transferencias, obras visibles, impuestos que se postergan. Es el ciclo presupuestario político. La evidencia empírica posterior lo acotó: Brender y Drazen (2005) muestran que el fenómeno es fuerte en democracias nuevas y débil en las establecidas, donde el electorado ya aprendió a castigar el déficit y el truco deja de pagar.

Hay una extensión que importa para leer mercados y no solo presupuestos. La restricción electoral no disciplina únicamente el gasto fiscal: disciplina cualquier decisión cuyo costo llegue al bolsillo del votante dentro de la ventana de la elección, incluida la política exterior. La ciencia política lo formalizó como costos de audiencia: un líder que depende del voto paga un precio interno cuando una escalada le sale mal, y ese precio es información que sus contrapartes observan (Fearon, 1994). Un régimen que no se somete a elecciones no enfrenta esa restricción. De ahí la asimetría relevante: dos gobiernos en el mismo conflicto pueden tener horizontes de tolerancia al riesgo completamente distintos.

El otro rasgo, menos citado pero decisivo en la práctica, es que el efecto no es lineal en el tiempo restante. A muchos meses de la votación, un costo transitorio alcanza a diluirse: el precio baja, el titular se olvida, la memoria retrospectiva del votante no lo alcanza. A pocas semanas, el mismo costo se convierte directamente en votos perdidos. El calendario electoral es, además, información pública y con fecha exacta: no es ruido, es una restricción calendarizada.

Cómo lo explicó el programa

En Buenas Tardes Mercado del 4 de agosto de 2026, en el tema "El calendario electoral de Estados Unidos como ancla del precio del crudo", Manuel Bengolea usó exactamente este mecanismo para acotar el riesgo geopolítico sobre el petróleo: "el señor Trump, a diferencia de los señores de Irán, depende del voto popular".

El argumento tiene tres pasos, y los tres son teoría estándar. Primero, la asimetría de regímenes: quien depende del voto popular —y lo respeta— enfrenta una restricción que la contraparte iraní no tiene. Segundo, la ventana: a tres meses de las elecciones de medio término, el espacio para "cualquier locura" se estrecha, y Bengolea subrayó que faltando muchos meses la cuenta es distinta que faltando tres. Tercero, la conclusión operativa: por eso el arreglo de esta vez debiese ser más permanente que los anteriores. Un shock de precios en el surtidor a tres meses de la votación no se diluye antes de que el votante marque la papeleta.

Vale explicitar dónde el razonamiento puede fallar, porque el modelo no dice que el incumbente busque la paz: dice que busca lo que cree que le da votos. Si el votante mediano premia la firmeza más de lo que castiga el precio de la bencina, la misma restricción electoral empuja hacia el otro lado. La predicción de menor tolerancia al conflicto vive enteramente de que el canal dominante sea el bolsillo.

Relación con otros conceptos

El ciclo político electoral es un caso particular de un problema más general de inconsistencia temporal: quien tiene la herramienta enfrenta, en cada momento, un incentivo de corto plazo distinto del óptimo de largo plazo. Es la misma familia de la que salen la independencia del banco central, las reglas fiscales y los consejos fiscales autónomos —incluida la regla de balance estructural chilena—: todos son maneras de sacarle la herramienta de las manos a quien enfrenta el calendario.

Del lado macro, se apoya en la curva de Phillips y en el debate sobre expectativas racionales, que es lo que separó a la versión de Nordhaus de la versión moderna. Del lado de mercados, conecta con la prima de riesgo geopolítico en commodities —el componente del precio del crudo que no explican inventarios ni demanda— y con la sostenibilidad de deuda, donde el gasto pre-electoral deja una marca que sobrevive al gobierno que lo hizo.

Fuentes y lecturas

  • Nordhaus, W. (1975), The Political Business Cycle, The Review of Economic Studies 42(2).
  • Rogoff, K. (1990), Equilibrium Political Budget Cycles, The American Economic Review 80(1).
  • Fearon, J. (1994), Domestic Political Audiences and the Escalation of International Disputes, American Political Science Review 88(3).
  • Alesina, A., Roubini, N. y Cohen, G. (1997), Political Cycles and the Macroeconomy, MIT Press.
  • Persson, T. y Tabellini, G. (2000), Political Economics: Explaining Economic Policy, MIT Press.

Apariciones